Racismo: el otro “virus” que amenaza a Estados Unidos

Racismo: el otro “virus” que amenaza a Estados Unidos

Hagamos un ejercicio. Imaginemos por un minuto que estamos realizando nuestra caminata diaria y de repente nos topamos con un hombre, yaciendo boca abajo sobre el asfalto, sin una posibilidad mínima de moverse y con la rodilla de otro hombre ejerciendo presión sobre su cuello, dificultándole respirar.

Ahora imaginemos que la ciudad donde estamos presenciando este hecho es Minneapolis (Estados Unidos), que el hombre que yace boca abajo – a juzgar por su color de piel – aparenta ser un ciudadano de origen afroamericano, que quien tiene apoyada su rodilla sobre él es un policía blanco de esta ciudad y que esa desesperante situación termina con el fallecimiento de ese ciudadano.

De sólo imaginar que algo así puede suceder, ya es terrible ¿no? Lamentablemente, esta escena fue real y la víctima se llamaba George Floyd, por quien hoy miles de estadounidenses han copado las calles para protestar y pedir justicia.

Si nos detuviésemos a analizar las circunstancias que rodean al hecho, intuiríamos que no se trata de un evento aislado de abuso de autoridad, sino de un nuevo caso – sí, otro más – de racismo y brutalidad policial contra la comunidad negra en Estados Unidos.

En efecto, este tipo de actos violentos suceden mucho más habitualmente en ese país que en otros. Y esto es así porque el fenómeno del racismo – a diferencia de lo que sucede en otras latitudes – está muy arraigado en la sociedad norteamericana, a tal punto que su población lo ha naturalizado y/o normalizado – y lo que es más grave aún – se ha institucionalizado, como lo evidencia el proceder de las fuerzas policiales.

Sin embargo, hay que ser rigurosos y aclarar, que este sentimiento de superioridad de la raza blanca, no sólo se ha canalizado a través del “ensañamiento policial” contra la raza negra, sino que también se ha reproducido y consolidado a lo largo del tiempo a través de la profundización de las desigualdades y disparidades entre ambas comunidades, ya sea en términos de ingresos, indemnizaciones, acceso a la salud, calidad de la educación, tipo de condena, etc.

Por lo tanto, en Estados Unidos el racismo es uno de los tantos problemas estructurales y sistémicos, que data desde los tiempos de la colonia y que ningún gobierno desde entonces ha podido erradicar.

Si bien la muerte de Floyd ha sido el desencadenante, es este marco de impunidad e injusticia el que ha generado que la ola de protestas se haya convertido en la más grande desde 1968, año en que fue asesinado Martin Luther King.

No obstante ello, consideramos que existen tres componentes adicionales que han contribuido a que la gente salga a la calle como lo ha hecho.

En primer lugar, la oportunidad de contar con un registro visual (impensado un tiempo atrás) de como George Floyd había sido cruelmente maltratado por la policía y luego asesinado de forma impiadosa. Sin dudas, ver con tus propios ojos una situación así, provoca una reacción muy diferente a lo que sería el relato de la situación.

En segundo lugar, que este hecho ocurrió en el contexto de una pandemia en el que Estados Unidos es el país más golpeado, y su población afroamericana, la que mayormente la está padeciendo. ¿Y por qué esto es así? Porque en una sociedad donde existen prácticas racistas y de segregación, es común que estas personas se desempeñen en trabajos de los que actualmente se consideran “esenciales”, y que por su naturaleza, son los más expuestos al contagio.

Además, producto de aquellas desigualdades estructurales, no cuentan con los mismos privilegios y/o recursos que los demás ciudadanos poseen para hacerle frente a la enfermedad. En este sentido, esas disparidades se agravan en una crisis como la actual.

Por último, la reacción y respuesta inoportuna de Donald Trump. A pesar de que en un principio lamentó la muerte de Floyd, no pasó mucho tiempo para que se posicionara firmemente en contra de las protestas, “criminalizándolas” y amenazando con desplegar a las fuerzas militares para contenerlas. A partir de ese momento, sus discursos se tiñeron de un lenguaje provocador y violento. Así, cuando sus ciudadanos necesitaban de un líder que calme los ánimos y ofrezca soluciones al problema de fondo, Trump apostaba a la exacerbación de la violencia.

Para finalizar, consideramos pertinente señalar que el racismo no es un fenómeno natural. Nadie nace con sentimientos de superioridad. Es simplemente una construcción política-social. Y así como se construye, también se puede destruir, enseñando a abandonar esas prácticas y las ideas que las sustentan. Ese es el mayor desafío y la gran deuda que Estados Unidos tiene por delante con su gente.

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