Vigilar y castigar

Vigilar y castigar

El murmullo de la clase era generalizado. Si bien se trataba de un segundo año de la secundaria “difícil”, ese día estaban particularmente inquietos. 

Un grupito menor, de unos 6 u 8 alumnos y alumnas no lograban contener la risa nerviosa que provoca la sensación de estar superando largamente los límites de la conducta permitida. 

El profesor se percató de la situación y asumió una actitud de encubierta vigilancia con el propósito de descubrir el motivo del barullo. Y lo logró. Un par de niñas motivaban con palabras y gestos a un grupo de varones que -en una verdadera clase de exhibicionismo- practicaban una sesión pública de masturbación.” 

Este relato, si bien no es literal, se aproxima en sustancia a lo sucedido hace unos días en un colegio secundario de nuestra ciudad. Y la consecuencia fue, para ellas una cantidad importante de amonestaciones y ellos quedaron libres en todas las materias del curso. Esto significa que si quieren pasar a tercer año deben rendirlas como si no tuvieran ninguna aprobada. 

¿Se hizo justicia? 

Este hecho abre la posibilidad de analizar y discutir acerca del castigo como modo de sanción en los distintos ámbitos de nuestra sociedad, particularmente en la escuela. 

¿Se trató de una sanción justa? Esa es la pregunta que vamos a tratar de responder. Hay quienes dicen que los directivos de la escuela fueron “blandos” con los alumnos, que si masturbarse en medio de la clase no es motivo suficiente para expulsarlos, ¿Qué deben hacer para merecerse el máximo castigo?. Otros señalan que con esta pena se persigue un fin meramente represivo y que no les da chances a los infractores de redimirse. 

La sociedad impone pautas de conducta consideradas normales. Esas conductas no son naturales, esenciales al ser humano; por lo tanto, se requiere de un disciplinamiento del hombre con el fin de que cumpla con esas pautas sociales. 

Precisamente para vigilar que las conductas de las personas respondan al orden establecido y para castigar a los infractores, es que la sociedad genera una serie de instituciones como la Justicia, la Policía, el ejército y la propia escuela. 

Si existe un orden normativo, existe un orden disciplinario que lo hace posible y en el corazón de todos los sistemas disciplinarios funciona un pequeño mecanismo penal” (Foucoult, Vigilar y Castigar). 

A lo largo de la historia fue cambiando el contenido de las normas y las características de los castigos, pero el sistema -en esencia- fue siempre el mismo. 

Ya San Agustín, a fines del siglo IV confesaba que sus padres lo obligaban a estudiar bajo pena de ser azotado si no lo hacía. Estudiar era el mandato normativo y los azotes el castigo a su incumplimiento. 

Entonces, una falta como la realizada en este colegio sanfrancisqueño en aquellos tiempos, seguramente habría sido merecedora de un castigo corporal del tipo de los que recibía San Agustín si no estudiaba Griego – materia que no le gustaba en absoluto-. 

Ya en el siglo XIX, nos dice JB La Salle que a los “malos alumnos se los debe diferenciar con una hombrera de lana parda y los mismos estarán sometidos a todos los castigos usados en la Escuela, a todos aquellos que se crea necesario introducir e incluso al calabozo sin luz”. 

Afortunadamente estos alumnos no nacieron en el siglo XIX ni fueron a un colegio lasallano porque; en ese caso, el calabozo sin luz hubiera sido su triste destino. 

Ya en una teoría más moderna, se plantea que el objeto de las penas no es la expiación de la infracción; sino prevenir en el futuro las infracciones de la misma especie. 

Por supuesto que en los extremos se encuentran pensamientos en los cuales no se concibe el castigo como un elemento disciplinante. No es difícil imaginarse la caótica sociedad que generaríamos si eliminamos el castigo disciplinario y dejamos las conductas humanas libradas a la sola responsabilidad individual. 

A lo largo de la historia, las sociedades más destacadas combinaron libertad con disciplina. Pensemos sino en las libertades de la República Romana y el férreo orden de sus legiones militares. 

Ahora bien, el castigo, para que cumpla con su función disciplinante, debe guardar proporción con la infracción cometida. Esa proporcionalidad es la base misma del principio de justicia. 

No caben dudas en el caso que nos ocupa que los alumnos tuvieron un comportamiento violatorio del ordenamiento escolar y por tanto, merecían un castigo. 

Expulsar a los estudiantes hubiera significado por parte de la institución escolar desentenderse completamente del origen y las consecuencias de esta conducta; ya que, si bien hoy no se considera la masturbación como un hecho grave, hacerlo en un marco de exhibicionismo puede abrevar algún tipo de problema que merezca la atención de profesionales. 

De modo que la sanción disciplinaria que los obliga a estudiar nuevamente todas las materias para pasar al siguiente curso no los expulsa del sistema y les deja abierta una puerta para reinsertarse en el ámbito escolar al cual pertenecen. Si esta sanción va acompañada por acciones combinadas entre la institución escolar, la familia y tratamiento profesional, es posible que se logre el doble objetivo que debe tener el castigo: a) punir el hecho emitiendo un mensaje disuasivo para que no se repita en el futuro y b) recuperar a quienes fueron sancionados luego de un proceso que los lleve a comprender la magnitud de la falta cometida.

One thought on “Vigilar y castigar

  1. Què tal!Les felicito por el abordaje de la situacion normativa y disciplinaria. Muy escasa hoy dia. Cierto es que el siglo xxi sepultò al xx, pero hay conductas que si no se tratan con rigor desde la escuela, se vuelven elementos criminògenos que, posteriormente conducen a aplicar severas sanciones de tipo penal, ya no con la medida educativa, sino punitiva del ESTADO, en cuanto a añOs de prisiòn.
    Un abrazo

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