“No voy a lanzar ninguna teoría .Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer. La pregunta es porque son malas las malas palabras, ¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a otras palabras? ¿Son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿No es cierto? Muchas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas malas palabras… no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras, algunas me gustan, al igual que las palabras de uso natural”
(Roberto Fontana rosa, (Discurso en el Congreso de la Lengua// Rosario 2004)

“Incapaz de diferenciar entre palabras y objeto, el salvaje imagina, por lo general que el eslabón entre un nombre y el sujeto u objeto denominado no es una asociación arbitraria e ideológica sino un verdadero y sustancial vínculo”
(James Frazer / LA RAMA DORADA”

“Hice una distinción, en uno de mis libros, entre el imbécil, el idiota y el estúpido. El idiota es el que no comprende lo que se le dice […] El imbécil es quien en determinado momento dirá exactamente lo que no debe decir. El estúpido […] es diferente: su déficit no es social sino lógico”
(Umberto ECO)

Ángel Pedro Etchecopar (63) -por su apellido es de ancestros hispanos y que en vascuence significaría “Casa Noble”- es conocido en los medios audiovisuales como “Baby” Etchecopar, caracteriza sus intervenciones radiales y televisivas por la causticidad de sus opiniones que no suelen transitar por lo que se suele entender por “políticamente correcto”. Él ha elegido un estilo de comunicación con su público -que lo tiene- que es particularmente confrontador. No sólo opina sino que al hacerlo no suele utilizar términos medios o moderados e insiste en los conceptos extremos, siendo plenamente consciente de las reacciones que sus dichos han de generar. Es un provocador de reacciones y deliberadamente busca dar contundencia a sus opiniones usando para expresarlas términos cáusticos, contundentes, a veces escatológicos. Es conocido que en marzo de 2002 él y uno de sus hijos fueron víctimas de un intento de robo en cuyo trascurso lo hirieron a éste de gravedad. En el intercambio de disparos, porque se defendió, quedó un ladrón muerto y otro herido. En noviembre de 2013 uno de los autores de ésas agresiones fue condenado a la pena de 9 años de prisión por la Sala I de Cámara de Apelaciones y Garantías de San isidro.

Personalmente coincido con lo expresado por Fontanarosa, en clave de humor pero con serios fundamentos culturales, que no existen malas palabras en sí mismas, sino que hay, a veces, un mal uso de ellas. La descalificación de algunos términos relacionados con la sexualidad humana o con lo escatológico, que conforme las costumbres imperantes durante mucho tiempo eran excluidos de las conversaciones cotidianas por ser contrario a las normas de la “buena educación” y su uso considerado impropio en la buena sociedad, ya no es de recibo. Desde don Francisco de Quevedo y Villegas (siglo XVII) con su “Poema al pedo” hasta el psicoanalista rosarino Ariel C. Aragno –LAS MALAS PALABRAS. Virtudes terapéuticas de la obscenidad-, pasando por el jocundo español don Camilo José Cela -que fue en sus escritos todo lo desenfadado que cada tema requería –“Izas, rabizas y colipoterras”-, y nuestro deslenguado Enrique Pinti, ha quedado demostrado que el uso oportuno de cualquier término no contradice las normas del buen decir ni está demás en cualquier discurso, con la condición de que sea atinente al mismo o a lo que se opina en él.

A lo largo del editorial objeto de nuestras reflexiones, Etchecopar califica 7 veces seguidas a los delincuentes que roban, matan y violan –los corruptos parece que no le molestan- como unos “hijos de puta”, propone reprimirlos con mano dura, que se los meta en cana, si es necesario con unos bastonazos en el balero y luego “a laburar al sur, a hacer caminos, a hacer frontera”. Los que critican a Chocobar son para él, todos, “zurdos de mierda”. En la volteada, a continuación y sin solución de continuidad, caen también los “negros de mierda, vagos hijos de puta”, que los son todo lo contrario –blancos y trabajadores- tienen que bancar. Para ellos requiere también “pala, pala, pala, a hacer caminos, arreglar rutas, hacer cloacas, hacer zanjas para que no se inunde el campo de la gente que trabaja para mantenerlos”. No conforme, sigue: “Negros vagos, todo el día drogándose, todo el día falopeándose, hijos de mil puta, y salen a robar para seguir falopeándose. Y tenemos narcotraficantes, y tenemos negros faloperos… hay que salir a reprimir, se acabó la historia” pues son los negros vagos, hijos de puta “los que matan chicos, matan mujeres, matan grandes, y después se van a bailar a las murgas que les pagan los políticos”. Termina asimilando a los “delincuentes hijos de puta” con los “negros vagos de mierda” y a ambos con los piqueteros, exigiendo: “Saquen los piqueteros de la calle, saquen los piqueteros de la calle, saquen los chorros de la calle, saquen los chorros de la calle” (sic).

