La crisis del “excepcionalismo estadounidense” y su impacto en las próximas elecciones presidenciales

La crisis del “excepcionalismo estadounidense” y su impacto en las próximas elecciones presidenciales

El mundo está a la expectativa de lo que sucederá el próximo martes 3 de noviembre, cuando Estados Unidos acuda a las urnas para elegir a un nuevo presidente. ¿Podrá Donald Trump renovar su mandato presidencial?  ¿Será Joe Biden quien haga realidad la vuelta de los demócratas al poder? Tendremos que esperar unos días para saber la verdad.

Sobre lo que sí estamos hoy en condiciones de considerar es acerca de lo que el país y el pueblo estadounidense se juegan en estas elecciones. Crisis de representatividad, inequidad social, racismo estructural y violencia policial – por citar sólo algunos de los problemas que aquejan a la sociedad norteamericana – son todos síntomas de una profunda crisis de valores y de identidad que atraviesa la primera potencia mundial, y que sin dudas, se reflejará en las elecciones del próximo martes.

Con rigurosidad, lo que está puesto en tela de juicio o discusión – y que también está detrás de su retroceso y debilitamiento en el plano internacional – es aquello sobre lo cual descansa y se ha construido la identidad nacional de este país: el “excepcionalismo estadounidense”.

En pocas palabras, podemos definirlo como una fuerza o creencia arraigada según la cual Estados Unidos tendría la misión providencial de liderar el mundo, habida cuenta de su condición de país “excepcional”, con una cultura, modelo o  sistema político “excepcional”, que por su éxito, tiene la obligación moral de exportar y/o proyectar al resto del mundo, y éste, inevitablemente, aceptar o emular.

En este sentido, son los postulados que sustentan esta narrativa de excepcionalidad, los que entran en crisis. Veamos algunos de ellos:

“El mejor sistema democrático del mundo”. Siempre, en ejercicio de su excepcionalidad, Estados Unidos ha buscado presentarse como el mejor sistema democrático del mundo. Pero en los últimos años, podemos ver que esta idea ya no necesariamente coincide con la dinámica del sistema político. Esto lo vemos reflejado, por ejemplo, en las dudas que el presidente norteamericano ha sembrado en cuanto a la transparencia del proceso electoral y su amenaza de no reconocer el resultado si le es adverso. O bien, en la violación de la norma según la cual no se puede hacer campaña electoral en la Casa Blanca.

“La existencia de una sociedad buena y equilibrada, donde no existen las diferencias sociales”. Lo cierto es que el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres y la acentuación de las diferencias de clase y raciales que existen hoy en Estados Unidos (particularmente, en desmerecimiento del ciudadano afro-descendiente y el inmigrante) son un claro ejemplo de que el país dejó de ser un ejemplo en materia de cohesión, igualdad e integración social.

“Una ubicación geográfica privilegiada, geopolíticamente aislada de conflictos y ataques”. Esta idea que hace al componente ambiental/geográfico de su excepcionalidad, hoy también entra en discusión, frente a amenazas globales como el terrorismo, la pandemia y el calentamiento global.

En consecuencia, la pregunta surge naturalmente: ¿son ambos candidatos idóneos en la búsqueda de una respuesta a este desafío, que satisfaga las expectativas del pueblo estadounidense?

Al igual que en los comicios de 2016, nuevamente todo se reduce a la ecuación entre “establishment” y “anti-establishment”

Por el lado de Donald Trump – cuya aparición no es causa sino consecuencia de esta crisis identitaria -, si bien representa la opción del anti-establishment (condición que estaría más en sintonía con las demandas populares), adhiere a un populismo de derecha (hoy también añadiendo elementos de la derecha alternativa) que en lugar de representar una solución a los problemas estructurales del país, los fomenta y potencia, favoreciendo la división y la exclusión social.

Por el lado de Joe Biden, si bien ha incorporado a su agenda parte de los postulados de la nueva izquierda o socialismo estadounidense (que representa a un vasto sector del Partido Demócrata y de la sociedad norteamericana) y  apuesta a la búsqueda de acuerdos y consensos políticos y sociales, no deja de ser parte de ese establishment político, que en estrecha vinculación con el  establishment económico del capitalismo financiero, han estado detrás de la actual crisis política, económica, social y cultural que golpea a Estados Unidos.

En suma, si bien Biden podría representar una atenuación de las definiciones políticas de un líder como Trump (cuya gestión sólo ha profundizado la actual crisis de identidad y se espera que si gana sea igual o peor), la realidad es que no llega a representar un verdadero y profundo cambio para lo que el pueblo estadounidense demanda. A menos que se escuche su voz y se intente corregir el camino. O bien, que dicha narrativa de excepcionalidad sea debatida, modificada, o incluso, abandonada.

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