¿Dos locos?

¿Dos locos?

“G. F. Kenan ha impugnado las mezclas de legalismo y moralismo –en las palabras- y de impulsividad y agresividad –en los hechos- que caracterizan a la diplomacia estadounidense en los últimos cien años y, más concretamente, durante la guerra contra España y a través de los años que precedieron a la Segunda Guerra  Mundial”

(ARON, Raymond –  LA REPÚBLICA IMPERIAL)

“Valiéndose de sus recursos y de sus luces, aquellos europeos no han tardado en apropiarse de la mayoría de las ventajas que la posesión del suelo podía proporcionar a los indígenas; se han establecido entre éstos, se han apoderado de sus tierras o se las han comprado a precios envilecidos, y los han arruinado mediante una competencia que los indios no podían, en forma alguna, sostener. Así aislados en su propio país, los indios han pasado a formar minúsculas colonias de extranjeros incómodos, en medio de un pueblo poderoso y dominante” .

(Alexis de Tocqueville // LA DEMOCRACIA EN AMERICA)

Observando una fotografía del momento en que anunciaba, orbi et urbi, que EE.UU. reconocía a Jerusalén como capital del Estado de Israel, me detuve a analizar lo que reflejaba ésa imagen. Parafraseando a don Francisco de Quevedo y Villegas, no pude menos que pensar “Érase un hombre de una idiotez superlativa…”. Al redactar estas líneas -que serán inhabitualmente extensas por la complejidad del tema- advierto que me quedé corto, pues a dicha idiotez suprema se suma su egocentrismo autocomplaciente, que exhibe impúdica y desafiantemente. Me refiero, claro está, al  45° presidente norteamericano Donald Trump, que en el curso del primer año de su mandato ha excedido con creces las expectativas negativas referidas a su  desempeño.

Caprichoso e irascible, toma decisiones en base a reacciones temperamentales, personales e inconsultas como si el hecho de ocupar el Salón Oval de la Casa Blanca lo hubiese transformado en una especie de Júpiter Tonante provisto, además, de ciencia infusa que le permite saber todo lo necesario para actuar correctamente.

No sólo carece de  nociones  elementales de cuáles son las exigencias del cargo que ocupa, del porqué de determinadas políticas de estado que ha mantenido invariables su país a lo largo de décadas, de los condicionamientos que impone la globalización actual de los intereses que pugnan por imponerse o articularse sino que -además de no tener conciencia de su ignorancia, lo que la agrava-, está convencido de que el mundo se maneja como los negocios inmobiliarios con los que hizo su fortuna.

La crisis que se cocina actualmente en Medio Oriente alrededor del enfrentamiento iraní-saudí puede no ser nada comparada con las consecuencias de la que Trump está provocando en el Extremo Oriente pues él, lisa y llanamente, no entiende lo que está pasando allí ni que EE.UU ya perdió la partida: Le guste o no, Corea del Norte es ya una potencia misilística y nuclear y eso es una realidad políticamente i-rre-ver-si-ble. Sus gritos, amenazas verbales o exhibiciones de poderío militar, sumados a los intentos de ridiculizar a Kim Jon Un y al régimen que encabeza, no pueden modificarla.

Que el  nombrado tenga una figura de muñequito de torta, gordito, retaco, con cabeza de huevo, ojos chiquititos y porte una cara inexpresiva, no cambia esa realidad. No se trata de elogiar o justificar al déspota coreano, sino simplemente constatar un hecho mirando la realidad sin anteojeras ideológicas. El régimen coreano ha heredado de la nomenclatura soviética la opacidad de lo que ocurre en su seno, lo que impide reconstruir con total certeza el perfil de sus dirigentes.

Para entender la política norcoreana nuestra  mirada debe ir más allá del allí y ahora. Requiere contextualizar históricamente los hechos para discernir por qué ocurre lo que ocurre.

Contextualizando histórica y geográficamente el conflicto y mirándolo desde el punto de vista coreano, puede resumirse así: Al final de la segunda guerra mundial EE.UU dominaba militar y económicamente el Pacífico como consecuencia de su accionar a lo largo de los siglos XIX y XX, durante los que  avanzó sin cesar hacia el oeste: La guerra con Méjico (1846/48) le permitió hacerse con California, Texas,  Nevada, Utah y Nuevo Méjico, transformando aquellas 13 colonias arracimadas sobre el Atlántico en un país de escala continental. En 1867, compra Alaska a los rusos y en 1898, la guerra con España y un pago de U$S 20 millones le permitió apoderarse de las Filipinas -que fue su colonia hasta 1946-,  aniquilando luego  a sangre y fuego la resistencia de la población nativa a la ocupación colonial americana. Como secuela de esa guerra, España también cedió a EE.UU la isla de Guam y en ese mismo año éstos se anexaron Hawái, hasta entonces independiente. Las islas Marianas terminaron en  manos americanas como resultado de la segunda de las guerras mundiales y hoy son un estado libre asociado, como Puerto Rico. En 1900, junto con las potencias europeas había intervenido militarmente en China durante la rebelión de los boxers.

Después de 1945, iniciada ya la guerra fría, EE.UU ocupaba Japón, mitad de Corea y apoyaba la resistencia del régimen de  Chiang Kai-Shek, que desde Taipéi resistía al gobierno comunista de Mao. El Pacífico -Pearl Harbor mediante- era casi un lago americano  y en sus límites constituyó la SEATO -junto con Australia, Inglaterra, Francia. Paquistán, Nueva Zelanda, Filipinas y Tailandia- formando un anillo defensivo destinado a cerrarle el paso a la influencia de la URSS en esa zona.

