México-EEUU: el difícil equilibrio de López Obrador

México-EEUU: el difícil equilibrio de López Obrador

“Pero lo que más aprecio, es que usted (Donald Trump) nunca ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía. En vez de la Doctrina Monroe, usted ha seguido (…) el sabio consejo de (…) George Washington quien advertía que las naciones no deben aprovecharse del infortunio de otros pueblos”. Con estas palabras cerraba su discurso el presidente de México Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en su visita a Estados Unidos para celebrar la entrada en vigencia del nuevo tratado de libre comercio entre ambos países y Canadá (T-MEC), a principios del corriente mes.

Lógicamente, semejantes elogios y halagos – que no serían los únicos – no pasarían desapercibidos, ni al interior del propio país, ni en la región, sorprendiendo a propios y extraños. Así, se abrían algunos interrogantes de cara al futuro: ¿estaba AMLO traicionando sus ideales y contradiciendo las promesas por las cuales había sido electo? ¿Volvía México – una vez más – a postrarse ante la presión de Estados Unidos, sentenciando la muerte del flamante eje progresista impulsado con Alberto Fernández?

A priori, la respuesta podría ser afirmativa. Sin embargo, un análisis prudente y minucioso, nos permite sostener que el gobierno de AMLO está tratando de mantener un equilibrio entre sus ideales y los intereses del país en un contexto determinado, dada la aceptación y reconocimiento de ciertos factores estructurales y coyunturales que condicionan su política exterior.

Para empezar, debemos tener en cuenta que, dada su condición geopolítica de país limítrofe de una potencia mundial, México no es cualquier país para Estados Unidos. Quiera o no serlo, el país azteca está en la zona de influencia de Estados Unidos y, a diferencia de otros países de la región, ello siempre va a ser un condicionante para el objetivo de llevar adelante una política exterior completamente soberana y/o autónoma.

En segundo lugar, esa condición geopolítica ha propiciado – sobre todo en un contexto de globalización – una realidad que ningún presidente mexicano puede soslayar: la creciente interdependencia entre ambos países.

Por un lado, interdependencia en términos económicos. No sólo en lo que respecta a comercio e inversiones, sino también respecto a demanda y oferta laboral, que ha llevado a miles de mexicanos a emigrar hacia Estados Unidos en búsqueda de mejores oportunidades laborales y de vida. Este fenómeno ha sido y es uno de los factores que más ha ligado el destino de ambos países. Hoy el T-MEC (antes TLCAN) es el fiel reflejo de este tipo de interdependencia.

Por otro lado, interdependencia en términos de seguridad. A la compleja  situación en torno a la construcción del polémico muro, se suman las presiones del gobierno estadounidense para que el gobierno mexicano asuma un rol más activo en la contención de los flujos migratorios, procedentes tanto de su país como de América Central. Ello sin contar la común preocupación en torno al narcotráfico y el crimen organizado.

En tercer lugar, en el contexto de una pandemia en el que la cooperación internacional es vital, México no se ha podido dar el lujo de desestimar el apoyo de Estados Unidos para la adquisición de equipos e insumos médicos necesarios para tratar a sus enfermos de Covid-19. Este ha sido un factor coyuntural adicional que sin dudas ha tenido que ser considerado por AMLO.

Finalmente, Obrador también es consciente de que existe un factor de naturaleza ideológica que no puede soslayar: el giro a la izquierda que representó su llegada al poder de México y las expectativas de un verdadero cambio generadas en torno a su gobierno. Por lo tanto, ello también es considerado por el presidente mexicano, como puede verse en los vínculos estrechos que ha establecido con gobiernos como el de Alberto Fernández, o bien, en su oposición a Estados Unidos en asuntos como Venezuela, donde tomó la decisión – mantenida hasta el día de hoy – de no intervenir en sus asuntos internos (lo que también responde a una tradición diplomática).

En suma, si bien en el plano discursivo quizás AMLO debería haber sido menos efusivo cuando se dirigió a su par estadounidense, existen ciertos elementos que nos permiten concluir que no necesariamente lo que sucedió ese día haya sido el inicio de un giro en su política exterior, sino más bien una respuesta a la necesidad de adaptarse a un contexto internacional incierto y a la necesidad de llevar adelante una política pragmática, que sin dejar de lado las convicciones, tenga en cuenta ciertos factores estructurales y coyunturales que condicionan la política exterior de México. El tiempo dirá si el gobierno de López Obrador es capaz de sostener este tipo de política o termina cediendo a las presiones del norte.

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