Una vez más sobre la grieta

Una vez más sobre la grieta

En uno de los capítulos más interesantes de “DE ANIMALES A DIOSES”  Yuval Noah Harari, –El descubrimiento de la ignorancia”-  reflexiona sobre ¿Por qué los humanos modernos desarrollaron una creencia creciente en su capacidad para obtener nuevos poderes mediante la investigación? señalando que el cambio en la búsqueda de la comprensión del universo se sustenta, entre otras razones, en “La disposición  admitir ignorancia” o, dicho de otra manera, en la capacidad de aceptar que no conocemos todo y que puede demostrarse -a medida que ampliamos nuestros conocimientos- que las cosas que admitimos como son ciertas en realidad pueden ser erróneas. Para gran parte los humanos modernos  ningún concepto, idea o teoría son sagrados e inmutables ni se hayan libres de ser puestos en entredicho. Ésa actitud mental puso en marcha la revolución científica habida en los últimos cinco siglos a partir del hecho de admitir que no tenemos todas las repuestas a las preguntas más importantes. Las tradiciones pre-modernas  afirmaban que lo que era importante saber ya era conocido, porque lo habían comunicado los grandes dioses o un solo Dios todopoderoso o dicho los sabios del pasado que,  suponían, tenían una sabiduría que lo abarcaba todo. En ese entonces era inconcebible que la los textos sagrados se equivocaran al esclarecer un secreto del universo y que el error pudiera ser descubierto por el cerebro de criaturas de carne y hueso. Todo  lo que tenía que hacer el individuo para ser sabio era profundizar aquellas enseñanzas pues el conocimiento se sustentaba en el principio de autoridad de las fuentes. La edad de oro estaba en el pasado y era imposible que el ingenio humano resolviera los problemas fundamentales del mundo: el hambre, la enfermedad, la pobreza y la guerra, pues no lo hicieron en sus tiempos Jesús, Mahoma, Buda o Confucio. Cuando los  sapiens dejaron de creer en dios algunos  fundaron religiones laicas como el nazismo y el marxismo -en  sus distintas versiones- e intentaron sustituir el teísmo tradicional, afirmando a su vez que lo que las suyas son verdades absolutas e inmutables, viéndose también a sí mismos como apóstoles llamados a difundir la buena nueva entre los infieles que no conocen o aceptan sus verdades. Como los monoteístas -una vez en el poder- suelen ser intransigentes e intolerantes. Tienen una visión maniquea de la realidad política en la que asignan a los otros el rol de ser el origen de todos los males que aquejan a la sociedad en la que viven. Asumen que, como portadores del mensaje salvífico, no sólo pueden sino que deben modificar la realidad que ven como indeseable, a como dé lugar, como una avanzada que liderará un cambio históricamente inevitable.

Lo que es inevitable son los conflictos internos en el seno de una sociedad plural. Es más, son ellos los que tipifican las sociedades democráticas junto con el método a utilizar para zanjar esas diferencias, que no es otro que el diálogo político abierto en busca de coincidencias mínimas alrededor de las cuales se pueda articular una armonización de las opiniones. El método implica que para que dichos diálogos fructifiquen en soluciones útiles para la mayoría deben excluirse las propuestas que supongan  resultados de “suma cero” y que, en ésa tarea, deben abandonarse los fundamentalismos, dejar de ver en el otro a un enemigo y aceptar que el hecho de pensar distinto no lo convierte en tal. Es precondición del diálogo que exista una base mínima de valores compartidos sin los cuales no hay acuerdo posible.

Se advierte que, en tanto y en cuanto algunos de los sectores que piensan distinto siga creyendo que las suyas son verdades definitivas, inmutables e innegociables, la grieta, inevitablemente, subsistirá. No se requiere que desaparezcan las diferencias, que la sociedad plural se transforme en monocolor e integrista de modo que excluya la posibilidad del disenso, sino admitir que las diferencias  se zanjen aplicando métodos democráticos.

El quiebre actual no es nuevo en Argentina, recorre nuestra historia. Toda. No comenzó con el kirchnerismo. La pugna entre  Buenos Aires y el interior signó el curso de los primeros gobiernos patrios. La continuaron unitarios y federales y mientras el conflicto no se zanjó, Argentina no existió como una unidad pues fue recién después de Caseros y del dictado de la Constitución de 1853  que dejamos de ser una confederación de Estados para asumirnos como un país federal. La puja se renovó durante las Presidencias de  Mitre y Sarmiento, en las que el ejército fue la herramienta para terminar con las rebeldías del interior contra una Buenos Aires, que nunca aceptó ser sólo una más entre provincias iguales. La tortilla se le dio vuelta a los porteños con  el acuerdo de gobernadores del interior  que, apoyados por el ejército liderado por Roca, desbarataron el acuerdo entre Avellaneda y el mitrismo. Más adelante en el tiempo, con la creación del  radicalismo  -que en sus orígenes fue tan movimientista como luego lo fue el peronismo-  se generó una nueva brecha que partió la sociedad al verse a sí mismo como “la causa” en contra del “régimen falaz y descreído”,  identificándose con el Pueblo y la Patria. Contubernio era el epíteto descalificador de todo acuerdo. La brecha se profundizó con el golpe de 1930 pues los nuevos gobernantes no sólo derrocaron a Yrigoyen sino que, además, excluyeron de la vida pública a sus seguidores. Después del siguiente golpe (1943) el nacimiento una nueva fuerza política volvió a dividirnos entre peronistas y antiperonistas, repitiendo los recién llegados la autopercepción radical, pero con caracteres autoritarios mucho más acusados. Esos sectores irreconciliables persistieron enconados en  sus posiciones durante los dos primeros gobiernos peronistas (1946/1955) y, derrocado Perón en 1955 éste y sus seguidores sufrieron el ostracismo y la persecución política hasta marzo/1973, año en que Cámpora fue elegido Presidente. Para entonces soplaban  nuevos vientos en una época signada por la guerra fría, el enfrentamiento global entre EEUU y la URSS por el dominio político, militar y económico del mundo. En toda América Latina -Argentina incluida- un factor adicional explica junto con aquel  contexto mundial, las derivas políticas operadas en los que vieron en la triunfante Revolución Cubana el camino a seguir y la prueba de que era posible que pequeños grupos armados e ideológicamente decididos tomasen el poder e instaurasen el socialismo. Fidel y el Che fueron los inspiradores de estos nuevos grupos fundamentalistas que, a su vez, son los que aún inspiran a los nostálgicos de los 70 que hoy militan de un  lado de esa grieta que nos divide.

De ahí que, para que superar el enfrentamiento visceral que  caracteriza la grieta, quienes la generan deben cambiar de actitud. ¿Es posible? Claro que sí.  La mayoría ha desistido de sus posturas maximalistas históricas o las han morigerado aceptando convivir políticamente conforme reglas democráticas. Otros, que nunca tuvieron esas filiaciones políticas, creen también en el pluralismo político. Depende del resto que decida sumarse al sistema, aceptándose a sí mismos como una parte del todo. A partir de allí pueden sostener  cualquier idea y proponerla a los demás, pero deben abandonar el convencimiento  de que, por creer en lo que creen, están habilitados a imponerlas al resto y hacer su justicia por su cuenta. El puente de plata para el cambio de actitud, creo, no puede ni debe implicar hacer la vista gorda frente a la corrupción sistémica que imperó durante los primeros años de éste siglo   ni menos aún tolerarla de aquí en adelante.

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