Gelman y el relato de los años 70

Gelman y el relato de los años 70

“En algún momento los argentinos tendrán que preguntarse por qué permitieron que se construyese una memoria histórica tan cínica y mentirosa. La respuesta es más fácil de lo que parece: ella no fue  construida para recordar a los argentinos la verdad de aquellos años, sino para ocultar sus responsabilidades”.
(Héctor Ricardo Leis)

Con motivo del fallecimiento en Méjico del poeta Juan Gelman la Presidenta dictó el Decreto 52/2014 por el que se declara Duelo Nacional por 3 días en todo el territorio de la República Argentina. Para ello hace mérito, por un lado, de sus innegables condiciones de poeta y periodista y por otro, en la condición que le atribuye de haber luchado durante toda su vida por los derechos civiles y políticos de sus compatriotas. Dice, además, que debió exilarse como fruto de la brutal persecución que sufrió él y su familia por su militancia y compromiso político y que denunció en forma constante y persistente en los más diversos foros internacionales, los horrores cometidos por el accionar de los genocidas, logrando en el año 2000 recuperar a su nieta María Macarena tras una búsqueda de 23 años, como que a través de toda su vida sostuvo, en el ámbito en que le tocó actuar, los valores y principios democráticos.

Digámoslo con todas las letras. Juan GELMAN, eximio poeta, no fue Mandela ni una víctima inocente de la orgía de violencia que asoló nuestro país en los años 70.  Él fue parte importante de esos tristísimos años pues integró entre 1973 y 1979 como oficial los cuadros de Montoneros. Su renuncia de febrero de 1979 a dicha organización, junto con  Galimberti, fue sólo por diferencias tácticas respecto de la Contraofensiva ordenada por la conducción de Montoneros, no porque se opusiera a sus métodos o fines. Como lo recuerda Marcelo Birmajer, él “aunque criticaba los asesinatos puntuales de algunos civiles indefensos, lo hacía en el sentido de que eran políticamente inoportunos; y continuaba considerando a esos asesinados como parte del bando enemigo”.  No fue un predicador pacífico del reconocimiento de los derechos cívicos y políticos de sus conciudadanos, ni él ni  la organización armada que integró creyeron y lucharon por el retorno de la democracia, de la que descreían tanto como el gobierno militar al que combatieron. Su exilio no fue motivado porque luchara por la instauración de la democracia o el reconocimiento de los DDHH en nuestro país.

Una y otra vez en este espacio hemos reflexionado sobre la ideología y praxis de esa organización que utilizó sistemáticamente el terror como método para alcanzar el poder. Gelman, como la inmensa mayoría de los cuadros montoneros, jamás hizo una autocrítica al respecto, negando toda responsabilidad en el baño de sangre que enlutó a nuestro país. Para Gelman, como para casi la totalidad de los integrantes de la organización militar y terrorista que él integró, “el principal error era el no haber ganado” (sic).  A diferencia de otros militantes,  como el filósofo Oscar de Barco o Héctor Ricardo Leis, Gelman jamás hizo una autocrítica. Los Montoneros, como los militares contra quienes se alzaron, no creían en la democracia como sistema de gobierno pues la consideraban un prejuicio burgués. Tampoco se plantearon jamás la defensa de los DDHH. Su militarismo signó su accionar, justificándose entonces y ahora con la invocación de la pureza de sus intenciones, desentendiéndose de las luctuosas consecuencias de sus actos. En nuestra columna 382/Grafittis recordábamos que Oscar Del Barco oportunamente salió al cruce de declaraciones de Gelman a un diario español en donde éste, al recibir el prestigioso premio Cervantes,  se pronunciaba a favor de la verdad y la justicia respecto de lo acontecido en los años setenta, comentó: “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay “causas” ni “ideales” que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano…”: Allí decíamos que nos queda la certeza de que hubo en esas organizaciones armadas una unión inescindible entre su ideología, su praxis violenta y su desprecio por la vida humana. Sobre esos mismos temas volví en las columnas 390/El dedo en la llaga y 391/Carta a Pepe.

Gelman nunca modificó su adhesión  a los métodos de extorsión, secuestro, tortura y muerte utilizados regularmente por la organización subversiva que integró ni cuestionó si eran en sí mismos inmorales o no. Tampoco hizo jamás un mea culpa por el accionar histórico de Montoneros en contra de un gobierno con clara legitimidad democrática, el surgido de las urnas en 1973. El accionar subversivo de Montoneros no se inició en 1976 con el derrocamiento de “Isabel” Perón, sino mucho antes.

La calidad de su producción literaria no nos puede hacer olvidar que, como lo señala también Birmajer, él “se complicó con cada una de las necedades autoritarias y sanguinarias del siglo XX, casi sin pausa, del stalinismo al maoísmo, del maoísmo al castrismo, pasando por el guevarismo demencial de Masetti en Salta hasta llegar a Montoneros”. La alegada pureza de sus intenciones no lo redime de las consecuencias de sus actos, de los cuales él nunca se hizo responsable.

Hubo un tiempo durante el cual se intentó sentar a la dirección montonera en el banquillo de los acusados para que respondieran por sus crímenes. Esa intención se frustró porque, como lo señala Héctor Ricardo Leis (MEMORIAS EN FUGA. Una catarsis del pasado para sanear el presente), Montoneros utilizó parte del dinero obtenido por el secuestro de los hermanos Born para financiar la interna de Menem contra Cafiero, sin cuyo aporte económico muy posiblemente su resultado hubiera sido otro. Como contrapartida Menem les prometió los indultos. Leis concluye: “El precio que se pagó se ve claro hoy en la falsa memoria oficial sobre los setenta instituida por los Kirchner. Esos indultos minaron a la nación con la impunidad de quienes debían haber sido castigados oportunamente. En vez de eso, aquellos indultos trajeron desasosiego en la ciudadanía y luego, cuando llegó Néstor Kirchner, sepultaron la verdad”.

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