Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

“…´el gran error de la izquierda¨, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola clase de democracia, sin apellidos”
(Luis Ignacio Lula Da Silva)

Quienes siguen la evolución de los acontecimientos venezolanos no pueden evitar preocuparse por la fuerte deriva totalitaria de los últimos tiempos que han culminado con la detención arbitraria de Antonio Ledezma, alcalde mayor de Caracas, que se suma a la lista de presos políticos conque el régimen del Presidente Maduro intenta acallar las voces de protesta de quienes denuncian tanto aquella deriva, cuyos límites aún no se conocen, como la crisis  de la economía de ese país devastado por una inflación incontrolada y por el creciente desabastecimiento tanto de productos  que integran la canasta familiar como de insumos necesarios para la producción, cuadro que se ve agravado por la caída de los precios internacionales del petróleo fuente principal – casi única – de los recursos del país y por la manifiesta impericia del actual elenco gobernante que no atina a dar solución a ninguno de esos problemas, habiéndose  convertido él mismo en parte del problema a resolver. A decir verdad, Maduro heredó de Chávez  la mayoría de los problemas con los que debe enfrentarse, pero también lo es que los mismos han venido agravándose durante su gestión y todo indica que esto ha de continuar en el futuro próximo porque a lo único que se atina es a echarle la culpa de todos los males que padece actualmente el pueblo venezolano a una conjura internacional que cuenta, según ésa versión, con el apoyo de los dirigentes opositores cuyas protestas y denuncias son denunciados como intentos desestabilizadores. El grave deterioro institucional que erosiona severamente la legitimidad de origen del gobierno –hoy puesta en entredicho por las denuncias de que Hugo Chávez no habría muerto en la fecha que se anunció sino un par de meses antes en Cuba y que, por ende, ni habría designado como su sucesor a Nicolás Maduro ni dictado una serie de normas que se le atribuyen-  es paralelo al cada vez más evidente fracaso económico del proyecto bolivariano que se ha demostrado no ser sustentable.

No sólo son los gobernantes venezolanos quienes pretenden ignorar esa realidad, sino que también casi toda la auto designada izquierda progresista (populista) latinoamericana ha cerrado filas detrás del Presidente Maduro no queriendo ver lo que en realidad está ocurriendo o guarda, por lo menos, un silencio cómplice, con lo que se alienta al nombrado y sus seguidores a persistir en sus políticas autodestructivas. Solo muy tibiamente desde los gobiernos Chile, Brasil y Colombia y el Secretariado de la OEA, se han escuchado expresiones preocupadas por el actual cuadro de situación venezolano y sus posibles derivas.

Sobre la realidad político-institucional de Venezuela hemos reflexionado en este espacio una y otra vez (168/Socialismo o muerte – 208/ ¿Por qué Chávez, Morales, Correa y Ortega? – 222/ Tambores de guerra – 288/ La revolución bolivariana y la prensa – 360/ Peligrosa deriva – 386/ Sobre la fragilidad del poder – 474/ Del realismo mágico o lo real maravilloso en la política sudamericana – 520/ De la paja y del trigo – 546/ Plegaria venezolana), agregando ahora que lo que antes señalamos respecto del apoyo que suscita la situación descripta no es nuevo, ni en Sudamérica ni en el mundo.

Recordemos que la izquierda europea que puso sus esperanzas en la Revolución de Octubre a principios del siglo XX, no denunció en su momento los atroces crímenes de Stalin con los que éste eliminó prácticamente a toda la dirigencia que acompañó a Lenin y a los intelectuales más importantes de ese país, sepultando a la disidencia que no se exiló en espantosos gulags o condenando a muerte a aquellos más notorios en juicios escandalosos (Pierre Broué – LOS PROCESOS DE MOSCU). Recordemos que a Trotsky, exilado en Méjico, lo mandó asesinar (1940)  por un sicario (Ramón Mercader). Sólo voces aisladas denunciaban entonces la existencia de una autocracia criminal en la URSS, negándose a justificar su accionar por razones de estado. A esas pocas voces se las descalificó como funcionales al imperialismo angloamericano. Albert Camus, Arthur Koestler o Alexander Solzhenitsin gritaron por décadas sus verdades sin ser escuchados.

Lo que ocurrió con la URSS se repitió con la Cuba de Fidel, en cuya defensa incondicional la izquierda sudamericana quebró lanzas  sin querer ver lo que también en ese caso era evidente: Que más allá de la defensa inclaudicable de la independencia cubana respecto de EEUU, su gobierno era una feroz dictadura que acallaba en prisiones arbitrarias cualquier manifestación de disconformidad o disonancia, que la dictadura del proletariado no era más que su propia y personal.

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