Primera crisis migratoria de la era Biden: ¿el fin de la esperanza?

Primera crisis migratoria de la era Biden: ¿el fin de la esperanza?

“No vengas, no arriesgues a tu familia y tus hijos y no te expongas a los peligros del camino…no vengan”. Este es el mensaje que el gobierno de Joe Biden decidió emitir tras la llegada de miles de migrantes centroamericanos a la frontera con México en busca de mejores oportunidades de vida en Estados Unidos.

Sin dudas, un comunicado con un alto valor simbólico, ya que el mensaje final pareciera ser: “no queremos más migrantes en nuestro país”. Un recado duro y contundente para quienes tenían la esperanza que con la llegada de Biden al poder estadounidense, las puertas se abrirían fácilmente.

Pero la disuasión no sólo se llevó a cabo en el plano discursivo. Fue acompañada de acciones concretas sobre el terreno, con la detención y posterior expulsión de todos aquellos que llegaron a cruzar la frontera y pisar suelo estadounidense (a excepción de los menores no acompañados, quienes fueron acogidos en albergues de forma transitoria).

¿El resultado? El repunte del número de detenciones y la saturación de los albergues transitorios, poniendo a la nueva gestión demócrata ante su primera crisis migratoria y su primer gran desafío, tras cumplirse dos meses de su llegada a la Casa Blanca.

Muchos atribuyen el aumento de los cruces fronterizos al “efecto llamada” producido por la asunción de Biden y sus proyectos de ley para regularizar la situación de millones de inmigrantes ilegales.

No obstante, si bien la llegada de un gobierno que a priori se manifiesta más “humano” y considerado en materia migratoria, siempre es un atractivo para quienes deciden emigrar, no hay que olvidar que este fenómeno no es nuevo y que obedece a causas más profundas que tienen que ver con la realidad compleja que les toca vivir y afrontar en sus países de origen, donde la violencia, la pobreza, la falta de oportunidades, la inestabilidad política y los desastres naturales (como el paso de los huracanes Eta e Iota) son moneda corriente.

Ahora bien, al mismo tiempo que la Administración Biden sorprende expulsando a los centroamericanos que acaban de arribar, les pide paciencia para concretar un sistema por el cual puedan realizar sus solicitudes de asilo desde sus países de origen, sin tener que sumergirse en una travesía con los riesgos que ya todos conocemos.

¿Pero es razonable pedirles paciencia a personas que literalmente están viviendo una crisis humanitaria en sus países de origen? ¿Se les puede pedir que sigan esperando después de cuatro años de ser tratados inhumanamente por el gobierno de Donald Trump?

Es cierto, Biden “recién” se estrena en el gobierno y mucho de lo que sucede en su frontera sur, es consecuencia de años y años de indiferencia, destrato y mala gestión por parte de las administraciones estadounidenses.

Sin embargo, el presidente demócrata no puede aducir haber desconocido de esta situación y de la probabilidad de que su arribo funcionase como un aliciente para la llegada de miles de centroamericanos.

Es por eso que si algo se le puede reprochar a Biden, no es haber asumido el cargo con la promesa de una profunda reforma migratoria que mejore la situación de esta considerable porción de la población estadounidense – factor que ahora los republicanos alegan como causa principal de la actual crisis fronteriza -, sino el no haber previsto y manejado la coyuntura con más prudencia, sin necesidad de recurrir a las ya bien conocidas medidas restrictivas e intimidatorias que empeoran aún más la situación de quien emigra.

Además, esta respuesta termina salpicando la imagen de un gobierno que se jacta de ser el promotor de una política migratoria más “razonable” y respetuosa de los Derechos Humanos. Imagen que también se deteriora ante la sospecha de que Estados Unidos ha chantajeado a México, ante la decisión de Washington de enviar al país azteca 2,5 millones de vacunas de AstraZeneca inmediatamente después de que este último haya decidido cerrar su frontera sur y desplegar un operativo de seguridad para contener la llegada de centroamericanos.

En suma, si bien Biden representa una esperanza y un cambio de tono significante en lo que se refiere a la cuestión migratoria, ha quedado claro que su primera respuesta a este desafío no ha sido la más prometedora y esperada.  Ahora resta por verse cómo evoluciona la situación, tras el reciente envío de una delegación estadounidense a México para abordar la problemática y definir una estrategia común.

Lo cierto es que sea cual sea la estrategia adoptada, Joe Biden no puede ni debe permitir que esta crisis se acreciente, habida cuenta de que en 2022 se celebran elecciones legislativas, y seguramente, el trumpismo intentará sacar provecho de una cuestión sensible para el país.

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