Las cosas cambian

Las cosas cambian

Comprar se ha convertido en uno de los pasatiempos favoritos de la  gente y los bienes de consumo se han convertido en mediadores esenciales en las relaciones entre los miembros de la familia  […] Las festividades religiosas, como la Navidad,  se han convertido en festividades de compras”
(Yuval Noah Harari-DE ANIMALES A DIOSES)

Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”
(San Pablo – Epístola a los Romanos (14:17),

¡O témpora, o mores!
(Marco Tulio Cicerón)

Jacques Le Goff, medievalista francés, recordaba en su “¿REALMENTE ES NECESARIO  CORTAR LA HISTORIA EN REBANADAS”  que fue el  monje escita Dionisio el exiguo­­ –apelativo que se desconoce si se refería a su mínima estatura o a su humildad- quien en el siglo V d. C. -al elaborar las tablas necesarias para calcular la fecha de las Pascuas, que varía según los ciclos lunares- comenzó a datar la historia a partir de la fecha de la encarnación de Jesús, identificando a cada año trascurrido desde entonces como Annus Domini  o Año del Señor. Dionisio se equivocó entre 4 y 7 años​ al datar el reinado de Herodes el Grande bajo el cual había nacido Jesús, por lo que estableció su nacimiento en el año 753 contado desde  la fundación de Roma, cuando debió suceder hacia el 748. Cuando se conoció el error muchos siglos después, era tarde para corregirlo. El sistema Annus Domini establecido por Dionisio se volvió dominante en Europa Occidental  a partir de que lo utilizara Beda el Venerable, monje benedictino inglés, para fechar los sucesos que relata en su HISTORIA DE LOS INGLESES  (731). Las razones que facilitaron que ésa datación se generalizara serían, según Le Goff: la conquista de Italia por los lombardos y luego por Carlomagno, quien impuso el dominio de la monarquía por sobre las comunas y con ello sus prácticas institucionales; la presencia dominante del Papa en Roma y la existencia de los Estados Pontificios; y la importancia que alcanzó del comercio europeo y del prestigio del arte italiano. El posterior dominio político y/o económico europeo sobre gran parte del resto del mundo a partir del descubrimiento de América amplió el uso aludido. Hoy, según ha aceptado la ONU, el tiempo se cuenta oficialmente en años antes o después de Cristo, pero los hebreos lo siguen computando desde la fecha en que según su tradición se produjo la creación del mundo (3760 a.C.) y los musulmanes desde la Hégira (salida de su profeta Mahoma de la ciudad La Meca hacia Medina, en el 622 d.C.).

La Navidad -que recuerda anualmente el nacimiento de Jesús, hijo de Dios y Mesías redentor del mundo del pecado original cometido por Adán y Eva, es el acontecimiento que da sentido -conforme la concepción  cristiana- a toda la vida de los creyentes-, ha impreso durante bastante más de un milenio un marcado tinte religioso las conmemoraciones del 25 de diciembre de cada año.

La Revolución Francesa y los cambios que generó en la política y las ideas –desaparición de las monarquías fundadas en el derecho divino a gobernar reconocido a determinadas familias, reconocimiento del hombre como eje central de la creación y medida de todas las cosas, el liberalismo, el socialismo y el marxismo, que fueron sus consecuencias-, las dos guerras mundiales y el Holocausto; la no explicación satisfactoria de la existencia del mal en el mundo por las diferentes religiones; la liberación de la dominación colonial y la revalorización de otras culturas diferentes a la europea, incluidas sus propias religiones tanto o más numerosas que el cristianismo; el descubrimiento de las leyes de la evolución y los avances de la antropología, que ofrecen explicaciones alternativas y comprobables  del origen del hombre; el psicoanálisis, la liberación sexual de hombres y mujeres disociando sexo y pecado; la expansión de los conocimientos respecto del origen y tamaño del universo, son algunas de las causas que explican que en lo que conocemos como Occidente la religión y las instituciones que la representan haya dejado paulatinamente de ocupar el eje central del espacio público. Otras causas son originadas en la propia actuación de las instituciones religiosas que quedaron vinculadas con acontecimientos horribles o  afectadas por la falta de respuesta a acuciantes requerimientos que la vida moderna impone a sus fieles. El resultado es que hoy a casi nadie se le ocurriría individualizar el año en que vivimos como el Annus Domini 2017. La religión es vivida aun por aquellos que son realmente creyentes como algo privado de cada uno.

