Cada cual atiende su juego…

Cada cual atiende su juego…

“El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios”
(Mario Vargas Llosa)

Este año estará, inevitablemente, signado por los distintos procesos electorales que a lo largo del mismo irán determinando quiénes serán los que tomarán la posta y asumirán la tarea de gobernar en próximo cuatrienio, unos –dicen- para profundizar los logros alcanzados durante los doce años que se extendió el mandato del matrimonio presidencial, en tanto que los otros predican que deberán avocarse tanto a reparar el grave deterioro institucional a que nos llevó el híper presidencialismo de aquellos como a poner en caja las variables macroeconómicas desquiciadas  por el incontenible clientelismo que caracterizó la gestión que pretenden reemplazar.

Digamos que, más allá de esas generalidades, de defensas incondicionales de todo cuanto se ha hecho o del señalamiento de los evidentes agujeros negros que deja visibles la actual gestión (inseguridad, corrupción sistémica, dilapidación de oportunidades económicas que no se repetirán, clientelismo desaforado, desmantelamiento de la estructura institucional, narcotráfico, inseguridad jurídica…), ninguno de los posibles candidatos da precisiones  sobre qué medidas concretas ha de tomar si es elegido. Esto no es nuevo y ya ha sido  motivo de reflexiones en este espacio ante similares eventos electorales – Columna 467/Sobre las inevitables derivas de la sociedad del espectáculo; y 502/La banalización de la política-, no obstante lo cual la importancia de los eventos en que la ciudadanía deberá participar obliga a que volvamos sobre el tema.

Aquella vaguedad o imprecisión de las propuestas es un signo de nuestros tiempos, pero no específicamente de nuestro país. Enzo Traverso puntualizaba en un texto publicado recientemente, que en el transcurso de la década de 1980 se fueron diluyendo los partidos de masas que se caracterizaban por “tener programas, militantes, líneas ideológicas claras que estructuraban el campo  político” y que a partir de entonces “los partidos ya no necesitan militantes ni intelectuales, sino ante todo gerentes de comunicación […] “think tanks” que se encargan de neutralizar el pensamiento crítico y elaboran las estrategias de poder. Desaparecen o se transforman las revistas que habían estructurado el debate intelectual en los años setenta […] Mientras tanto los partidos se volvieron post ideológicos: ya no tienen una línea rectora, tampoco una clara identidad social […] Se convirtieron en partidos catch-all (“atrápalotodo”o “partidos de todo el mundo”[…] Estos partidos tienen muchos menos militantes que sus ancestros, no precisan de un diario, se expresan a través de los medios y orientan su línea según las fluctuaciones de una opinión medida por sondeos […] Estos partidos ya no necesitan intelectuales […] Actualmente las campañas se confían a publicistas” (¿QUÉ FUE DE LOS INTELECTUALES?).

Decíamos a propósito de las elecciones parlamentarias de 2013, y lamentablemente nos debemos repetir, que: “Las campañas políticas, salvo excepciones, se van convirtiendo cada vez más en campañas publicitarias mediáticas en las se intenta imponer la imagen del candidato como si fuera un producto (“XXX lava más limpio”). La confrontación entre candidatos ha devenido más en estética que en programática. Se cuida la imagen del candidato hasta en sus más mínimos detalles. Se vigila su peso, corte de pelo e indumentaria. Su mensaje, cuando debe salirse de aquellos límites no va más allá de vaguedades que no pueden sino ser compartida por todos pues quién va estar en desacuerdo que se termine con la corrupción y la desocupación, se controle la inflación, que se pueda vivir más seguro… Nadie se detiene a decir cómo van a lograr esos objetivos ni qué costos demandará ni tampoco qué tiempo insumirá alcanzarlos. Todos dicen que van a cosechar los frutos, ninguno que va a plantar los árboles. Ofrecen repartir el cuerno de la abundancia. Nadie ofrece a sus electores “sangre, sudor y lágrimas”, aunque a veces sean previsibles. No explican cómo van a hacer mayonesa sin romper algunos huevos pues dicen, todos quedarán conformes”.

