Lo que ya cambió

Lo que ya cambió

No parece, pero algo cambió. No se ve, pero se presiente. La “nueva normalidad” empieza a asomarse. Seguramente la mayoría de nosotros volveremos a “la media” de nuestro comportamiento. Creo que la analogía perfecta en el accionar de las personas durante la transición del COVID, es compararlo con un choque de auto. Cuando chocamos el coche nos ponemos tristes, maldecimos, reflexionamos y perjuramos que nunca más vamos a ir rápido ni cometer infracciones. Y apenas el chapista nos devuelve el auto, totalmente reparado, frenamos en todas las esquinas, extremamos la prudencia y vamos muy despacio. Aprendimos la lección, o por lo menos eso parece. Pero como todo, eso dura un tiempo, y al cabo de unos meses volvemos a circular como lo hacíamos antes.

Entiendo que en la vida cotidiana va a pasar los mismo, vamos a volver a comer con amigos, salir en familia y llevar a nuestros hijos a plazas, parques y demás. Tal vez al principio con algo de miedo o recelo, pero nuestra forma de vida así está concebida. Somos seres sociables y “estamos hechos, no de carne y hueso, sino de tiempo, de fugacidad”, diría Borges. Y cuando entendemos que el tiempo es finito, realmente comprendemos en qué nos gusta gastarlo y generalmente es compartiendo momentos con nuestros seres queridos.

Por otro lado, la pandemia fue sólo un acelerador. Como una bebida energizante o el turbo de un auto. Dio un impulso a la disrupción tecnológica en la vida de las personas, pero sobre todo, aceleró la permeabilidad digital en las empresas. Ya no pueden hacer caso omiso a un montón de herramientas tecnológicas que sus competidores sí están usando.

El ambiente laboral cambió, aunque todavía no podamos evidenciarlo, es como ver la ola del Tsunami a lo lejos. Sabemos que viene, la vemos y no sabemos cómo va a pegar. En la actividad que lo miremos, el formato de trabajo en mayor o menor medida va a cambiar. Enfatizando en el tiempo que le va a tomar a las personas normalizar el acercamiento físico a otras, solamente pensar que las salas de cine, teatros, recitales y cualquier tipo de espectáculo en donde se aglomere gente va a seguir funcionando de manera normal, es casi utópico. Pero se reinventaron de alguna forma. Basta recordar los recitales de famosos en Instagram live, la transmisión abierta y gratuita del Circo du Soleil, y obras de teatro privadas, a través de Zoom, para chicos, con cuentos títeres y demás.

Lo mismo podríamos pensar en las líneas aéreas y hoteles en destinos turísticos. Son actividades muy dependientes del tiempo que le lleve a las personas habituarse a esta “nueva normalidad”. Pero ya encontramos agencias que hacen recorridos turísticos virtuales a través de Instagram u otras plataformas, dando una experiencia al usuario que antes no existía, y complementando esto con la venta de paquetes abiertos hasta fines del 2021. Y siempre que veo esto pienso: La tecnología, ¿extingue los trabajos o modifica la estructura de los mismos?

Piensen en el impacto del teletrabajo, cómo lo aceleró la pandemia y el efecto económico que puede llegar a tener un simple cambio. En las oficinas no es necesario la presencia física de todas las personas, o sea que, desde ahora el aprovechamiento físico del mobiliario puede ser distinto. Si bien este tipo de trabajo puede representar aproximadamente el 10% de la fuerza laboral, es imposible no ver el impacto directo en la inversión en conectividad, el formato de agenda, la necesidad o no de secretarios/as, ¡las reuniones con gente de todo el mundo! Y el impacto indirecto es sólo cuestión de imaginación. Menor cantidad de gente trasladándose en coche, menos taxis y remises, transporte público más descongestionado, menor consumo de combustible, menor contaminación, menos accidentes, más tiempo en familia, inclusive hay quienes vaticinan que los programas radiales en horarios pico de tráfico se verán afectados, porque la mayor cantidad de oyentes son conductores de auto.

Nace una nueva economía, basada en cambios tecnológicos. Una nueva revolución industrial. Para una empresa, pensar en mandar a sus gerentes a reuniones alrededor del mundo es casi una broma, sabiendo lo que gastarían en transporte aéreo, hoteles y demás viáticos, y pueden solucionarlo casi siempre con una videollamada o una teleconferencia. Lo mismo corre para los conferencistas. Hoy en día una empresa tranquilamente puede capacitar a sus empleados sin la necesidad de llevar físicamente a una persona a su planta.

Éstos son solo unos ejemplos de muchos otros, y nadie conoce en realidad la foto final de todo esto. Tampoco nadie puede asegurar que va a haber una extinción masiva de trabajos. Decir eso y jugar a la lotería es lo mismo, por varias razones. La principal es que, la tecnología y la automatización no reemplazan trabajos, sino tareas. Hasta al mejor matemático del mundo le costaría poner en tela de juicio el impacto de la calculadora en la confección de tareas aritméticas simples. Y no por usar una calculadora un matemático va a dejar de serlo, sino que aprovecha la tecnología para automatizar una tarea. Sí es probable que ciertos tipos de trabajos con muchas tareas manuales cambien radicalmente su formato, y ahí si las personas tendrán que estar capacitadas para este cambio, o sea, para aprender a “manejar la calculadora” y dejar de hacerlo en hoja papel.

Este vendaval de cambios repentinos socavó las estructuras sobre “como planificamos” nuestros proyectos y movió los cimientos en la parte estratégica de las empresas. Inevitablemente, hay muchas otras opciones en juego a la hora de tomar decisiones. Y la pandemia se encargó de acelerar el cambio. Lo más importante, es haber interpretado a la pandemia no como un retraso, sino como un “¡Es ahora!”. Y lo más importante. Lo bueno de no conocer el camino es que las oportunidades son iguales para todos, solamente es cuestión de creatividad.

“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” (Albert Einstein)

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