El mito aislacionista y la revalorización del autonomismo

El mito aislacionista y la revalorización del autonomismo

En los últimos años, muchas veces hemos escuchado decir que “Argentina estaba aislada del mundo”. Con el advenimiento del peronismo, esta idea volvió a tomar impulso. Sin embargo, el discurso “aislacionista” no es reciente ni tampoco es exclusivo de nuestro país, habiendo sido también reproducido en otros rincones de América Latina desde el comienzo de la Guerra Fría.

Quienes sostienen esa postura generalmente contraponen el concepto de “aislamiento” con el de “inserción” y lo miden basándose en criterios bastante discutibles como el grado de apertura comercial, el grado de inserción al sistema financiero internacional y/o el tipo de países con los que se establecen vínculos estrechos o se construyen alianzas estratégicas.

No obstante, la tenacidad con la que se ha reiterado ese discurso debería hacernos reflexionar acerca de su intencionalidad. Y si nos sumergimos en ese ejercicio intelectual, corroboramos que la propagación de ese discurso no tiene nada de casual o accidental, sino que más bien responde a una tendencia propia de quienes pertenecen o adhieren a un paradigma particular dentro del campo disciplinar de la política exterior: el paradigma “globalista” u “occidentalista”.

Esta corriente de pensamiento, a grandes rasgos, propone que el país periférico, para alcanzar el progreso y el desarrollo económico, no sólo debe llevar adelante una apertura económica e integración global indiscriminada, sino que también debe alinearse automáticamente con la potencia hegemónica (Estados Unidos), ya que sólo a través de la cooperación – más no la confrontación – y la aquiescencia de su influencia, dicho país obtendría beneficios.

Por extensión, cualquier intento de tomar un camino autónomo y adoptar medidas de carácter proteccionista, es identificado con la puesta en marcha de una política “aislacionista” y opuesta a la “inserción” internacional. Así, para quienes se identifican con esta posición, autonomismo, proteccionismo y aislacionismo son la misma cosa.

Por consiguiente, cuando algunos sectores políticos hablan de “aislamiento” y la necesidad de “volver al mundo”, deberíamos tener en cuenta que normalmente lo hacen ubicados en esta corriente de pensamiento, en la que el “mundo” es percibido o identificado con la gravitación de un número reducido de actores: las potencias occidentales y la comunidad económica financiera internacional.

Este pensamiento, por ejemplo, es el que ha estado detrás de lo que en Latinoamérica se ha dado a llamar como el “giro a la derecha” en los últimos años, y en el que hoy el Brasil de Jair Bolsonaro parece ser el ejemplo más exponente.

Esto se observa, principalmente, en lo que hace al alineamiento automático con Estados Unidos: retiro de su candidatura a la presidencia del BID a favor de la candidatura norteamericana; la embestida contra la OMS y la amenaza de retirarse de dicho organismo después de que Estados Unidos hiciese lo mismo; su apoyo incondicional en la crisis venezolana; su aceptación a ya no ser calificado por aquel como “país en desarrollo” y a perder el trato especial y diferenciado del cual goza en la OMC; entre otros.

Ahora bien, dicho esto, consideramos que identificar “autonomía” con “aislamiento” es excesivo, y además, reduce las alternativas de aumentar nuestro margen de maniobra internacional. Existen “grises” entre una integración global ingenua y un aislamiento internacional estéril.

Así parece que lo han entendido aquellos países que, insertos en un contexto regional e internacional particular, están ensayando algún tipo de política exterior con rasgos autonomistas en los términos que Juan Carlos Puig – ex canciller argentino y teórico de política exterior – la definía: una “autonomía heterodoxa” en la que la elite gobernante no rompe con la potencia hegemónica, pero sus expectativas y proyectos pueden, o no, coincidir con los deseos de ésta, sabiendo diferenciar cuando están en juego los intereses particulares de la potencia y cuando lo están aquellos referentes al área de influencia al que dicho país pertenece.

De este modo, la estrategia consiste en adoptar una política exterior que tenga como objetivo el logro de una mayor autonomía para el país, sin perder de vista los intereses nacionales y en la que “autonomía” e “inserción” sean abordadas de forma complementaria y no mutuamente excluyente.

Este parece ser el caso de Argentina, a través de lo que Alberto Fernández ha catalogado como “dinamismo pragmático”. O bien el caso de México, que a la vez que busca aumentar su perfil internacional, se diferencia con Estados Unidos al adoptar una postura de no intervención en los asuntos internos de Venezuela.

En suma, deconstruir el mito “aislacionista” nos permite revelar la intencionalidad política que existe detrás de la reiteración de su discurso y revalorizar la adopción de políticas autonomistas como una propuesta de política exterior pertinente para insertarse en el actual contexto regional e internacional.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.