¿Cómo estamos?

¿Cómo estamos?

La administración del Presidente Kirchner en el tercer año de su gestión presenta en el campo de la macroeconomía resultados impresionantes: El producto interno crece a ritmo asiático, lo que habla de una fuerte expansión de la actividad económica, los índices de desocupación están bajando, las cuentas públicas no solo están controladas sino que existe superávit fiscal y económico; se regularizó la deuda en default y se logró una importantísima quita de la misma, en contra de lo pronosticado por muchos agoreros y se ha cancelado anticipadamente la deuda con el FONDO MONETARIO INTERNACIONAL. Los pronósticos para el resto del año y las proyecciones para 2007 estiman que el crecimiento se mantendrá, aunque quizás con alguna disminución en el ritmo.

Recuerdo que durante la gestión económica de MARTINEZ DE HOZ, frente a algunas dudas respecto de las bondades y eficacia del proyecto de apertura de la economía y liberalización del marco regulatorio interno, se acuñó una frase explicativa: ESTAMOS MAL, PERO VAMOS BIEN. Con ello se quería decir que las dificultades actuales eran transitorias, pero que la economía está bien orientada.

Frente a aquel cuadro de situación, dado que algunos atribuyen la actual bonanza a una coyuntura internacional excepcional y a la brutal transferencia de recursos internos generada por la salida asimétrica de la convertibilidad, creemos oportuno hacer algunas reflexiones sobre el particular.

ESTAMOS BIEN ¿VAMOS BIEN?. Es indudable que la situación general de la economía está mucho mejor que al comienzo de la administración actual. ¿Esto supone que estemos bien?. Cualquiera sea la respuesta que demos a esa pregunta, ¿Vamos bien? Puesta la cuestión en blanco sobre negro: ¿el diseño actual de la política económica asegura que el crecimiento de la economía se mantendrá en el futuro a ritmos equivalentes a los actuales?

A lo largo de estos últimos años el cuadro de situación ha mejorado notablemente: 17 trimestres de crecimiento consecutivo, 39% de aumento del PBI, 43 % de aumento en los volúmenes exportados, 53% de aumento de la actividad industrial y 122% de la construcción.

Es cierto que la actual coyuntura internacional es uno de los motores de nuestro crecimiento. Las demandas de los mercados chino e indio generan un intercambio intenso y sostenido que nos da un fuerte ingreso de divisas dado no sólo los volúmenes en juego sino también los excelentes precios internacionales de los comodities. La demanda sostenida se correspondió con excelentes cosechas locales y el tipo de cambio alto generó un fuerte ingreso para el Estado, que manejó adecuadamente la coyuntura macroeconómica generando superávit tanto general como externo.

No obstante las estadísticas impactantes se señala, entre otros por la propia Iglesia –lo que generó tiempo atrás una áspera respuesta del gobierno- que continúa subsistiendo una fuerte exclusión social, que aún cuando los índices de desocupación han bajado, aquella es sólo atendida con un criterio de asistencialismo. O sea que subsiste una fuerte “deuda interna”, que debe atenderse con premura.

Se señalan como cuestiones que deben resolverse para despejar las dudas respecto del crecimiento sostenido:

Que la inversión de capitales es insuficiente para asegurar tal continuidad. La capacidad de producción ociosa, producto de la fuerte caída en la actividad económica, ha permitido cubrir el crecimiento de la demanda, crecimiento que sin la inversión necesaria no se podrá sostener.

La capacidad de ahorro nacional es insuficiente para generar los capitales en los volúmenes requeridos, no pareciendo que el clima de inseguridad jurídica que instala el comportamiento de la actual administración sea el marco propicio para alentar la radicación de capitales extranjeros. Tampoco tal marco de referencia alienta a que la inversión privada interna se arriesgue en inversiones a largo plazo.

El tema de la inflación es igualmente preocupante, como también lo son las políticas utilizadas por el gobierno para contener el alza de los precios. Está bien que el gobierno se preocupe por el rebrote de la inflación, de cuyos efectos perniciosos en la economía no es necesario abundar porque tenemos aún frescos los mismos en nuestra memoria. Lo que no parece ser una estrategia que se corresponda con las necesidades de un crecimiento sostenido de la economía son las medidas coyunturales tomadas ya que ésas medidas parecen orientadas a contener el alza de los precios, poniéndoles un corsé y no a superar las condiciones que generan los actuales aumentos. Se atacan los efectos, no las causas. No parece haber una estrategia de crecimiento a largo plazo, privilegiándose el resultado inmediato a costa de poner en riesgo la presencia en mercados internacionales. Ni Argentina ni ningún otro país puede crecer indefinidamente sobre la base del crecimiento de su mercado interno. Apostar al crecimiento supone aceptar ésa realidad y con ella las reglas que regulan las operaciones en el mercado internacional. Ignorarlas supone la exclusión de dicho mercado o la participación marginal en el mismo.

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