En este espacio semanal hemos reflexionado sobre las creencias de los argentinos, tomando como referencia los estudios sociológicos de Fortunato Mallimacci, los que concluyen en que la mayoría de quienes se reconocen como cristianos en nuestro país han elaborado un cristianismo a “a la carta” que se aparta decididamente de las enseñanzas de la Iglesia, porque éstas no les dan respuestas que sean satisfactorias para ellos, y también de la propia Iglesia como institución. La referencia a una vida venturosa más allá de la muerte que asegura –dicen- el cumplimiento de determinadas pautas de conducta, es insuficiente para quienes, conforme los tiempos líquidos en que vivimos, quieren respuestas aquí y a hora. Abonan tales actitudes también la falta de ejemplaridad de la vida de muchos prelados que con gran escándalo han vivido violando las enseñanzas que ellos mismos impartían u ocultado -activa o pasivamente- ésos comportamientos habidos en el seno de la jerarquía eclesiástica. Oficialmente la Iglesia sigue sin aceptar las diferencias entre pecado y delito y se comporta como si el sacramento de la confesión habilitase también la impunidad de los delincuentes. Se comporta de manera insolidaria con las víctimas y con la sociedad a quien, dice, sirve. De cuando en cuando ensaya un pedido de perdón público que en los hechos no repara ninguno de los graves daños cometidos por sus prelados u ocultados por su dirigencia. Obras son amores, dice con razón la sabiduría popular, que no queda satisfecha con  esos mea culpa sin consecuencias prácticas para los ofensores ni para las víctimas. Al común, conforme los tiempos que corren, ya no le sirve la explicación de que la contrición obliga al confesor a absolver y que el secreto de la confesión impide dar a conocer el delito a quien tiene la misión institucional de castigarlo. La Iglesia perdona e impone el castigo, claro que sin el rigor con que en otras épocas lo hacía el Santo Oficio, quizás por aquello de que la caridad bien entendida empieza por casa.

Otro de los aspectos que incide en la ausencia de religiosidad en las festividades navideñas, es la cultura imperante en nuestras sociedades que -conforme señalaba Bauman- se caracterizan por sus relaciones líquidas, esencialmente inestables o provisorias y que perduran mientras causen satisfacción, sociedades en donde el ser se conjuga con el verbo tener o consumir. Se consume no por satisfacer una necesidad física sino una dependencia que se intenta satisfacer con la acción de comprar, pero que  nunca da como resultado una necesidad definitivamente satisfecha, tal como le ocurre al ludópata, y obliga a seguir comprando cosas que realmente no necesitamos. Es esa cultura de la búsqueda del placer y de consumo compulsivo la que, junto con lo que expresamos más arriba, lleva a transformar lo que fue una festividad religiosa central en la vida comunitaria, en un festival de compras, un Black Friday gigantesco en donde compro para a mí y para cumplir con la modalidad social de hacerles regalos al entorno familiar o social. El niño-Dios  que viene al mundo para redimirlo, queda olvidado en un rincón del pesebre, desplazado por un gordo panzón de risa impostada, ridículamente vestido de colorado, que nada tiene que ver con el nacimiento del Redentor ni con el original sentido religioso del ese hecho que es –supuestamente- el que se intenta rememorar con el feriado navideño. El personaje inventado actúa más como agente de ventas que como difusor de un difuso espíritu navideño, que casi nadie tiene presente. En suma el hecho religioso se ha transformado en una mera costumbre que gira alrededor de  un episodio gastronómico parental que tiene claros rasgos pantagruélicos, en cuyo transcurso los asistentes se intercambian regalos.

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