Cierto es que Etchecopar está condicionado por una desgraciada experiencia personal y familiar y que el reciente asesinato -sin motivo racional que lo explique- de un chófer de colectivo muestra en carne viva cuál es el clima de inseguridad en el que viven quienes residen en las grandes urbes. Aunque hay mérito para reaccionar indignado exigiendo terminar con la inseguridad, advertimos en él una mirada elitista, clasista, del problema, como si el periodista de marras hubiese asumido que su condición de hombre blanco, instruido y con trabajo lo habilita para denostar desde una posición superior a los sectores que elige como blanco de sus improperios, que unifica a pesar de que claramente no se identifican los unos con los otros. El castizo insulto que utiliza repetidamente como una letanía para potenciar la diatriba, descalifica a los delincuentes por ser hijos de mala madre, por bastardos y malignos y los coloca en la antípoda del lugar social en donde él se encuentra. El utilizado es el peor de los insultos posibles en una sociedad jerarquizada en donde la honra de cada uno está condicionada por la condición de sus padres, el rol social de estos y hasta por la limpieza de sangre, sociedad en la que aspiraría vivir. Es suma, es descalificarlos fundamentalmente por lo que son, no por lo que hacen. Ya sabemos a dónde se llega por ésos caminos.
Aunque Sergio Bufano y Jorge Perednik –DICCIONARIO DE LA INJURIA- señalan con razón que debe distinguirse entre las malas palabras, el insulto y obscenidades, Etchecopar las mezcla en su afán de denigrar totalmente al objeto de su furia. Los que matan, violan y roban, afirma, son “los negros”, a los que califica “de mierda” porque no trabajan, y no trabajan porque son vagos por naturaleza y además son “hijos de puta”, a quienes, para colmo, tenemos que mantener. Para ello receta: “pala, pala, pala y a trabajar al sud, a hacer patria” (sic).

En Argentina prácticamente no hay negros, sí mucha población mestiza pues nuestros ancestros hispanos no mezquinaron relacionarse con la población autóctona. A ellos, a los “cabecitas negras”, a “los morenos de aspecto humilde que emigraron del campo a la ciudad” (Bufano-Pedernik), a los que en la década de los cincuenta se describió despreciativamente como “aluvión zoológico”, se les imputa en el libelo que comentamos ser genéricamente -por naturaleza o idiosincrasia- holgazanes por vocación y, además, drogones que se transforman de vagos en delincuentes para seguir consumiendo. En el descalificativo se comprende a todos los que Etchecopar califica genéricamente como “negros”, que serían los que no tienen la piel inmaculadamente blanca como la de él.
En Argentina, ésa es nuestra realidad, existe un sector de la población que no tiene cabida en la economía formal o informal pues estas no generan actividades y puestos de trabajo que los demanden, con el agravante de que las condiciones socio-económicas y educativas en las que se formaron y en las que hace décadas viven los excluidos no los han dotado de habilidades laboralmente útiles. Es un problema estructural cuya solución excede la iniciativa individual de muchos que no saben cómo escapar a su destino de excluidos.

Etchecopar -que no es idiota pues comprende lo que dice, tiene un pensamiento propio de un primitivo pues está convencido que con sus descripciones descalificadoras transforma la realidad a la que se refiere- termina de definirse a sí mismo cuando unifica como si fueran lo mismo delincuentes, negros vagos –que para él, repito, son todos los oscuritos- y piqueteros, identidad que confirma al proponer la misma solución sanadora para todos: represión a palos y pala, pala y pala, a trabajar forzadamente al sur para que dejen de ser delincuentes, negros vagos y piqueteros.
Expresa también ofuscación contra el actual gobierno, al que votó porque lo creía de derechas, pues contra lo esperado por él, no reprime. Releyendo a Eco nos podemos preguntar ¿Es estúpido o imbécil o ambas cosas?

P.D.: Me llama la atención la falta de reacción de los bien pensantes argentinos. ¿Es que la indignación no paga si no se expresa contra el gobierno?

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