La República Imperial –como correctamente la denominó Raymond Aron al reflexionar sobre la Unión Americana- después de la segunda guerra intervino militarmente en los años 1959/1975 en la ex Indochina Francesa, combatiendo ferozmente en Vietnam, Laos y Camboya; en 2001 invadió Afganistán y en 2003,  Irak, en donde derrocó, juzgó y condenó a muerte al nombrado y casi lo transforma  en un país fallido. En 2011 colaboró militarmente con la insurrección libia contra Muamar  el Gadafi y en su derrocamiento y  muerte, dejando el país en manos de bandas tribales contrapuestas que lo transformaron en tierra de nadie.

En cada uno de ésos episodios, que no agotan la serie de actos semejantes, los gobernantes americanos dieron sus razones específicas para justificar el modo en que actuaron, que no tomamos en cuenta por las razones que se consignan en la cita inicial y porque, miradas globalmente, sus acciones explicitan claramente  cuál es la política internacional permanente americana.

A tal zaga intervencionista debe sumarse el hecho de que actualmente la administración Trump procura desactivar el acuerdo con Irán relacionado con la desmilitarización de su desarrollo nuclear  -firmado durante la administración de Obama-, manteniendo -contra lo pactado- vigentes las sanciones contra el gobierno de Teherán, demostrando así el poco valor que tienen los acuerdos firmados con Washington.

Respecto del otro lado de la relación, digamos que la división actual de Corea en dos se origina en que los rusos -cumpliendo los acuerdos de Yalta (febrero/45)- invadieron la península y que los americanos -sin una opción mejor- les propusieron dividirla por el paralelo 38. Terminada la guerra, después de tres años de tratativas sin lograr su reunificación, éstos últimos apoyaron a Syngman Rhee como gobernante y crearon un país independiente en el sur, con el que formalizaron una alianza estratégica. En 1950, apoyado por Stalin, Kim Il Sun -abuelo del actual mandatario de Corea del  Norte- invadió el sur de la península y los americanos intervinieron en el conflicto habilitados por la ONU. El mismo terminó en 1953 por un armisticio -formalmente nunca hubo un tratado de paz-, el que fue firmado porque -conforme la opinión del general MacArthur- para ganar esa guerra había que ir más allá de las fronteras coreanas con el riesgo cierto de involucrar directamente a los valedores de Corea del Norte y de reeditar otro conflicto global. Desde entonces el ejército americano vela las armas en el sur del país.

Con la silente colaboración de  Ucrania -que después del colapso de la URSS le proporcionó motores para impulsar su cohetería- y de Paquistán -que la dotó de la tecnología necesaria para producir y controlar un estallido  nuclear-, el régimen coreano -que lleva ya tres generaciones en el poder- logró a pesar de las presiones americanas ingresar al selecto lote de países que pueden generar con sus armas una catástrofe humanitaria a escala internacional. China -que no está feliz con ésa situación- por razones de su seguridad nacional ha necesitado del tapón coreano que evita tener al ejército americano estacionado detrás de sus fronteras. Por ello también ha apoyado, quizás a su pesar, aquellos desarrollos.

Para entender el mundo y a sus protagonistas, no sirve apelar a las categorías de buenos y malos, pues eso es propio de los relatos cinematográficos hollywoodenses. Son los conflictos de intereses de todo tipo los que, con las contextualizaciones geográficas e históricas correspondientes, permiten entender qué es en realidad lo que pasa o qué se discute y porqué.

Es posible que Kim Jon Un sea realmente un loco paranoico, un dictador sangriento y un asesino serial, pero a la luz de aquellos antecedentes históricos que se extienden a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI, él y su régimen tienen razones de peso para no confiar en soluciones alternativas que garanticen su seguridad nacional diferentes a las ya  conseguidas al costo de hambrear de modo inclemente a su población durante más de medio siglo. Ha sido la marcha  continental primero y transpacífica después de los americanos y lo irresuelto del conflicto peninsular, lo que, desde hace décadas los ha llevado a construir un paraguas protector propio.

El desempeño delirante y amenazador del actual mandatario americano cierra toda posibilidad de que el gobierno coreano cambie de opinión. Es más, el poco valor que “el loco de Washington” da a los tratados firmados por su país hace que tal opción sea irreal para aquellos, tanto más cuanto que ahora han alcanzado su objetivo disuasorio.

La cuestión para los coreanos del norte no es si Trump se hace el “loco malo” conforme la fórmula que utilizaba Richard Nixon o es nomás un desequilibrado. Ellos ven en la política permanente de EE.UU -que hemos glosado- una amenaza clara y concreta a “su” seguridad nacional, pues salvo las realidades fácticas imperantes en la zona –poderío de Rusia y de China-, no se advierten razones para que los americanos detengan su secular marcha hacia el oriente. Es más, la consigna ¡América First!  -lanzada por Trump- es lo suficientemente ambigua como para justificar cualquier decisión suya.  

No confían ni siquiera en China, su protectora tradicional, no sea que en algún momento ésta quiera usarlos como moneda de cambio de quién sabe qué acuerdos entre superpotencias. Desarticular sus logros militares no es para ellos una opción posible, pues sólo aquellos son la garantía de su indemnidad e independencia. No se advierte por lo tanto otra alternativa real que respetar el statu quo y limitar las tratativas a garantizar que lo que es hoy una realidad no cambie en el futuro. Lo contrario, es un salto al vacío.

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