Trump vs Biden: el debate que no fue

Trump vs Biden: el debate que no fue

Conforme a una tradición en Estados Unidos, el pasado martes 29 de septiembre, en Cleveland (Ohio), se llevó a cabo el primer debate presidencial entre los candidatos Donald Trump (Partido Republicano) y Joe Biden (Partido Demócrata) en la antesala de las elecciones del próximo 3 de noviembre.

Quienes seguimos en vivo y en directo la transmisión del primer cara a cara por la presidencia de Estados Unidos, lo hicimos con la expectativa de escuchar lo que los aspirantes tenían para decir acerca de seis ejes temáticos considerados cruciales para el electorado norteamericano.

Sin embargo, lo que se esperaba que fuese un debate – es decir, un intercambio y contraposición de ideas y propuestas – terminó asemejándose a la pelea entre dos niños caprichosos, en la que lo único que importaba era ganar la discusión y anular al otro, convenciendo al público de que cada uno de ellos decía la verdad y el contrincante mentía.

De este modo, asistimos a un “debate” caracterizado por un alto grado de confrontación y agresividad verbal, en donde la interrupción, la intimidación, la acusación y el ataque personal, estuvieron a la orden del día. Algo que llama poderosamente la atención en un país que es considerado un faro en lo que respecta a las formas en la que se desenvuelve el intercambio político y al respeto de la institucionalidad.

Sí, es cierto: uno de los que comparecía era Donald Trump, bien conocido por su personalidad y estilo confrontativo, y por romper con las formas tradicionales de hacer política. Pero su provocación y el hecho de que Biden – considerado parte del establishment político – en no muy pocas ocasiones haya “entrado” en el juego con el cual Trump se siente más cómodo,  hizo que el debate perdiera su verdadera esencia. Un verdadero reflejo de lo polarizada y dividida que está la sociedad estadounidense.

Ahora bien, adentrándonos en lo que fue el “debate” en sí mismo, me gustaría destacar tres elementos que se hicieron presentes y que en cierta medida contextualizan o definen el proceso eleccionario en el país del norte.

En primer lugar, la insistencia en el discurso de Donald Trump de la idea de que Biden es un socialista extremista y que en caso de ganar, su victoria significaría la instauración del socialismo/comunismo en Estados Unidos y la conversión de este país en una nueva “Cuba” o “Venezuela”.

Lo cierto es que esta acometida sólo es parte de un pequeño cambio en la estrategia discursiva de Donald Trump, en la cual se intenta incorporar instrumentos propios de lo que se conoce como “derecha alternativa”, la cual llama a emprender una lucha ideológica y universal contra la herencia de la cultura marxista. Así, a quien hay que vencer es al “enemigo comunista”, y a nivel interno, los demócratas representarían ese enemigo.

En segundo lugar, en qué aspecto de la temática sobre el racismo y la violencia – decisiva en estas elecciones – puso el acento cada candidato, evidenciando a qué sectores y demandas responden:

Por el lado de Trump, auto-denominándose como el representante de la “ley y el orden”, su discurso hizo hincapié en la violencia de los manifestantes en las protestas contra el racismo. De este modo, cuando se le dio la oportunidad de condenar y repudiar el racismo y la violencia de los supremacistas blancos, eludió hacerlo, prefiriendo llamar la atención sobre el rol de “Antifa” – grupo de extrema izquierda – en la ola de protestas seguida a la muerte de George Floyd.

Por el lado de Biden, su discurso se centró en el problema del racismo que subyace en las instituciones del gobierno y en la necesidad de trabajar en unión para erradicar esa problemática, apelando al voto afroamericano.

Finalmente, el hecho de que un tema como la “integridad de las elecciones” haya sido sometido a debate en Estados Unidos, un país cuyo sistema político y democracia son vistos como un modelo a seguir para el mundo.

Y esto necesariamente tiene que ver con la incertidumbre y el temor, que un candidato imprevisible y disruptivo como Donald Trump, busca generar en la opinión pública, cuando semanas antes de las elecciones – y sabiendo que va por detrás en las encuestas – ya comienza a hablar de un fraude masivo y de la posibilidad de que el proceso electoral no termine de la mejor manera.

En suma, si hacemos un balance del primer debate presidencial, es poco probable que el mismo haya logrado convencer a quienes aún no tenían decidido su voto, y está claro que el único ganador fue el ruido y la incertidumbre que dejó a su paso. Veremos cómo se desarrolla el próximo encuentro, en principio programado para el 22 de octubre.

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