El coronavirus también embiste al estado

El coronavirus también embiste al estado

En estos tiempos de pandemia, que dan lugar a un sinfín de interpretaciones y miradas, no son pocos los analistas que coinciden en señalar al Estado como el gran protagonista y quién mejor saldrá posicionado de la crisis.

Y es que nos hemos topado con una realidad que ha sacado a la luz las limitaciones y condicionamientos de la Globalización: las principales fuerzas y actores que esta dinámica había entronizado, no son los apropiados o no cuentan con los suficientes recursos y capacidades para hacer frente a una crisis de esta magnitud. De este modo, casi de modo natural y visceral, mercado y sociedad civil, economía y solidaridad, se ven obligados a ubicarse en la retaguardia, dejando lugar a que el Estado y la política asuman el principal desafío.

No obstante ello, lejos está de ser un actor inquebrantable; abstracto; unitario y homogéneo, constituyéndose también, en otra víctima de los embates de esta crisis.

Y una de las formas, en la que en algunos países, aquél ha sido afectado, se ha manifestado a través de la “descoordinación” o “falta de consenso” a su interior.

Para entender ello, tengamos en cuenta que el “Estado Globalizado” no sólo se caracteriza por la puesta en marcha de un proceso “hacia arriba”, en el cual el Estado cede parte de su soberanía en pos de procesos homogeneizadores como la integración regional y la transnacionalización. También, el Estado central se ve atravesado por un proceso “hacia abajo”, en el cual transfiere parte de su soberanía a espacios o entidades regionales y/o locales, en una clara tendencia descentralizadora de sus funciones.

Es esta última lógica la que una crisis como la actual ha hecho prevalecer y profundizar en países como Estados Unidos y Brasil, donde el negacionismo y falta de liderazgo de sus presidentes, ha forzado a gobernadores y alcaldes a adoptar sus propias medidas de contención de la enfermedad, desencadenando un verdadero impasse entre el poder central y el poder local,  y una completa descoordinación y falta de consenso dentro del Estado.

Otro de las formas en que el Estado se ha visto alterado es a partir de la concentración y acrecentamiento del poder en manos de uno de sus poderes – el Poder Ejecutivo – siendo utilizada la amenaza del virus como pretexto o excusa para lograrlo.

Es el caso de países como Hungría, Polonia o incluso el mismo Brasil, cuyos dirigentes han sido blanco de críticas por poner en riesgo el mismo Estado de Derecho y/o la democracia:

En Hungría, el Parlamento Húngaro aprobó una polémica ley que permite al Ejecutivo de Viktor Orbán mantener de forma indefinida el “estado de emergencia”, permitiendo que gobierne por decreto y restrinja derechos y libertades sin que el Parlamento pueda controlar su aplicación.

En Polonia, hace tiempo se viene proponiendo una reforma constitucional para extender el mandato por dos años de su presidente Andrzej Duda, ante la dificultad y riesgo que supone celebrar las elecciones el próximo mes, como estaba previsto. Aun así, anticipándose, el partido gobernante de Ley y Justicia (PiS) ya aprobó un cambio en la ley electoral que permite la celebración de las elecciones por correo, en lo que se considera una maniobra que vulnera la ley electoral y la Constitución.

En Brasil, producto del impasse político del que hablábamos anteriormente, ahora el presidente Bolsonaro salió en apoyo de manifestaciones que piden una intervención militar y el cierre del Congreso, con la consiguiente supresión de las garantías constitucionales.

Finalmente, la crisis sanitaria también ha desatado uno de los debates más polémicos y menos pensados – entre “salvar vidas” vs “salvar la economía” –  que ha originado una disputa y división innecesaria e irreconciliable al interior del  Estado, quiérase, entre el Ministerio de Salud y el Ministerio de Economía, o bien entre el Jefe de Estado y el mismo Ministerio de Salud.

El caso más elocuente en este sentido vuelve a ser el de Brasil, cuyo debate le costó el puesto al ex – ministro de salud Henrique Mandetta. ¿La razón? Haber defendido las medidas de cuarentena y aislamiento social, algo que no fue bien visto por el presidente, más proclive a resguardar los intereses económicos.

Por lo tanto, no hay dudas que el Estado es y debe ser el principal generador de respuestas a una crisis sin precedentes recientes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el Estado también es víctima de este fenómeno mundial, y su efectividad en la lucha contra este enemigo invisible dependerá, no solo de su adaptación a estas circunstancias, sino de cuán sólido se haya encontrado institucionalmente al momento de su irrupción.

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