¡Basta de excusas!

¡Basta de excusas!

Tanto la prensa escrita como la televisiva ha difundido y comentado en estos días un video filmado por Rocío Oliva (22), autotitulada “novia” de Diego Armando Maradona (54) -a quien en realidad habría que calificar con mayor precisión como la actual “sex-toy” del ex astro futbolístico- que muestra imágenes de aquel sentado, de espaldas, mirando la televisión y que al advertir que ella lo está filmando con el celular se levanta, le reprocha airadamente su conducta mediante el lenguaje confuso y trabado que últimamente lo caracteriza y acto seguido la agrede –la cámara que estaba filmando pierde la imagen primero y luego oscila-, quedando documentado que ésta le grita a su vez “¡Pará Diego!” “¡Dejá de pegar!”. Las dificultades en la dicción como sus repuestas violentas han quedado también documentadas en episodios protagonizados por Maradona en su último viaje a la Argentina. Las manifestaciones de su agresividad no son nuevas, recuérdese la agresión a tiros a un periodista que lo molestaba.

Como ocurre habitualmente, en los espacios en los que se ha comentado aquel episodio se ha intentado minimizar lo ocurrido alegando que la difusión del video implica una violación de la intimidad de Maradona, que el episodio que aquella grabación documenta es un asunto privado de él y de su compañera o, salvo muy pocas excepciones, se omitió resaltar la violencia de género que la filmación documentaba.

Maradona para muchísimos argentinos es un ídolo intocable, equiparable al Che Guevara, Evita o Gardel. Un argentino exitoso y transgresor, a quién no se le puede criticar porque las mayorías populares se identifican con él, alguien a quien sus pasados éxitos deportivos –innegables- determinan que se le deba perdonar todo. En los medios generalmente no se animan a criticarlo no sólo por aquella innegable popularidad sino porque él, en sí mismo, es un gran negocio. Su presencia en cualquier programa eleva considerablemente el nivel de audiencia y, consecuentemente, el costo de la publicidad que se emite. Quizás el proceso de identificación popular con él se explique porque ella nos permite a los argentinos creer que somos los mejores del mundo en lo que realmente importa, esto es en el fútbol. En un país en el que la anomia es generalizada, resulta natural que se aplauda su condición transgresora y que no sólo se disculpe sino que se aplauda el gol a los ingleses hecho “con la mano de Dios”  porque no  fue más que un pequeño desquite ya que ellos se quedaron con nuestras Islas Malvinas –también nos parece que es sólo una picardía la adulteración hecha por Carlos Bilardo del agua que consumían los brasileros para afectar la movilidad de éstos en el campo de juego-,  sino también que creamos sus explicaciones cuando en un control antidoping le dio resultado positivo y fue excluido de la selección argentina en el mundial de fútbol realizado en EEUU, o que expliquemos su adicción a las drogas por “el entorno” que lo lleva a consumir, que hagamos como que no nos damos cuenta cuando casi no se entiende lo que dice en su habla pastosa y entrecortada que refleja una notoria lentitud de su intelecto, fruto de sus continuos excesos y de la medicación que toma.

Lo que no se quiere ver es que el personaje que nos ocupa no sólo es un ex crack de fútbol, un ídolo deportivo, sino también un mal ejemplo deportivo. Un oportunista que ha estado con los poderes de turno que, reconozcámoslo, se han servido también de su popularidad, pagándole a él los royalties correspondientes. Drogadicto y alcohólico, ha eludido sistemáticamente hacerse cargo de las consecuencias de sus actos desconociendo las paternidades que esparció a lo largo y ancho del planeta, que fracasó en su matrimonio y que su relación con las mujeres se caracteriza por la total falta de respeto para con sus ocasionales compañeras, cuya compañía sólo acepta para la satisfacción de sus apetencias personales, su ego incluido, que las atrae con su fama y dinero y las desecha a su antojo. Tal falta de respeto para con sus acompañantes, ocasionales o no, implica una clara violencia de género ya que ellas para él sólo son objeto de sus deseos, jamás sujetos con una dignidad equivalente a suya. Para Maradona no existen las reglas ya que éstas sólo obligan a los espíritus inferiores, no son para los elegidos como él que pueden hacer lo que quieran pues todo les será perdonado pues las “indulgencias plenarias” ganadas por sus éxitos deportivos pasados le permiten compensar cualquier desaguisado en que incurra in sécula saecolorum..A pesar de su cacareada adhesión al Che no vacila en dejar que se explote su imagen deportiva por monarquías árabes que política y socialmente están en las antípodas de la ideología del héroe elegido por él para tatuar su cuerpo. En realidad él tiene debilidad por el poder –lo detente quien lo detente- y el dinero, venga de donde provenga.

Las cuestiones que pone en evidencia aquella filmación, hecha pública –o facilitada por la Oliva por las razones que haya tenido para hacerlo- no implican una invasión a la privacidad de Maradona ni el episodio es una cuestión privada. Las violencias de género nunca lo son. En ellas están en juego intereses de orden público que exceden el interés de las partes intervinientes. Los medios pueden, sin desmedro de los derechos personalísimos de Maradona, difundir los hechos y reflexionar críticamente sobre ellos, aunque  tal difusión y crítica molesten al crack y oscurezcan su imagen. Solo él es responsable de ese efecto.

One thought on “¡Basta de excusas!

  1. Dr. Excelente, como siempre, su apreciación de los hechos ocurridos, en este caso, sobre la violencia de género. Este personaje, carente de todo tipo de léxico, conducta, valores, respeto, es por su dinero y juego de pies, quizás, respetado en los ámbitos donde se mueve, pero…. ¿qué sería sin su dinero? un pobre ser humano con graves falencias intelectuales, que podría haberse culturizado. Pudo mas la ignorancia que la razón.

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