En el futuro no habrá poesía

En el futuro no habrá poesía

“Nadie con paso más firme // habrá pisado la tierra, // nadie habrá habido como él //  en el amor y en la guerra. // Sobre la huerta y el patio // las torres de Balvanera, // y aquella muerte casual, //en una esquina cualquiera”. 

(Milonga para do n Jacinto Chiclana. J. L. Borges)

Cuando desde un lejano futuro nuestros choznos intenten reconstruir  éstos nuestros días, casi seguro les llamará la atención  el modo sentencioso y solemne de  hablar de algunos de nuestros contemporáneos: “No pongo las manos en el fuego por nadie”, “Los trapos se lavan adentro”, “A los compañeros nunca se los deja solos” o “Julio tiene mucho para contar”. Éstos se  les aparecerán como fantasmas borrosos de un pasado del que sólo conocerán  retazos, quizás más imaginados que conocidos. Ya no serán de hechos sucedidos en un imaginado barrio de Buenos Aires desde donde les lleguen aquellos dichos, pero si será posible -otra vez, pero en otro lugar-  que en ése entonces alguien deje caer nuevamente un nombre que por alguna razón le parecerá a aquel imaginado retoño que el mismo lo estaba buscando… Claro que  no se conformará como el poeta sólo con imaginar a los personajes evocados sino que, al quedar datos ciertos de sus andanzas para saber “de qué laya era aquel hombre” se perderá la poesía pero quedará la historia.

Con seguridad le llamará también la atención la actualidad que readquirió en nuestros tiempos en el ámbito político el lenguaje coloquial, medio lunfardo y parcialmente carcelario o tumbero, reactualizándose el uso de algunos términos ya olvidados como buchón, alcahuete, batidor,  botón, ortiva, soplón o chivato, como también la puesta en valor -en esos mismos ámbitos- de códigos de conducta impuestos en otras culturas -napolitana, calabresa o siciliana- en las que ciertos colectivos muy influyentes  consideraban “hombres de honor”  a aquellos que respetaban a raja tabla la prohibición de hablar con terceros de lo que ocurría dentro de esos colectivos sociales. Ésos códigos, como todos los que se precien de tales, preveían que los desvíos de sus normas, como la que establece “la omertá”,  no se perdonan nunca. Esa regla, conforme enseñan los manuales que recogen tales prácticas ancestrales, implica  “la prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales”  y justifican la “vendetta” contra el traidor y, en caso de dudas interpretativas, en esas comunidades  culturales se consideraba lícito recurrir a la praxis de la “Cosa Nostra”, la “Ndranguetta” o la “Camorra” para saber qué hacer en tales circunstancias,  tal como lo hacen los ingleses con la praxis jurisprudencial en su país para interpretar las normas del “Common Law”. También comprobará que los Jacinto Chiclana, Nicolás Paredes, Manuel Flores  o Alejo Albornoz que caracterizaron  a la Balvanera borgiana, fueron reemplazados en  nuestra época por  hombres de otra laya, Luis D´Elía, Guillermo Moreno o  Martín Sabbatella.

Las acotaciones precedentes tienden a desentrañar cómo imaginarán quienes vivan en el aquel futuro que no veremos, las decisiones recientemente tomadas por Alejandro Vandenbroele, -coacusado con Amado Boudou, alias “Aimé”- y Núñez Carmona, alias “Nariga” en la causa “Ciccone” -que actualmente cursa la vista de la causa previa al dictado de la sentencia- quien además es coimputado con los mismos en otra en la se investigan delitos de asociación ilícita, enriquecimiento  y lavado de dinero, en la que pidió ser incluido en el régimen de testigos protegidos e imputados arrepentidos y “se deschavó”.

La revolución informática diluyó las posibilidades de  reconstruir el pasado  a través de la épica y la poesía y quedará poco espacio para la imaginación y repetir con su ayuda el camino de  Borges -que eligió ver a Chiclana “alto y cabal, con el alma comedida, capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida”  o a Paredes de “Lacia y dura la melena // y aquel empaque de toro; // la chalina sobre el hombro // y el rumboso anillo de oro”. Los hechos que evocarán nuestros nombres al evocarlos ya no despertarán ni admiración ni envidia.

Unos dicen que aquel se arrepintió por estar avergonzado por lo que conoció de él su hija, otros, que lo que busca es salir del callejón en el que está metido lo mejor librado posible. “Arrepentirse es pesarle a uno haber hecho dejado de hacer alguna cosa”. Una segunda entrada señala que es “Cambiar de opinión o no ser consecuente con un compromiso”. Las definiciones de la Academia no apuntan al motivo de aquél pesar, que quizás se origine en el hecho de que no había imaginado las consecuencias que ahora tiene que afrontar, sólo, de  pié ante el paredón y no porque le remuerda la conciencia. Si el cambio de opinión fue por reconstruir su imagen ante su hija es algo privado de él y nunca lo sabremos con certeza. Lo que queda para la historia es que tomó el camino más fácil que se le ofrecía para enriquecerse porque, equivocadamente,  pensó que nunca lo iban a descubrir y  “ahora” se arrepiente no porque le hayan aparecido nuevos escrúpulos, sino porque el curso de las investigaciones que lo involucran en aquellos delitos lo pueden llevar a envejecer tras las rejas y eso lo coloca ante una realidad distinta a la imaginada. La lealtad para con quienes fueron sus compañeros de ruta y le propusieron enriquecerse fácil y rápidamente, ya lo le sirve pues ellos no lo van a salvar de su destino tal como se están repartiendo las cartas. Por eso opta por el sálvese quien pueda, hace mutis por el foro o -como otros dicen- adopta la filosofía  que propicia que “el que venga detrás de mí, que arree”.  En suma, piensa en su solo beneficio y no sólo se desentiende de las secuelas que por esa decisión puedan sufrir los demás sino que actúa sabiendo que la extensión de su propio beneficio depende de la magnitud del perjuicio que ocasione a los demás.

Para entender  el por qué ahora, debe advertirse que los beneficios de la ley del arrepentido son para quien aporta datos y pruebas antes no conocidos. El primero  es quien se lleva el premio y además la puerta se cierra con la elevación de la causa a juicio. Los delitos que se investigan son graves, principalmente el de asociación ilícita pues tiene una pena de 3 a 10 años. Además, aunque en la causa en la que se arrepiente tiene tiempo para hacerlo, concretarlo ahora quizás extienda indirectamente los beneficios a la otra causa en curso pues, aun sin lograr el estatus legal de arrepentido en ella, es posible que pueda beneficiarse con una menor pena que la que se le aplique a los demás dado el grado de discrecionalidad que tienen los jueces para individualizar la pena que corresponde aplicar si su colaboración les ahorra trabajo probatorio.

Esa decisión parece ser un tiro bajo la línea de flotación para Boudou y Núñez Carmona en las causas que comparten con Vandenbroele y abre la posibilidad de individualizar e investigar  a quienes, con su aporte financiero, funcional o técnico, facilitaron el accionar de la asociación ilícita, el enriquecimiento del ex vicepresidente, el blanqueo de capitales y  la compra de Ciccone.

Para el resto del universo “K” bajo sospecha o investigación por corrupción, después del éste arrepentimiento y de los bolsos revoleados por “Josesito” López,  será evidente que no podrán hablar ya de persecución política y en el imaginario que intentan crear para justificarse deberán intentar otras explicaciones.

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