Malditos sean

Malditos sean

Emanuel Balbo fue arrojado al vacío en una de las populares del Kempes por una turba irracional. A esta altura las razones que desataron tamaña locura no me interesan. No sé si hago bien en no detenerme en ellas, pero la imagen de todos esos hinchas contribuyendo desde la acción o la omisión a que Emanuel finalmente estrellara su cabeza contra los escalones desde tres metros de altura, no deja de perseguirme. Ya agonizando se puede escuchar en uno de los tantos registros en video que siguen pidiendo por “tirarlo afuera al c…do ese”.

En ese instante el Kempes se convirtió en una especie de Coliseo Romano: la “arena” donde decenas de persones dieron su vida por el placer y la diversión. Un dantesco, espantoso y horroso espectáculo con final continuado: el robo de las zapatillas a Emanuel y los dichos de una abogada impresentable que sugirió que Emanuel se había “suicidado”.

En un momento pensé que esta irracionalidad es expresión propia de un deporte donde se ha naturalizado no sólo la violencia, sino también que sus dirigente se enriquezcan a expensas de los propios clubes, que fueron literalmente esquilmados [uno de los significados de esquilma hace referencia a la acción por la cual las plantas chupan de manera excesiva los nutrientes de la tierra, volviéndola infértil]. Sin embargo, alguien me advirtió que mi razonamiento era erróneo. Y me refirió a lo ocurrido en 1985 en Bruselas, la capital de la desarrollada Bélgica y sede de las principales instituciones de gobierno de la Unión Europea.

El 29 de mayo de 1985 era día miércoles. En el estadio de Heysel el Liverpool y la Juventus disputaban la final de la copa Europea. Sin comenzar el partido una turba del Liverpool asalta a los aficionados del Juventus. El caos se desata. Las masas han perdido la razón. Los del Juventus se alejan y se acumulan en el fondo de las gradas aprisionadas por un muro mientras la mayoría del Liverpool los agrede. Mueren 39 personas aplastadas por una mayoría sin ni siquiera haber empezado el partido. Enseguida me vino a la mente la frase de un viejo profesor de derecho constitucional que no dudaba en afirmar que “en las mayorías no siempre radica la razón”. Y, una vez más, me asalta la imagen de Emanuel arrojado al vacío.

Supe leer que para que el mal triunfe hace falta muy poco: alcanza con que los buenos no hagan nada. A Emanuel lo arrojaron al vacío luego de recibir una andanada de patadas y golpes. Los que miran, los que no hacen nada por detener semejante locura, también lo tiraron. Responsables son aquelos capaces de matar a alguien en unas fracciones de minuto, también quienes miran a quienes matan sin decir ni hacer nada.

De inmediato me vino a la memoria la escritora española Rosa Montero cuando escribe que “[…] los cobardes morales ni siquiera se plantean abandonar su zona de ensimismado confort. Estoy convencida de que el porcentaje de individuos de verdad malvados que hay en el mundo es pequeño, quizá muy pequeño, incluso ínfimo. Los auténticos culpables de que la vida pueda ser tan cruel y de que la Tierra se convierta en un valle de lágrimas son los tibios de corazón, porque esos sí que son legión, esos son muchísimos; esos quizá sean, por desgracia, la mayoría de los seres humanos, y son quienes no se enfrentan a los energúmenos [a los bárbaros, a los violentos], quienes no protegen a los indefensos y quienes permiten con su indiferencia que el Mal campe a sus anchas.”

Y continúa diciendo “Son los niños que dejan que un matón torture a un compañero de clase, los padres que prefieren no enterarse, los oficinistas que admiten el acoso a un colega, los vecinos que hacen oídos sordos al ruido de golpes y llantos que se cuela a través de las paredes […]. Toda esa gentuza es la peor. Alfredo Llopico, un amigo con quien hablé de esto, me mandó dos citas maravillosas. Una es del Apocalipsis, en donde Jesús dice: “Conozco tus obras, sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”. Y la otra es de la Divina Comedia, de Dante, en donde, en el ‘Canto III del Infierno’, encontramos que las almas más despreciables son aquellas “que vivieron sin merecer alabanzas ni desaprobación […] que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí”. Siempre hemos sabido que los culpables del horror del mundo son los tibios de corazón. Malditos sean.”

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