¡No me corran por izquierda! (2)

¡No me corran por izquierda! (2)

“En la Argentina no fueron las multitudes indignadas en las calles las que clamaron por el retorno de la democracia. Menos lo hicieron los poderes locales, desde los diarios y las empresas, desde las iglesias a las organizaciones profesionales […] La reconstrucción democrática no fue obra de maestros artesanos  probados en el arte de componer. La nueva edificación, lejos de ser un lugar donde se pudo vivir con libertad y comodidad, permaneció habitada por los viejos fantasmas”
(Norma Morandini)

“El ideologismo habitúa a la gente a no pensar; es el opio de la mente; pero es también una máquina de guerra para agredir y “silenciar” el pensamiento ajeno. Y con el crecimiento de la comunicación de masas también ha aumentado el bombardeo de los epítetos: una guerra de palabras entre “nombres nobles”, nombres apreciativos que el ideólogo se atribuye a sí mismo, y “nombres innobles”, descalificatorios y peyorativos, que el ideólogo endosa a sus adversarios. Lo malo es que para el ideólogo el epíteto exime del razonamiento y lo sustituye. La descalificación ideológica no necesita de explicación ni motivación”.
(Giovanni Sartori)

En mi columna anterior intentamos resumir, quizás demasiado esquemáticamente y con el riesgo de arbitrariedades y olvidos,  los avatares de nuestra democracia en la inteligencia de que si hoy estamos como estamos es porque tenemos detrás nuestro ese pasado del que es necesario tomar conciencia si realmente queremos vivir plenamente en democracia. En esta América en la que el realismo mágico impera no sólo en la literatura, muchos creen que basta que haya elecciones para que el resultado sea un gobierno democrático. Aquellas son una condición necesaria  pero no hacen de la democracia una realidad. Es el modo de administrar los conflictos sociales de todo tipo lo que posibilita que las potencialidades que da la legitimidad de origen  la transformen en una democracia real y concreta.

El conflicto no debe ser considerado una anomalía dentro del sistema democrático porque éste es lo opuesto al pensamiento único, propio de los regímenes autoritarios que intentan someten la parte al todo e imponen el pensamiento uniforme. El pluralismo ideológico -antípoda del dogmatismo irracional- dinamiza y enriquece a las sociedades que lo practican, pero para que el sistema funcione es necesario que veamos al “otro”, al que no piensa como nosotros, como un adversario y no como enemigo y que aceptemos arbitrar los conflictos a través del diálogo, que escapemos de  la lógica de “suma cero”, que actuemos únicamente dentro de la ley, sin intentar hacernos justicia por nuestras propias manos o, dicho de otra manera, tratando de imponer nuestros propios criterios usando vías de hecho. . O, como también enseñaba Sartori, “La génesis ideal de las democracias liberales está en el principio de que la diferenciación y no la uniformidad constituye la levadura y el alimento más vital para la convivencia”.

El régimen democrático presupone el sometimiento de todos a la ley, que aceptemos que nadie está por encima de ella o exento de cumplirla, incluido el propio Estado.

Nuestra praxis cotidiana nos muestra que aún estamos lejos de esos parámetros pues parte de nuestra sociedad no ha dejado atrás su fundamentalismo setentista, no acepta el diálogo como la vía natural de solución de conflictos y actúa conforme a esquemas ideológicos autoritarios que aceptan el uso de la fuerza como modo de imponer sus creencias u ocurrencias a los demás.

Recientemente han ocurrido episodios que muestran la vigencia de las secuelas que dejaron sobre nuestra praxis democrática las experiencias totalitarias que glosamos en nuestra anterior columna. Una de ellos fue la toma de más de tres docenas de colegios de la Capital Federal para impedir que avance una reforma educativa con la que algunos sectores del alumnado no estaban de acuerdo.

Pienso que como parte de la comunidad educativa y por ser, en definitiva, a quienes se intenta beneficiar con aquella proyectada reforma, pueden los alumnos, a través de sus centros de estudiantes, opinar al respecto. Hasta donde se sabe, en  ninguno de los colegios las decisiones de ocuparlos e impedir el dictado de clases fue precedido por una discusión formal sobre la reforma en sí misma, o sea que no se sabe a ciencia cierta qué opina sobre ella la mayoría del alumnado. La ocupación, con la consiguiente discontinuidad de la actividad educativa, fue decidida en asambleas irregularmente convocadas y posteriormente se decidió de igual modo su continuidad  a pesar de la postura dialoguista de las autoridades educativas.

Tanto la actitud de los alumnos –que se dice fueron instrumentados por el cristinismo-, como la de los padres que los apoyaron, está determinada ideológicamente por los “viejos fantasmas” a los que aludía Norma Morandini, por la ideología que movilizó las rebeldías extremas de los años setenta que continúa inspirando la praxis contestataria y violenta de muchos reclamos de nuestra época. Se la defiende con el eslogan mentiroso de “que no se debe criminalizar la protesta social”.

Lo que se critica y es necesario desterrar, no es la protesta social como forma de disenso sino el uso de métodos violentos e intimidatorios que se pretende que forman parte inescindible de tales reclamos. En un país altamente sensibilizado por pasadas actuaciones represivas del Estado, ideológicamente se busca con tales cursos de acción provocar respuestas que generen víctimas personales entre los reclamantes a fin de deslegitimar un gobierno al que se quiere identificar con la dictadura militar. Los ideólogos que inspiraron a aquellos chicos esperaron una acción represiva del Estado que intentase desalojar por la fuerza las escuelas, generando la posibilidad de otra “Noche de los lápices” de baja intensidad.

Algunos padres intentaron irresponsablemente legitimar el accionar violento de sus hijos asimilándolo  a las luchas estudiantiles durante la Reforma Universitaria de 1918, a pesar del abismo contextual entre uno y otro episodio. Aquellas reivindicaciones reformistas de un siglo atrás pretendían la renovación de las estructuras y objetivos de las universidades de entonces, de clima medioeval por elitista y clerical, que se negaban a toda posibilidad de cambio. Los estudiantes reclamaban, sin lograr ser escuchados, la implementación de nuevas metodologías de estudio y enseñanza, imponer el razonamiento científico frente al dogmatismo, que se aceptase la libre expresión del pensamiento, el compromiso con la realidad social y la participación del claustro estudiantil en el gobierno universitario. El contexto en que se desenvuelve hoy la escuela pública es manifiestamente diferente y los cursos de acción decididos por algunos grupos de estudiantes secundarios encontraron como respuesta estatal una franca convocatoria al diálogo, una vocación de escuchar las razones que pudieran invocar los alumnos en contra del proyecto y un ofrecimiento de explicar los objetivos y características del cambio buscado. La toma de los establecimientos y la paralización de la actividad educativa que fue su consecuencia, carecen de toda relación lógica con los fines invocados para concretarlos: la eliminación de las prácticas laborales educativas a implementarse dentro de 4 años. Los roles se han trastocado, los intransigentes y autoritarios son los estudiantes, el que es asume una actitud dialoguista es el Estado.

Fue aquella decisión estudiantil una expresión del ideologismo que aun motoriza a sectores de nuestra sociedad, el que -parafraseando a Carlos Nino cuando reflexionaba sobre la anomia-  podemos calificar de “bobo” porque lo actuado va directamente en contra de los intereses que supuestamente se querían defender.

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