Toda generalización es errónea, incluso ésta

Toda generalización es errónea, incluso ésta

Siguiendo con los aportes de la cultura griega a la nuestra quisiera, para poder fundamentar la idea central de esta Columna, detenerme en el desarrollo de una de las ramas de Filosofía: la lógica, de la que podríamos sostener que es una disciplina filosófica que estudia las “formas” que adquieren los razonamientos. Se considera a Aristóteles como su fundador.

No pretendo realizar una explicación profunda del objeto de estudio de la lógica, ni hacer un recorrido histórico sobre cómo fue evolucionando desde sus orígenes a la actualidad, ni menos aún cómo fue que quedó vinculada a la matemática y la informática. Contribuye, a los fines de esta Columna, decir que el origen de la palabra “lógica” proviene del griego antiguo y está vinculada a “aquello que posee razón”, y con ese sentido lo usamos en el habla cotidinana. Es “lógico” aquello que entendemos como “razonable”.

¿Puede un argumento sonar como convincente o persuasivo y no ser lógicamente válido? La respuesta es sí. Estamos frente a lo que en lógica se llama una “falacia”. Una de las formas más extendidas de “falacias” es la que se denomina “generalización apresurada”. En esta falacia, se intenta generalizar a partir de un número relativamente pequeño de casos particulares. Por ejemplo: “Juan es alto y es rápido. María es alta y es rápida. Matias es alto y es rápido. Por lo tanto, todas las personas altas son rápidas.” He concluido en que todas las personas altas son rápidas a partir de considerar sólo a Juan, María y Matías, a quienes conozco. En definitiva, he generalizado de manera apresurada a partir de malos argumentos.

Hace tiempo que leemos, escuchamos y vemos portadores de argumentos que aparentan ser lógicamente correctos y, sin embargo, son falaces. Sesudos debates en donde es común el uso de falacias lógicas que esconden la verdad y, ya sabemos, los argumentos engañosos pueden convencer a quienes no estén en condiciones de reconocerlos.

En nuestro país – aunque no excluyentemente en él – es habitual que en el ámbito económico se argumente que “el mercado soluciona todo” y que por ello hay que “liberar las fuerzas productivas”. Sosteniendo que el Estado mientras menos regule, mejor. En función de estos postulados se liberan mercados con el objetivo que sea la competencia de la oferta y la demanda la que establezca, por ejemplo, los precios. También se ha argumentado que, como al mercado sólo le interesan las ganancias sin importar las consecuencias sociales de cómo se obtienen, la única manera de ensayar una real protección a los que se quedan por el camino es el diseño y la ejecución de una política de regulación de la economía. Y estos argumentos se sostienen a partir de la experiencia exitosa de liberación de dos o tres mercados o de la regulación de otros tantos de una economía en particular. Claramente estamos frente a dos “generalizaciones apresuradas”.

Veamos un ejemplo. Hasta el 17 de diciembre el impuesto a la exportación de la carne vacuna llegaba al 15% del precio total de la venta. A partir de esa fecha, por decreto, el Presidente Macri eliminó las retenciones a todas las exportaciones agropecuarias, entre ellas la carne, con el objetivo de “multiplicar la capacidad productiva” del sector. El decreto 133/2015 del Ministerio de Agroindustria establece que “el Estado nacional está decidido a implementar acciones para reactivar al sector, eliminando las trabas y restricciones que hoy limitan su capacidad…”.

El pasado 27 de enero Matías Tombolini – economista que disertó el año pasado en nuestra Ciudad invitado por la AMA – preocupado porque “…hace un par de semanas la carne entró en una espiral de precios que llama la atención” pensó que “…era buena idea indagar acerca de qué hay detrás de esos aumentos”. A tal fin construyó “el camino” de la carne para ver cómo se forma el precio y concluyó que “nos están afanando”.
Comparto sus reflexiones: “La cadena funciona del siguiente modo: El frigorífico compra el kilo vivo de novillo y utiliza SOLO 58% de cada kilo ya que el resto son cosas como cuero, pezuña y demás elementos que no forman parte de la media res que recibe tu carnicero: es decir que su costo es el precio del kilo dividido 0,58 y sobre eso carga su margen de utilidad (además de quedarse con el otro 42% del novillo que obviamente también tiene valor). Luego viene el abastecedor que compra al frigorifico y lo lleva al carnicero, el valor que agrega es la logística solamente, es decir NO transforma el producto sino que solo compra a un precio, traslada la mercadería y lo vende mas caro. Por último esta el carnicero quien paga la media res y, como mínimo, desperdicia el 10% ya que todos le pedimos que le saque la grasa o que evite el hueso, etc.”
“Hasta ahí como se forma el precio, ¿pero dónde esta el afano?”, se pregunta Tombolini y agrega “Entre el precio del kilo vivo y el costo del carnicero (contando el 10% de desperdicio que te comenté) en abril 2015 el salto era de $ 20 a $ 42,90 es decir 114%. Y de ahí el carnicero le cargaba su margen para vender al mostrador, eso depende los costos ya que algunos están en zonas más caras que otros y tienen mayores gastos. Lo llamativo es que AHORA el salto es desde $ 28 Kilo vivo hasta $ 68,2 al carnicero (contando el desperdicio) es decir 143% nuevamente aquí falta el margen del carnicero. Para que quede claro, en la intermediacion desde el mercado de Liniers hasta la carnicería de tu barrio ¡SE ESTAN QUEDANDO CON UN 30% ADICONAL EN EL CAMINO, respecto se hace solo 9 meses!. Esto va más allá de los precios, ¿se entiende?.”
Y concluye “No hace falta la pistola de Moreno pero no vendría nada mal que alguien le tire de las orejas a los empresarios… Así no terminamos perjudicados siempre los mismos, es decir los consumidores.” Ha ocurrido lo que bien se intuye: Tombolini acaba de pedir que el Estado regule, demostrando que generalizar apresuradamente – liberar todo el mercado exportador agropecuario como condición del desarrollo – constituye una falacia. En igual sentido podríamos haber razonado frente a una regulación total de ese mismo sector.

Seguramente ya se ha advertido que es el medio de esos dos extremos falaces donde reside aquello que de seguro acordamos como lo “razonable”. ¿Pero cómo saber identificarlo? Ejercitando un pensamiento responsable. Pensar exige analizar, cuestionar, dialogar y, sobre todo, escuchar, por eso tantos sólo repiten. ¡Hasta la próxima!

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