R.A.M.

R.A.M.

Comprender la historia humana en los milenios que siguieron a la revolución agrícola se resume en una única pregunta: ¿cómo consiguieron los humanos organizarse en redes de cooperación masivas cuando carecían de  instintos biológicos para mantener dichas redes? La respuesta, a grandes rasgos, es que los humanos crearon órdenes imaginarios y diseñaron escrituras. Estos dos inventos llenaron las lagunas que había dejado nuestra herencia biológica”
(Yuval Noah Harari //  DE ANIMALES A DIOSES. Breve historia de la humanidad)

Hay cosas que no puedo ocultar como mi afiliación política e ideológica. Nosotros validamos la violencia política como arma de autodefensa. Planteamos la liberación mapuche como la reconstrucción de nuestro mundo. Somos como un brazo armado de un movimiento mapuche: usamos molotov, cuchillos, palos. Más de eso, no podemos”
(Francisco Facundo Jones Huala, declaraciones a TN, 07.08.17)

Yuval Noah Harari, profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, explica  la superioridad histórica de la especie homo sapiens no sólo respecto de  otras especies homo  sino también del resto del mundo animal por lo que él denomina la revolución cognitiva, ocurrida en algún momento entre 70.000 y 30.000 años a.C., fruto de una mutación aleatoria de su ADN que le permitió conquistar el mundo. La revolución habría consistido en la adquisición de la capacidad de trasmitir  información  sobre entidades que nunca han existido como tales, o dicho de otra manera “hasta donde sabemos-dice Harari-, solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, tocado ni olido. Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva […] la ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente. Podemos urdir mitos comunes tales como la historia bíblica de la creación, los mitos del tiempo del sueño de los aborígenes australianos y los mitos nacionalistas de los estados modernos. Dichos mitos confirieron a los sapiens la capacidad sin precedente de cooperar flexiblemente en gran número […] Los sapiens pueden cooperar de maneras extremadamente flexibles con un número incontable de extraños”. Esa capacidad cognitiva es la que permite la formación de grupos que actúan de común acuerdo formado por millones de personas que cooperan entre sí sólo porque todos creen en cosas que sólo existen en la imaginación colectiva. “No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”  afirma Harari, esas cosas existen porque hay grupos que creen en ellas, no tienen existencia real fuera de esa creencia colectiva. Sin esas creencias compartidas colectivamente, concluye, es imposible el accionar colectivo de grupos de más un par de docenas de integrantes. Sin ellas volveríamos al estadio de los cazadores-recolectores anterior a la revolución agrícola (8000 a.C.), o sea que desaparecería  nuestra civilización por inviable, no sólo la occidental y cristiana sino también las del resto del mundo. Retrocederíamos a lo que era el mundo hace 12 o 15.000 años atrás. En lugar de ser el hogar de 7.500 millones de personas desaparecería más del 90% de la población actual por desaparecer la posibilidad de la actividad compartida que hace sustentable tal convivencia.

Argentina existe como un país soberano que asume la forma de gobierno republicana, representativa y federal porque tanto los argentinos como el resto del mundo con el que estamos relacionados comparten la creencia de que la misma existe en realidad, lo que -prueba de que aquel aserto es verdad-, no ocurre lo mismo con nuestra creencia en una Antártida Argentina, en la que creemos sólo nosotros y así lo enseñamos en nuestras escuelas. Como compartimos la creencia en nuestra existencia como país, nos comportamos como si ella fuera un hecho que existe en el mundo, independientemente de nuestra creencia. La característica de  esa creencia intersubjetiva de la existencia real, objetiva, de  nuestro país, es que ella es igualmente compartida por otras comunidades distintas a la nuestra, respecto de las que, recíprocamente, nosotros creemos en la realidad material de esas otras.

Se trata de creencias complejas, tal como lo son otras creencias, religiosas o no. Además de  creer en la existencia real de la Argentina, creemos también en todo el combo, o sea que somos una república  federal y democrática, regida por leyes a  las que debemos acatamiento, todos, sin excepción alguna. La subsistencia de ése orden imaginado que hemos creado depende de que todos actúen conforme se espera de ellos. Sin esa creencia  compartida y aceptada no hay Patria, igualdad ante la ley, seguridad, derechos humanos, libertad de circular o de publicar ideas por la prensa. No hay tampoco Estado que pueda arbitrar en nuestras disidencias cuando estas no puedan ser zanjadas a través del diálogo. Tal creencia se plasma, fundamentalmente, en el dictado nuestra Constitución “para la Nación Argentina”  con la que pretendemos “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad” por lo que, consecuentemente, su Art. 31  declara enfáticamente  que ella “es la Ley suprema de la Nación”, el Art. 22 dispone “Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione en nombre de éste, comete delito de sedición” y el Art. 119 precisa que el delito de traición “es tomar las armas contra la Nación o unirse a sus enemigos prestándole ayuda y socorro”.    

Este largo introito es para poner en blanco sobre negro el peligro y gravedad de actividades como las desplegadas en el sur la autodenominada Resistencia Ancestral Mapuche (R.A.M.) pues ataca el consenso básico sobre el que se  sustenta  la  creencia de que somos un país real. La ideología confesada por su líder -hoy detenido a la espera que se resuelva su extradición a Chile- supone que es legítimo utilizar la violencia como arma de autodefensa. Pretenden, bajo la invocación de la  “Liberación mapuche”, la reconstrucción de lo que era el mundo prehispánico de ésa comunidad étnica mediante la creación de un territorio  mapuche independiente: “ni argentinos ni chilenos, somos Nación Mapuche. Todo el Territorio Libre y Recuperado para todo Nuestro Pueblo.  Los integrantes del R.A.M. se autocalifican de brazo armado de un movimiento mapuche y usan, según confiesan, molotov, cuchillos y palos. Hasta donde se sabe, no representan el pensamiento y deseos de la totalidad   de la comunidad mapuche.

Los setentistas, parafraseando a Carlos Strasser, están convencidos de su verdad política y su superioridad moral. En ellos política y moral están fusionadas y se sienten autorizados a condenar, sospechar, despreciar e  insultar a cualquiera  que  esté en oposición con sus ideas o propósitos. Se  consideran facultados para apartarse de las reglas aceptadas pues para qué tener contemplaciones con el otro si éste no las merece y, además, uno está en lo justo y lo cierto. Tenerlas, siendo que la suya es la causa nacional y popular  y  siendo que  los otros se identifican con la oligarquía y los cipayos, sería ingenuo o estúpido. Son binarios, creen que el  mundo se divide en amigos y enemigos y que ellos y sus amigos son los buenos. Que las leyes, en suma, son lo de  menos pues lo que importa es que se  haga justicia, que es precisamente lo que ellos piensan hacer.

Como se advierte de su pensamiento y praxis, hay mucho de  setentismo  trasnochado en la R.A.M., descontextualizados siguen creyendo en la lucha armada como método imprescindible y excluyente para lograr sus objetivos políticos. Son patrullas perdidas en el tiempo, mesiánicos que ignoran que la guerra fría terminó y pretenden reeditar experiencias fracasadas del pasado (Uturuncos – 1959, o el Ejército Revolucionario del Pueblo, dirigido por Jorge Masseti-1963), desconociendo que ellas eran entonces –con mayor razón ahora- objetivamente inviables. Así y todo, fueron el “huevo de la serpiente”.

Hoy la R.A.M. es un problema policial que debe ser resuelto en el marco de la ley. Esperemos que no dejen que se transforme en un problema político.

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