Sobre el país que vendrá

Sobre el país que vendrá

“Es la economía, estúpido”
(Bill Clinton // 1992)

Conocidos los resultados de la elección presidencial del 25 de octubre resulta inevitable interrogarnos cómo será el futuro gobierno, no quién ganará el ballotage, porque hay cosas, muchas, que serán exactamente iguales sea Macri o Scioli el ganador, aunque uno y otro intenten decir lo contrario. Si bien es cierto que no es indiferente quién de los dos ocupe el Sillón de Rivadavia, gran parte de las circunstancias que necesariamente rodearán la gestión de uno u otro son exactamente las mismas.

Después de diciembre, quien tenga que asumir la responsabilidad de gobernar a los argentinos se encontrará con que la realidad económica ya no se podrá disimular con el relato, que la economía, forzada hasta sus límites por Axel Kicillof para mantener la apariencia de que en la década ganada cada uno tenemos (teníamos) una Cajita Feliz, realidad que ya no posibilita seguir engañándonos pues la fiesta terminó, nos gastamos todo y que de aquí en más hay que vivir con lo que podaos producir. O dicho con más precisión, que el proyecto distribucionista del kirchnerismo ya no es sustentable porque hace tiempo desaparecieron las circunstancias macroeconómicas que lo posibilitaron, que no es posible mantener para siempre una política que supuso gastar más allá de los recursos genuinos de que se disponía, pues nos gastamos lo que debimos haber invertido para desarrollar el país. La Argentina de 2015 es diferente a la de los años de prosperidad durante los cuales fue Presidente Néstor Carlos Kirchner. Ojo, que estoy diciendo que la presidió, no que él fue el creador de esa prosperidad, resultado que el relato “K” sí le adjudica. El viento de cola terminó, consumimos como glotones todo lo que ingresó y no se avizora un futuro más o menos próximo en el que se reediten las condiciones que permitieron mejorar sustancialmente los términos del intercambio de nuestros productos y gozar de una bonanza económica excepcional. En suma, estamos más cerca del abismo que de las puertas del Paraíso. De ésa realidad son conscientes tanto Macri como Scioli y sus asesores. Aunque éste último lo disimule mimetizándose con el relato.

Esa realidad se complementa con otras dos: una, la futura conformación del Congreso, en el que persistirá la mayoría kirchnerista, la que aunque ya no dominará ambas Cámaras sí tendrá la posibilidad de bloquear cualquier iniciativa legislativa con la que no comulgue. Esto impondrá un cambio sustancial en el estilo de gobernar, imponiéndose la búsqueda del consenso, el diálogo con las otras minorías.
Tanto Macri como Scioli en sus respectivos distritos carecieron de mayoría parlamentaria, por lo que la búsqueda de consensos para gobernar no es algo nuevo para ellos. El Congreso podría ser otra vez un ámbito de encuentros y abandonar su rol de Escribanía de Gobierno.

La otra realidad es que, más temprano que tarde, se ha de concretar la unión de las dos GCT, de la presidida por Caló con la liderada por Moyano. Señalemos que en la primera de las reuniones preparatorias realizada días atrás ya se plantearon como coincidencias básicas que se respete el modelo sindical argentino y que se consolide el manejo de las obras sociales por los sindicatos, o, dicho de otro modo, que no se abran las puertas para el ingreso de nuevos protagonistas en el ámbito sindical y que se les asegure a los gremios actuales disponer de una caja de abundantes recursos que sirve, además, para disciplinar a sus afiliados. En su último comunicado convocan a un acuerdo social en el que, por supuesto, los sindicatos sean parte, esto es no quieren que sus representados, sean la variable del ajuste que, entienden, inevitablemente formará parte de las medidas a tomar por el nuevo gobierno o que el esfuerzo sea comportado equitativamente, lo que no está mal. En ésas condiciones buscarán, como lo han hecho históricamente, integrarse funcionalmente con el futuro gobierno. Dicho de otra manera, la vieja política de Do ut des.

O sea que existe la posibilidad de volver a la política como medio de articular intereses e interpretaciones disímiles, de dejar de ver al otro como un enemigo para ser sólo un adversario, al que no necesariamente debe destruirse sino con el que se pueda construir juntos un futuro compartido. Debemos recordar al respecto, por su total vigencia, lo que puntualizaba Raúl Alfonsín en su discurso de Parque Norte hace casi 30 años, dado que es algo que aún nos cuesta incorporar a los argentinos: “el pluralismo es la base sobre la que se erige la democracia y significa reconocimiento del otro, capacidad para aceptar las diversidades y discrepancias como condición para la existencia de una sociedad libre. La democracia rechaza un mundo de semejanzas y uniformidades que, en cambio, forma la trama íntima de los totalitarismos. Pero ese rechazo de la uniformidad, de la unanimidad, de ninguna manera supone la exaltación del individualismo egoísta, de la incapacidad para la construcción de empresas colectivas. La democracia que concebimos sólo puede constituirse a partir de una ética de la solidaridad, capaz de vertebrar procesos de cooperación que concurran al bien común. Esta ética se basa en una idea de justicia como equidad, como distribución de las ventajas y de los sacrificios, con arreglo al criterio de dar prioridad a los desfavorecidos aumentando relativamente su cuota de ventajas y procurando disminuir su cuota de sacrificios”.

El país requiere ahora de una empresa colectiva para cambiar el actual estado de cosas, pero no la podrá articular en solitario el que resulte triunfador en la segunda vuelta: Necesariamente deberá transitar  aquel camino que, una y otra vez, los argentinos nos resistimos a recorrer.

Que sea necesario no significa que sea una tarea fácil ni menos que sea el camino que finalmente vamos a recorrer, pues hay un importante sector, cuya participación es ineludible, que deberá ser convencido de que debe aceptar que la realidad que vivimos no se corresponde con el relato que ha regido su accionar político durante la década pasada; que la ética de las convicciones deberá dejar paso a la ética de la responsabilidad; que se deberán arbitrar cursos de acción que supondrán una modificación sustancial de lo decidido durante la actual gestión de gobierno. Los datos recientes, aprobación del Presupuesto para 2016 sin aceptar modificaciones, muestran, por ahora, por donde irán los tiros. De continuar así, el ámbito de decisiones posibles del nuevo gobierno quedará limitado por el cerco legislativo sancionado por el kirchnerismo y por la eventual oposición cerrada de sus representantes en el Congreso a cualquier proyecto que modifique lo decidido o actuado hasta aquí. Si el elegido para convencerlos de la necesidad de cambiar es Scioli, será tildado de traidor. Si fuera Macri, se lo acusará de ser un conservador neoliberal que quiere atentar contra lo nacional y  popular, que quiere retrasar el reloj de la historia. En uno y otro caso, de haber claudicado ante las exigencias de los fondos buitre y de las corporaciones antinacionales.

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