Cisjordania: la última ofensiva israelí

Cisjordania: la última ofensiva israelí

El conflicto palestino – israelí vuelve a sumar otro capítulo. Esta vez, por el plan de anexión de Israel del 30% del territorio de Cisjordania.

Recordemos que esta región – la cual Palestina espera que sea parte del territorio de su futuro Estado independiente – ha estado ocupada militarmente por el Estado de Israel desde la Guerra de los Seis Días en 1967, año en el que también éste último ha iniciado un proceso de colonización del territorio, plasmado en la construcción y consolidación de asentamientos judíos, que se mantiene hasta el día de hoy.

En consecuencia, dado el impacto político que tendría una potencial anexión de parte del territorio de Cisjordania, merecen considerarse algunos aspectos claves en relación al ambicioso plan.

Para comenzar, un primer aspecto a tener en cuenta tiene que ver con su alcance e implicancia en términos de “territorio”. De llevarse a cabo, incorporaría formalmente al Estado de Israel los asentamientos/colonias judías establecidos dentro de Cisjordania desde 1967.

Esto, lisa y llanamente, significaría la total inviabilidad de un futuro Estado palestino-árabe dentro de Cisjordania. ¿Por qué? Porque un porcentaje de la población palestina pasaría a vivir en enclaves dentro de su propia región. Es decir, en territorios sin contigüidad geográfica, totalmente inconexos entre sí. Así, a la primera división de su territorio por Israel en 1948 – separando la Franja de Gaza de Cisjordania – ahora se le sumaría una segunda división dentro de la misma Cisjordania.

Otro de los territorios que es contemplado en el plan de anexión es el estratégico valle del Jordán. Según el gobierno israelí, extender soberanía sobre esa región le permitiría controlar el flujo de armas desde Jordania hacia Cisjordania para aprovisionar a la resistencia palestina. Sin embargo, no debemos desestimar el valor que el valle del Jordán tiene como principal fuente de agua segura y directa para Israel, siendo uno de los recursos que más escasea en su territorio y sumamente importante para la vida humana y el desarrollo de actividades agrícolas.

Por último, una ciudad sagrada y sensible como Jerusalén también sería totalmente incorporada a la soberanía israelí. De este modo, Palestina se vería imposibilitada de establecer, en Jerusalén Este, la capital de su futuro Estado.

Un segundo aspecto a tener en cuenta es el referido al contexto en el que se enmarca el plan del líder israelí.

A nivel internacional, el plan se encuadra dentro de lo que se dio a conocer como el “Acuerdo del Siglo”, esto es, el plan de paz presentado por Estados Unidos a principios de este año. Dicho plan contempla el reconocimiento y la legitimación de los asentamientos judíos en la parte de Cisjordania ocupada por Israel, por lo que favorece o da luz verde a la incorporación formal de esos territorios al Estado judío. Razón por la cual Netanyahu desea acelerar el proceso de anexión, ante un posible relevo en la Casa Blanca tras las elecciones de noviembre.

A nivel regional, el conflicto palestino-israelí ya no es la “madre de todos los conflictos” en Medio Oriente. El foco de atención y preocupación del mundo árabe, primero, se desplazó hacia la Primavera Árabe – a principios de la última década -, y hoy, se desplaza hacia la rivalidad iraní-saudita por la hegemonía regional. Esto ha favorecido considerablemente el margen de acción del Estado de Israel, que ha logrado “encapsular” al conflicto, convirtiéndolo en un conflicto doméstico, sin intervención internacional.

La anexión también se ha visto propiciada por factores de índole doméstico. El primer ministro Benjamín Netanyahu está siendo investigado por corrupción y no se descarta un escenario de encarcelamiento por dicho delito. En consecuencia, la anexión de Cisjordania es utilizada como un medio para ganarse la adhesión o apoyo que necesita de los sectores políticos de derecha  y ultra-ortodoxos proclives a la adquisición territorial.

Y para finalizar, otro aspecto a tener en cuenta es su conformidad legal con los acuerdos previos alcanzados entre las partes en relación al conflicto. Y en este sentido, lo que principalmente se percibe es que el plan de Netanyahu rompe con la base jurídica de los acuerdos de Oslo, al proclamar unilateralmente la anexión, sin negociaciones directas y bilaterales con Palestina, como establecen estos acuerdos de la década del 90. Lo más llamativo es que en repetidas ocasiones Israel ha recurrido a esa base legal para disuadir la proclamación unilateral por parte de Palestina de un Estado propio.

En suma, si bien algunas desavenencias han retrasado su ejecución, lo que está claro es que en caso de llevarse adelante la anexión, ello supondría la profundización de la fragmentación del territorio palestino, y más aún, la disminución del espacio territorial para un futuro Estado palestino-árabe.

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