La única discapacidad inhabilitante es la idiotez

La única discapacidad inhabilitante es la idiotez

Los asuntos públicos siempren han sido motivo de diversas interpretaciones y acaloradas discusiones. Los que piensan que la “grieta” es una creación de estos tiempos, lamento desilusionarlos: desde tiempos inmemoriables ya teníamos grietas por todos lados, por todos los temas y por todas las partes del mundo.

A mi humilde parecer, el problema no son las grietas, son las idioteces. Y con ello me estoy refiriendo a la actitud de aquellos que sin conocer el tema de discusión se aventuran a generar opinión como si sobre lo que se discute fueran especialistas.

Hagamos este ejercicio. ¿Admitirías a que cualquiera te colocara un stent en una arteria coronaria obstruida? Entiendo que no. Es de sentido común que recurrirías, para que te atienda en esa dolencia, a un entendido en el tema. Sin embargo sobre lo social, cultural, económico, político… pareciera que todas las opiniones valen.

Llegados a este punto deberíamos preguntarnos ¿Son válidas todas las opiniones? ¿Existen límites a la libertad de expresión? Si respondemos afirmativamente a esto último, ¿en qué consisten esos límites y quién los determina?. Como vemos estamos frente a un verdadero embrollo. Sobre estas preguntas se han ensayado varias reflexiones, voy a centrarme en la dos posturas más extendidas. Las dos nos remiten a la idea de verdad que tengamos.

Una de esas ideas nos dice que la verdad existe y que la puedo conocer, por lo tanto las opiniones en lugar de respetarse, deben corregirse. El que está equivocado, primero debe ser enseñado antes que escuchado. Esta postura ha sido catalogada como totalitaria, ya que la verdad [y quien la posee] limita la libertad. En nuestro caso, de opinar.

En la otra vereda están quienes sostiene que la verdad o no puede ser conocida o no existe y por lo tanto todas las opiniones son igualmente válidas. Presentado así sería un modelo de tolerancia. Sin embargo, es una postura poco menos feliz que la otra. Nos está diciendo que, en el fondo, respetamos todas las opiniones porque todas son igualmente irreverentes. Es decir, valen lo mismo porque en el fondo no valen. En el momento que se admite que la verdad no existe o que no se puede hallar ¿Hay algún criterio para poder creer en una opinión en lugar de otra? ¿Hay opiniones más serias que otras?

El piamontés Humberto Eco, escritor, filósofo y profesor universitario que fue autor de numerosos ensayos sobre semiótica, estética, lingüística y filosofía, así como de varias novelas [El nombre de la rosa es la más conocida], cree que si de por sí esta tensión entre verdad-opinión-libertad era difícil de resolver, las redes sociales “enredaron “ aún más el tema.

En una entrevista en el diario La Stampa de Italia supo decir que las redes sociales “…le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Y en el diario ABC de Madrid dijo que “El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

Eco actualizó una discusión con historia. La puso en contexto actual. Nos adviritió que en un tiempo era relativamente fácil acceder a la fuente de las noticias. Y que, conociendo esas fuentes era posible advertir el interés de las opiniones vertidas. Con la llegada de internet, es difícil conocer quién o en nombre de qué está hablando. Dijo Eco en al diario ABC “Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave, que aún no está solucionado”.

Ya por nuestras tierras y su remozada grieta, leo hace unos días que la genial actriz Verónica Llinás hacía un descargo en su cuenta de twitter en relación a la reacción que había provocado una parodia sobre la Vicepresidente Gabriela Michetti quien había dicho que “…las fuerzas de seguridad actúan sacando a la gente como la tengan que sacar. Si no la pueden agarrar, viene el hidrante. Y sino una bala de goma en la pierna”.

Llinás tituló esta parodia como “mentalidad reducida” [haciendo un juego de palabras entre mentalidad y movilidad] y desató una catarata de opiniones contrarias en twitter. Intuyo, también, que la reacción de desagrado vino por las posturas de la actriz contrarias a la idea de cerrar los institutos de formación docente en Capital Federal y a usar la boleta única de papel en vez de la boleta electrónica, entre otras.

Escribía Verónica en su descargo “Soy una actriz independiente. Tuve los ovarios que no tuvieron muchos de criticar al gobierno anterior duramente y sin el amparo del anonimato, como lo hago ahora y lo haré siempre a pesar de sus insultos degradantes. La única discapacidad inhabilitante es la idiotez.”

Nuevamente aquí nos situamos frente a la tensión entre verdad-opinión-libertad. Para no caer en los extremos, deberíamos admitir que la búsqueda de la verdad no es sencilla. Deberíamos concederles a quienes así lo piensan que la verdad no siempre es comunicable o fácilmente comunicable [si todo pudiera ser comunicado ¿tendría sentido el arte?], pero al mismo tiempo ¿podemos conformarnos con la mirada simplista de que todo vale?

Existen verdades sencillas, existen verdades complejas, pero también hay grados de aproximación a esas verdades y está claro que un cardiólogo está más cualificado que yo para emitir opiniones sobre un stent. No todas las opiniones tienen el mismo peso específico, no todas las opiniones son igual de válidas, no todas las opiniones están igualmente fundamentadas. Y, sin embargo, todos tenemos el derecho a verbalizarlas y hacerlas públicas. Opinar y criticar son actos propios de una sociedad libre.

Claro que una cosa es contar con argumentos sólidos que sostengan nuestras opiniones y otra cosa es hablar por hablar. Ante el “todo vale”, una actitud saludable sería llamarse al silencio, que en muchos de casos es lo más honesto, práctico y hasta elegante. ¡Hasta la próxima!

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