El título universitario y el acceso al empleo

El título universitario y el acceso al empleo

La Fundación Varkey es una organización sin fines de lucro creada por Sunny Varkey fundador de GEMS Education, “[…] una empresa con escuelas y servicios de educación en 14 países alrededor del mundo que tiene como objetivo servir a sistemas, redes y líderes de la educación para mejorar el acceso a una educación de calidad. Cuenta con más de 13 mil profesores y 142 mil alumnos de 151 países.”, se lee en la página oficial de la Casa Rosada en una publicación del 20 de enero pasado cuando el Presidente Macri se reunió con Varkey en el Foro Mundial de Davos, la cumbre económica que reúne a los principales líderes empresariales, políticos internaciones, periodistas e intelectuales.

Con la finalidad de “[…] forjar un futuro en el que todos tengan acceso a una educación de calidad”, la fundación Varkey – se lee en su sitio web – trabaja en tres áreas: brindar acceso a la educación, desarrollar la capacidad de los maestros y generar una mayor responsabilidad colectiva – incluyendo al sector privado – para con la educación pública.

Esta Fundación organiza desde el 2013 una serie de encuentros internacionales para debatir asuntos relativos a educación. En la edición de este año, realizada en Dubai el 12 y 13 de marzo el eje de la discusión pasó por cómo podemos alcanzar una educación para todos en la que se reconcilien la relevancia de lo que se enseña, la excelencia y la inclusión, tanto en entornos de aprendizajes públicos como privados.

Bajo el título “¿Vale la pena ir a la universidad? Muchos expertos consideran que el título es “irrelevante” a la hora de conseguir empleo”, Luciana Vázquez escribe para el periódico “La Nación” algunas de las conclusiones de este encuentro internacional.

Dice Vázquez que “[…] el debate dejó en claro una paradoja: el aumento de la matrícula y la creación exponencial de universidades contrastan con el reclamo de los empleadores, que no encuentran entre los graduados las habilidades necesarias.” Y cita los casos de China, India, Jordania y Estados Unidos. China ha venido construyendo cerca de una universidad por semana, sin embargo, mientras los graduados universitarios sin empleo están buscando trabajo, los empleadores dicen que no pueden encontrar a la gente con las habilidades que necesitan. En la India, donde en los últimos años la cantidad de graduados pasó en de un millón a cinco millones el panorama es similar. En Jordania, la tasa de desempleo es el doble para los graduados universitarios. En Estados Unidos, el 44% de los jóvenes graduados terminarán en trabajos que no requieren título universitario, en otras palabras, muchos estudiantes universitarios se graduan en carreras que no necesitarán para el empleo.

Frente a los títulos universitarios tradicionales, concluye Vázquez, la educación vocacional o técnica, tanto en secundaria como superior no universitaria, o en el modelo de educación continua para adultos ya formados, se planteó como una opción más efectiva.

Las conclusiones hasta aquí expuestas parecen ir en la dirección de este razonamiento: como la sociedad se está reinventando permanentemente y con ella las nuevas tareas, los nuevos puestos, las nuevas profesiones, el reto de las intituciones educativas será la velocidad con la que respondan a estas nuevas demandas.

“¿Vale la pena estudiar una carrera en la Universidad? Se preguntó La Nación hace un par de días bajo una chorrera de estadísticas que vinculan el grado de estudio y la chances de obtener trabajo. La nota plantea algo que probablemente sea real, puede que la universidad no esté formando personas para los trabajos que se necesitan hoy o se necesitarán en el futuro. Ocurre que los cambios en los planes de estudio de las carreras universitarias son mucho más lentos que los cambios en la tecnología que afecta a la sociedad y al tipo de capacidades que debería tener un ciudadano que entra al mundo laboral.
Será por eso que, en un intento por alcanzar las necesidades sociales, se crean nuevas universidades con nuevas carreras, pero esto, evidentemente no es suficiente. O sea, hay que tener una discusión sobre lo que se enseña en la universidad, de eso no tenemos dudas, pero de ahí a preguntarse si vale la pena estudiar una carrera universitaria hay un trecho, probablemente tan largo como la muralla china o una manada de 400 elefantes tomados de sus colitas. El problema está en suponer que la educación solamente sirve para conseguir un trabajo.”, sostienen Fabricio Ballarini y Pedro Bekinschtein en “Vale la pena”, nota que se puede leer en www.educandoalcelebro.com.ar.

Y fundamentan ese “Vale la pena” en estudios que dan cuenta que cuanto más años de educación tienen los individuos, más ricos son los países. Y si más educación es más riqueza y más riqueza en mejor salud “estaría siendo muy copado el hecho de ponerse guardapolvo y aprender”, concluyen.

Y agregan “Si todavía seguís dudando en anotarte a Facultad te podemos contar que desde hace unos años la humanidad tiene la posibilidad de espiar cómo funciona el cerebro, gracias a un aparato inmenso y hermoso llamado resonador magnético funcional.” Este aparato permite medir la superficie de la parte externa del cerebro, es decir, la corteza cerebral y comprender cómo se activan determinadas partes frente a estímulos y decisiones.

“[…] en investigaciones previas, los científicos habían observado que la corteza crecía durante la infancia y la adolescencia por lo cual más desarrollo cognitivo correlacionaría con el crecimiento de esta región periférica y fundamental de nuestro cerebro. Sumado a esto, también existen evidencias para pensar que la corteza aumenta de tamaño como resultado de las experiencias que uno puede tener en la vida. En resumen, es bueno tener una corteza más grande.” sostienen Ballarini y Bekinschtein.

Pero ¿hay alguna relación entre el tamaño de la corteza cerebral con el nivel social, económico y educativo de las personas? Ballarini y Bekinschtein mencionan que estudios recientes demuestran que los hijos de padres que no fueron a la universidad tienen la corteza cerebral más pequeña que aquello hijos de padres que sí fueron. Y, mientras que en los sectores más pobres la diferencia de ingresos impacta sobre el tamaño de la corteza cerebral, en los sectores de ingresos más altos la diferencia es prácticamente inexistente.

En síntesis, sostienen Ballarini y Bekinschtein que “[..] las deficiencias económicas y educativas producen un deterioro intelectual por el que seguramente se perpetúe infinitamente la pobreza. Tomar malas decisiones, no tener la capacidad para comprender, no poder razonar correctamente o tener problemas de aprendizaje se asocia con niveles terribles de desigualdad. Acotar esa brecha es brindar la posibilidad de poder crecer”.

¡Hasta la próxima!

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