Votar por el futuro

Votar por el futuro

El próximo domingo 4 de abril se celebrarán elecciones nacionales en Afganistán. La tensa relación con EE.UU. pasará así a una nueva etapa, en la que se deberá decidir, entre otras cuestiones, la manera en que se producirá la partida de la coalición militar que estuvo presente en el país durante más de una década. A pesar de que tanto el futuro de la paz en la región como el posible resurgimiento de los talibanes y el curso de la historia política del país dependerán en gran medida de esa decisión, la realización de las elecciones presidenciales confirman la magnitud de los acontecimientos ocurridos bajo la presidencia de Hamid Karzai. La meteórica relación del presidente afgano con George W. Bush y Barack Obama no puede oscurecer el importante papel que jugó en la reconfiguración del país durante los últimos años, algo que finalmente permite una ordenada transición democrática. Para entender mejor lo que aguarda al futuro presidente es necesario contemplar la manera en que Karzai logró superar la delicada situación histórica de Afganistán en uno de sus momentos más difíciles. Su astucia política lo convirtió en una figura capaz de superar las diferencias políticas y sociales de diferentes grupos afganos para promover así la democracia y el desarrollo económico.

La intervención norteamericana de fines de 2001 fue el elemento que permitió que Karzai surgiera como el nuevo presidente de Afganistán. Karzai lideró a un grupo que se opuso a los talibanes en la zona de Kandahar, que consiguió superar a dichas fuerzas a cambio de su ofrecimiento personal de proteger la seguridad de sus miembros. De la misma manera, un grupo de líderes tribales decidió que Karzai era la única persona con las garantías personales como para asumir la presidencia. Desde entonces, el presidente fue la personificación de la cultura de su país, siempre tratando de mantener la participación de diferentes líderes tribales, por un lado, y al mismo tiempo, tratando de negociar con las potencias internacionales bajo la presión que generó la intervención militar. En un contexto en el que no abundaban muchas posibilidades, las circunstancias fueron las que permitieron que Karzai se convirtiera en presidente. Con el país destruido, una seria situación interna y presiones regionales de mucha envergadura, Karzai pudo completar su período presidencial inicial y fue reelegido en 2004 y 2009.

Los resultados de su gestión se vieron afectados por varios elementos de importancia, principalmente las constantes acusaciones de corrupción, su decisión de depender de varios líderes tribales con antecedentes menos que óptimos y su tendencia a la ambivalencia y la duplicidad. Durante el comienzo de su presidencia, Karzai se vio prácticamente limitado por la influencia del gobierno norteamericano, en particular el representante del gobierno de Bush, Zalmay Khalilzad. Pero hasta el diplomático norteamericano ha sido capaz de reconocer que el talento y el perfil de Karzai fueron imprescindibles para encauzar la recuperación institucional de la nación. En un país dividido por profundas diferencias sectoriales y étnicas, la función del líder fue más crítica en su capacidad de negociar a través de dichas diferencias, lo que finalmente produjo suficiente estabilidad como para permitir esta ordenada transición. Los problemas de corrupción y de ineficiencia de su gobierno no han desaparecido. Pero lo que se cierra con su partida es un período muy difícil en la vida institucional de la nación y la posibilidad de que al ocurrir la transición, surjan las condiciones que permitan un futuro más auspicioso.

Es singular que la ecuación de poder que tanto lo desfavorecía al principio de su gobierno haya cambiado tan definidamente a su favor cuando llega el final de su gobierno. En meses recientes, Karzai se negó a firmar un acuerdo con EE.UU. sobre la permanencia a largo plazo de fuerzas norteamericanas en suelo afgano, supuestamente para no asumir históricamente el peso de dicha decisión. Su justificación fue que, a su juicio, el nuevo presidente debería ser el encargado de negociar y de firmar un acuerdo de tanta importancia para el futuro de la nación. Esto prácticamente obligó a EE.UU. a considerar una decisión unilateral, y a pesar de la presión que ejerció el mismo presidente Barack Obama, la elección en Afganistán tiene lugar sin que dicho acuerdo haya sido firmado. Al mismo tiempo, Karzai no ignora el contexto regional que lo rodea. Su reclamo sobre una supuesta participación del servicio de inteligencia de Pakistán en el reciente ataque a un hotel de Kabul, tiene por objeto poner de manifiesto su preocupación por el futuro que se avecina. Karzai sabe que Pakistán es un país mucho más importante para la estrategia geopolítica norteamericana en la región, particularmente ahora que ha resurgido la tensión entre EE.UU. y la Federación Rusa.

Karzai deja a su país en mucha mejor situación a la que existía en 2001. Durante el dominio de los talibanes, muchas libertades habían dejado de existir, la atención médica y la educación habían sido prácticamente desmanteladas y las mujeres eran poco menos que prisioneras en sus propios hogares. Los cambios auspiciados por el gobierno de Karzai revirtieron dicha situación y si bien los problemas internos no han desaparecido, la vida diaria es ahora totalmente diferente en gran parte a la manera en que Karzai ha enfrentado a la oposición y manejado las diferencias entre distintos grupos. Si uno considera la abismal situación interna, la presencia de más de cien mil efectivos militares extranjeros en su suelo, y la historia política reciente de Afganistán, la imagen de Karzai se transforma en una figura política que fue capaz de responder a los innumerables y profundos desafíos a los que tuvo que responder como presidente de Afganistán. Su sucesor tendrá que ser capaz de construir sobre dichos resultados. Una tarea que no será simple ni fácil y que dependerá en gran medida de su capacidad de mantener la unidad y la estabilidad que Karzai fue capaz de conseguir.

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