Conforme esas descripciones, las campañas electorales de Massa (Sergio Bendixen) y Macri (Jaime Durán Barba) están diseñadas por sus respectivos asesores que determinan cuándo, dónde y con quién mostrarse, cuál es la imagen que deben exhibir y qué deben decir sus asesorados. En lo que toca a éstos, sólo expresan generalidades que eviten cualquier precisión. Sus apariciones y los temas abordados en ellas están determinadas por las encuestas de opinión. Condenar la inseguridad, el narcotráfico y la corrupción, el crecimiento desmesurado el gasto público, la inflación y el clientelismo, postular un modelo industrialista y eficiente son propuestas con las que nadie puede disentir. Por supuesto, también se horrorizan con la denuncia de Nisman y su posterior muerte.

En el campo del oficialismo se navega con las mismas imprecisiones, agravadas en el caso de Scioli, por su necesidad de, simultáneamente, conservar el favor de quienes siguen a Cristina y de ésta misma y además captar a parte del electorado independiente porque sólo con aquellos es posible que no pase con éxito a la segunda vuelta, por lo que su estrategia es ir dar dando señales de que apoya el proyecto pero aclarando que él lo puede mejorar, o sea, en buen romance, que cambiará lo que tenga que cambiar, sin decir qué ni menos cómo. Por su parte Florencio Randazzo se muestra a sí mismo como un soldado de la causa nacional y popular que cuenta, dice él, con el favor de Cristina y además, para los que no son militantes, se exhibe como un administrador eficiente. Para uno y otro los problemas que ve más de la mitad del país simplemente no existen.

Frente a la realidad que no les da tregua, desde el Gobierno se recurre además a las estrategias clásicas de la propaganda política que tan bien describía Juan Marie Domenach: “Concentrar en una sola persona las esperanzas del campo al que se pertenece o el odio que se siente por el campo adverso es, evidentemente, la forma de simplificación más elemental y más beneficiosa […]” (LA PROPAGANDA POLÍTICA). La afirmación de “¡Clarín miente!” es la expresión más acabada de dicha técnica  que simplifica el mensaje e identifica al enemigo. La estrategia de la creación del enemigo presupone, como lo señala el texto citado, la identificación de las esperanzas del campo al que se pertenece con una sola persona. En el caso, se presenta a Cristina como la encarnación del autocalificado campo nacional y popular  o, como ella afirmara recientemente, del “nosotros”. En la medida de lo posible intentan también unificar  el “ellos”, y si no es posible hacerlo en una persona por lo menos se lo centraliza en una estructura, que no por ser difusa o inorgánica es menos útil a los fines buscados. Si no es posible instrumentar una antinomia personal –Braden o Perón-  la propaganda política suele recurrir a entelequias como la “sinarquía internacional” (masonería + sionismo + sociedades internacionales + comunismo internacional: J. D. Perón: “La hora de los pueblos”). El actual Gobierno ha tenido como estrategia política constante la creación del enemigo (Schmitt// Laclau), que identificó sucesivamente en el campo,  la Corpo o los fondos buitre. Actualmente incluye en el enemigo al segmento del Poder Judicial de la Nación que investiga actos de corrupción de prohombres nac  & pop –incluida la propia Presidenta y su entorno familiar- o que pone coto a los desmadres institucionales prohijados por el Gobierno.

Además de ajustarse a la regla de simplificación e identificación del enemigo único descripta por Domenach, también se siguen desde el Gobierno otras reglas como  la orquestación, la exageración  y la desfiguración. Al respecto de la primera, señala el autor comentado que, conforme lo afirmaba Goebbels “La propaganda debe limitarse a una pequeña cantidad de ideas repetidas siempre” pues, acota nuestro autor, “La persistencia del tema, junto con la variedad de su presentación, es la cualidad rectora de toda campaña de propaganda”. Para ello el Gobierno utiliza los medios públicos que controla y los adquiridos por sus seguidores a los cuales subsidia generosamente, no ahorrándose en ese esfuerzo, conforme la regla últimamente citada, la ironía pesada, la burla cínica, las injurias. En lo que toca la “contra propaganda”, esto es la propaganda destinada a controvertir al adversario, nos recuerda Domenach la práctica referida a atacar y desdeñar al adversario, señalando que “El argumento personal […] va más lejos, en esta materia, que el argumento racional. Uno se evita con frecuencia el trabajo de discutir una tesis desdeñando a quien la sostiene. La “diversión personal” es un arma clásica […]: la vida privada, los cambios de actitud política y las relaciones dudosas son sus municiones ordinarias”. Es lo que practican cotidianamente los disciplinados voceros oficiales.

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