Los muros y los nuevos bárbaros

Los muros y los nuevos bárbaros

Desde muy antiguo el hombre ha construido muros. Claramente no son una invención del actual Presidente de los Estados Unidos. En todo caso podríamos adjudicarle su actualización y puesta en discusión. Desde la Muralla China al Muro de Berlín. Desde la famosas murallas de Troya al muro de Adriano, en la actual Inglaterra. La historia está llena de ejemplos.

¿Qué llevo a la humanidad a levantar muros e incluso a amurallar sus ciudades? En todos los casos parece sobresalir una razón: defenderse ¿De quién? En la antigüedad de los “bárbaros”, aquellos que amenazaban el estilo de vida de los “civilizados”. Porque la barbarie y la civilización tampoco es una invención actual.

En Europa, por ejemplo, el terrorismo ha sido uno de los argumentos más esgrimidos para justificar el levantamiento de muros. La crisis de los refugiados ha servido de excusa a países como Hungría – entre otros muchos – para construir verjas en su frontera con Croacia y con Serbia.

Desde la aparición de la aviación y el uso de ésta con fines militares, los muros –pensados generalmente como herramienta para detener el avance de ejércitos -han sido construidos para impedir o dificultar el paso de civiles.

Quizás luego de la caída del Muro de Berlín [que dividió Alemania entre 1961 y 1989], la humanidad se esperanzó en el fin de estas moles de hormigón, metal y alambres. Lejos estamos de ello. Hoy persisten más de 70 muros en todo el mundo, incluso en la frontera norte mexicana; por lo que, más que construir, Trump debería “completar” lo que ya existe.

Hay algunos muros como el que divie a Marruecos del Sahara Occidental en África [llamado “Muro Marroquí”, y que se comenzó a construir en 1980] que está emplazado a lo largo de casi 3 mil kilómetros donde se despliegan radares, muros de arena y piedra, 40 millones de minas explosivas y se encuentra controlado por cerca de 100.000 soldados del ejército marroquí.

En nuestra América latina desde 1959 un muro separa a Guantánamo del resto de Cuba. En pleno 2017, Cuba tiene su propio muro de Berlín. Se trata del perímetro de la Bahía de Guantánamo, en el sur de la isla, que divide el territorio soberano de Cuba con la base naval estadounidense: está circunvalado por antitanques, agentes de las Fuerzas Armadas cubanas, torres de vigilancia, alambradas electrificadas, miles de minas antipersonales y sensores de movimiento.

Así podríamos nombrar a los muros que dividen Arabia Saudita e Irak, Israel y Cisjordania, Corea del Norte y Corea del Sur, India y Pakistán, Ikak y Kuwait. También hacia el interior de algunos Estados como los casos de Irlanda del Norte y Chipre. En la capital de Irlanda del Norte, hay más de 90 tramos de la llamada “línea” que separa los barrios habitados por nacionalistas católicos [que buscan una Irlanda unida] y por los protestantes unionistas [que pretenden seguir formando parte del Reino Unido]. El muro tiene portones que se cierran por la noche o en momentos en que recrudece la tensión entre ambos bandos.  Desde 1964, la isla de Chipre está dividida en dos: los grecochipriotas viven al sur y los turcochipriotas, al norte. Desde la caída del muro de Berlín, Nicosia es la única capital del mundo dividida en dos en toda su extensión por un muro.

La frontera entre Estados Unidos y México se extiende a lo largo de unos 3.200 kilómetros, desde el Atlántico hasta el Pacífico recorre tanto zonas de grandes urbanizaciones como de desiertos inhóspitos. Cerca de un tercio de esa frontera ya posee… un muro cuya construcción se inició… en 1994. Nada nuevo bajo el sol.

El entonces presidente demócrata Bill Clinton, bajo el programa de lucha contra la inmigración ilegal autorizó la construcción de este muro, el que incluye tres barreras de contención, iluminación de muy alta intensidad, detectores de movimiento, sensores electrónicos y equipos con visión nocturna conectados a la policía fronteriza estadounidense, así como vigilancia permanente con camionetas todo terreno y helicópteros artillados.

El muro que existe por tramos en los estados de California, Arizona, Sonora, Nuevo México ya se ha cobrado más de 10.000 vidas desde el inicio de su construcción: son inmigrantes que – tratando de evitar el área de control – intentan cruzar la frontera por zonas peligrosas, como por ejemplo el desierto de Arizona o el Río Bravo.

En el año 2006, bajo el gobierno del presidente republicano George W. Bush se aprueba una propuesta del Congreso para reforzar esta barrera fronteriza entre los dos países. En concreto implicaría – al finalizar las obras – la construcción de un muro fronterizo con 595 km de extensión más 800 kilómetros de barreras para impedir el paso de automóviles. Con estos antecedentes, Trump no viene a decirnos nada nuevo. Salvo que la novedad pase porque, esta vez, pretende que al muro lo paguen los mismos mexicanos.

Lo dispuesto por Trump ha sido calificado como “de imposible cumplimiento e ineficaz” por no pocos especialistas. Los argumentos van desde el costo, pasando por la necesidad de tirar montañas abajo hasta porque hay estudios que indican que los mexicanos lejos de querer entrar a Estados Unidos, salen.

También hay un dato económico que no es menor. Cada día, por los pasos legales, cruzan unos 300.000 vehículos, 15.000 camiones de carga y 1.000.000 de personas que trabajan, estudian, comercian o visitan por turismo el otro lado. El intercambio en la frontera se calcula en 1.000 millones de dólares diarios. ¿Cómo impactaría la decisión de la construcción del muro si el intercambio al que nos referimos se da en los 40 pasos legales? Porque Trump también prometío cancelar visas legales y encarecer el cruce fronterizo.

Los inmigrantes son los nuevos bárbaros. Estados Unidos, como muchas otras naciones a lo largo de la historia, encontró su nuevo chivo expiatorio. Uno donde descargar su frustración y la inoperancia para resolver sus problemas de desocupación, narcotráfico y delito.

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