Bolsonaro: un líder político ya no políticamente rentable

Bolsonaro: un líder político ya no políticamente rentable

Si el gobierno brasilero de Jair Bolsonaro ya contaba con serios problemas ante al rápido avance del Coronavirus en su territorio, ahora se le suma la dimisión de su ministro más popular y uno de los pilares fundamentales de su gobierno: el Ministro de Justicia y Seguridad Pública, Sergio Moro.

Así, la dimisión viene a confirmar el aislamiento político en que Bolsonaro ha ingresado hace ya un tiempo. Y ello se debe principalmente al abordaje irresponsable y negacionista de la crisis sanitaria, pero también por serias irregularidades percibidas durante lo que va de su gestión.

Esta situación, inevitablemente, nos hace retroceder en el tiempo y volver a preguntarnos cómo fue que una personalidad como Bolsonaro llegó a acceder al máximo poder del gigante latinoamericano.

Y lo cierto es que la figura de “Bolsonaro” fue una elección y “construcción política” desde los sectores neoconservadores, en un contexto particular del país (años 2017-2018) y para cumplir una doble misión:

Ésta última se basaba en evitar que el Partido de los Trabajadores vuelva a controlar el aparato estatal y en asegurar la continuidad del proyecto político conservador y neoliberal que había comenzado con Michel Temer (PMDB), pero cuya imagen se veía desgastada.

El contexto particular del país tenía que ver con un creciente hartazgo popular con la dirigencia política tradicional y con una democracia, que en el modo en que se estaba ejerciendo, no ofrecía soluciones ni garantías contra la violencia, la inseguridad, el desempleo y la corrupción.

En consecuencia, era necesario elegir y construir un candidato por fuera del establishment político, es decir, que esté alejado de los parámetros de la política tradicional, y que ofreciese soluciones rápidas y simplistas, en un momento en el que el fastidio y el cansancio popular alentaban el ascenso de expresiones políticas extremistas.

Así es como fue tomando impulso la figura de Bolsonaro, a la que el poder  mediático y judicial también contribuyeron: en el primer caso, desacreditando reiteradamente la formación política de Lula da Silva; en el segundo caso, por medio de una condena bastante cuestionable que llevó a su principal contrincante – el líder del PT – a prisión.

Ahora, a 1 año y 7 meses de que Bolsonaro fuese electo, y ante un manejo errático de la crisis sanitaria; irregularidades en su gestión y numerosas denuncias que salpican a su familia en casos de corrupción, no sólo ha quedado en evidencia que no está a altura de las circunstancias para gobernar – y mucho menos para ser la renovación política que se demandaba – sino que también ya no cuenta con el visto bueno o el apoyo inicial de sus principales aliados políticos. Todo ello ha quedado demostrado en diversas ocasiones:

En primer lugar, con el manejo que el líder ultraderechista ha estado haciendo de una crisis sin precedentes: mientras sigue desoyendo las recomendaciones sanitarias y alentando a que la población rompa la cuarentena, ya se han contabilizado más de 73.000 casos positivos y más de 5000 fallecidos, convirtiendo al país vecino en el epicentro de la pandemia en Latinoamérica.

Aquí yace la principal causa del enfrentamiento reciente del presidente con su ex Ministro de Salud (al cuál destituyó) y con los gobernadores y alcaldes. O también la disconformidad/incomodidad de sus ministros “militares”,  después de que el líder político haya apoyado abiertamente a sectores radicalizados que pedían el levantamiento de la cuarentena, la intervención militar y el cierre del Congreso.

En segundo lugar, con la reanudación de viejas prácticas que se suponía venía a combatir: ante el incremento de las peticiones de impeachment o dimisión, Bolsonaro se ha apurado en negociar con los diputados del “Centro” (muchos de ellos investigados por corrupción) para formar una mayoría que le permita evitar el juicio político, a cambio de cargos y prebendas.

Finalmente, con las sospechas de corrupción que salpican a su familia, que ahora también lo comprometen a él frente a la acusación, del ex juez Moro, de haber destituido al Jefe de la Policía Federal (principal motivo de su salida como ministro), Mauricio Valeixo, con el fin de blindar a su familia de las investigaciones policiales sobre posibles casos de corrupción.

Habiendo quedado demostrado que un líder con estas características ya no es políticamente rentable, más aún ante una situación extrema como la que se está atravesando, no es descabellado pensar en nuevas dimisiones (¿quizás la de su Ministro de Economía, Paulo Guedes?) o bien, en su propia salida. Ahora, su continuidad dependerá del apoyo del sector militar de su gobierno y de lo que decidan el Congreso y el Supremo Tribunal Federal, quiénes tienen la última palabra.

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