Para bailar un tango se necesitan dos

Para bailar un tango se necesitan dos

Los principales enemigos del éxito del diálogo y de la búsqueda de consenso -lo que decimos tiene aplicación tanto en las disputas ideológicas, políticas o no, como también en los conflictos de intereses-  son las posiciones dogmáticas y el desconocimiento de nuestro interlocutor.

En todo diálogo o negociación, si se realiza con el ánimo de arribar a una conclusión común o a un cuerdo que no implique un resultado de suma-cero, es indispensable conocer y entender a nuestro interlocutor. Saber exactamente qué piensa y porqué, cómo actúa y cuáles son sus intereses, sus fortalezas y debilidades, qué quiere y sus limitaciones tácticas. Y lo que decimos respecto del “otro”, es aplicable a nosotros mismos pues es igualmente necesario que sepamos qué pensamos y queremos, distinguiendo los hechos sobre los que queremos actuar de lo que pensamos sobre ellos o, dicho de otro modo, lo que “es” de lo que nos gustaría que fuese, además diferenciar lo esencial –innegociable- de lo accesorio. Actuar de otra manera es intentar un “diálogo de sordos” destinado irremediablemente al fracaso o aún peor, terminar haciendo el ridículo de “quedar hablando sólo como loco malo”.

La posición argentina en el conflicto con los tenedores de títulos de nuestra deuda externa no incluidos en las reestructuraciones de 2005 y 2010, partió de posiciones dogmáticas que no dejaban nada para negociar con aquellos y además, desconociendo el ámbito legal y jurisdiccional dentro del cual se iba a desarrollar el conflicto. Los actuales responsables de gobernar el país actúan como si no conocieran cómo funciona el mundo “real”, conocimiento que impide andar por él chocándonos inútilmente con la realidad y tener luego que disimular fracasos inventando conjuras globales que oculten nuestras propias torpezas.

Una realidad a la que Cristina ha decidido abordar confrontándola, es EEUU. Es posible ser muy críticos del gobierno americano y sus políticas, pero a nadie se le debería escapar que intentar confrontar con él requiere saber cómo piensan y actúan sus dirigentes, cuáles son los intereses permanentes que defienden y, fundamentalmente, qué significamos para ellos, si somos o no importantes o, dicho de otro modo, si nuestra presencia en el mundo forma parte del horizonte de sus preocupaciones y, en su caso, en qué medida. En suma, qué posibilidades reales tenemos de modificar una realidad que nos molesta.

Durante el largo juicio contra los fondos buitre ante los tribunales americanos, pareciera que no sólo nunca se contempló la posibilidad de que terminara con una interpretación del “pari passu” como la que hizo Thomas Griesa, sino, lo que es peor, tampoco se aprovecharon esos años para cultivar una mejor relación con el gobierno de Washington para que éste oficiase de valedor de nuestros intereses sino que, por el contrario, no se perdió ninguna ocasión de generar conflictos en donde antes no los había. Muestra de ellos fueron el intento de nuestro Canciller de allanar un avión americano que traía, a nuestro pedido, equipos para el dictado de un curso de perfeccionamiento, con el pretexto que traía material “no declarado” y el desafortunado pacto celebrado con Irán para zanjar por una vía no-judicial las dificultades procesales de la causa “Amia”, interfiriendo innecesariamente en la política de aislamiento que propiciaba EEUU contra ese país. O, más recientemente, quebrar lanzas a favor de Rusia en el conflicto por Crimea, como si el caso de ésa península se asimilara al de nuestras Islas Malvinas.

A pesar de nuestros desaires diplomáticos el gobierno de Obama llegó a presentarse como “Amicus curiae” ante los tribunales americanos argumentando sobre las consecuencias negativas que sobre futuras recomposiciones de deudas soberanas tendría la confirmación de la interpretación de Griesa. Nuestro gobierno no entendió que, firme aquella interpretación judicial, a la administración americana no le quedaba otra alternativa que propiciar que se respete el fallo aún cuando opinase que la solución arbitrada era inconveniente. La concepción republicana de división de los poderes se aplica allí a rajatabla, no siendo concebible para ellos que uno de los poderes del Estado, así sea el presidido por el hombre más poderoso del mundo, desconozca lo decidido por sus tribunales, aún cuando resulta, reitero, evidente que la interpretación hecha por Griesa no dejó conforme a la administración presidida por Barak Obama. No existe en EEUU algo así como “justicia nacional y popular” o “justicia militante” que resuelva los conflictos judiciales automáticamente en línea con lo que quiere el Departamento de Estado. No se entendió tampoco que en su cumplimiento está en  juego nada menos que la eficacia de las instituciones americanas y la credibilidad de EEUU, algo que a ellos les importa más que sus relaciones, siempre conflictivas, con Argentina.

Ante el hecho consumado de haber perdido el pleito, en lugar de sentarse de negociar cómo y cuándo se paga, única opción legal posible frente a una sentencia firme -opción abierta expresamente por Griesa al designar un mediador- tratando de esa manera minimizar el mal resultado obtenido, Cristina, privilegiando el relato, primero intentó sentar a EEUU como acusado ante la Corte Internacional de La Haya, y luego pidió a la Asamblea de la ONU una declaración favorable al dictado de una Convención Internacional que regule el tema de los futuros reordenamientos de deudas soberanas. Ello a sabiendas de que aquel país jamás aceptaría voluntariamente se discuta en una instancia judicial internacional lo decidido por uno de los poderes de su estado y que tampoco suscribiría una convención internacional que le imponga renunciar a su soberanía. Claramente su representante en Buenos Aires explicó que “las cuestiones propuestas por Argentina deben ser discutidas y resueltas en otros ámbitos”.

De la reciente información dada por el Encargado de Negocios, a cargo de la Embajada en Buenos Aires, resulta que, a instancias de EEUU, la International Capital Markets Association (ICMA) -que reúne a 450 instituciones internacionales, entre ellas los principales bancos y operadores de bonos del planeta- recomendó que, vistos los inconvenientes que causó la cláusula pari passu convalidada por el juez Thomas Griesa, en adelante las emisiones de bonos incluyan cláusulas de acción colectiva por las cuales las minorías carezcan de poder de veto en las reestructuraciones de deudas soberanas, lo que al ponerse en práctica haría innecesaria la convención reclamada por nuestro país pues nuestra situación no se repetiría en el futuro. Esa recomendación, propiciada por el gobierno estadounidense, es la derrota más importante que ha tenido el negocio de los holdouts, aún cuando, esas recomendaciones –al igual que la futura convención, si es que ésta se llega a sancionar algún día- no serán de aplicación al caso argentino.

Como vemos, por nuestras propias acciones nos hemos quedamos hablando con nosotros mismos (relato), porque quien era uno de nuestros interlocutores se cansó de nosotros. Los otros, ante la negativa argentina de utilizar la vía negociadora abierta por el Tribunal, siguen presionando a Griesa para que éste haga cumplir su fallo.

One thought on “Para bailar un tango se necesitan dos

  1. muy simple doctor: estamos fuera de la agenda de USA.
    cuesta abajo, hemos pasado en un siglo de ser la octava economia a la numero 78.
    aunque nos cueste reconocerlo, ya no contamos para nadie. Cristina lo hizo.

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