Los desafíos de la OTAN en la era Biden

Los desafíos de la OTAN en la era Biden

Como sabemos, la llegada de Joe Biden al poder de Estados Unidos, significó un giro de 180 grados con respecto a su antecesor, especialmente en materia de política exterior.

Así, en lo que respecta a esta dimensión sensible de la política estadounidense, uno de los capítulos donde mayores expectativas se generaron con el cambio de mando, fue en el de las relaciones de la primera potencia mundial con sus tradicionales aliados (entiéndase, países europeos), después de 4 años en los que Trump se encargó de llevarlas a su nivel más bajo.

Quizás, donde más expuesta haya quedado esa situación haya sido en el seno del que probablemente sea el máximo exponente o canalizador institucional de esos vínculos: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, o mejor conocida como OTAN.

Allí, las discusiones y debates fueron tan acalorados – principalmente, en lo que respecta al capítulo del aporte financiero de sus miembros – que su misma existencia y propósito fueron puestos en tela de juicio: recordemos que el mismo Trump amenazó en reiteradas ocasiones con abandonar el organismo, y que el presidente francés, Emmanuel Macron – partidario de avanzar hacia una mayor autonomía en materia de defensa –, llegó a declarar que la OTAN estaba en “muerte cerebral”.

De este modo, la irrupción de Biden en el concierto internacional, con un perfil más moderado, dialoguista y con una fuerte apuesta al multilateralismo, representa una bocanada de aire fresco para los vínculos occidentales.

Precisamente es en aquel ámbito multilateral donde ahora se abre una oportunidad única para relanzar y renovar la relación transatlántica, a partir de la Cumbre de Líderes de la OTAN que tendrá lugar el próximo 14 de junio en Bruselas.

Ahora bien, que un factor tan desestabilizador e impredecible como Trump ya no esté y que ahora existan más incentivos para la convergencia de intereses entre los actores, no significa que los obstáculos y desafíos hayan desaparecido para una Alianza Atlántica que está en proceso de redefinición.

Así, uno de ellos procede desde el seno de la misma OTAN, de la Turquía “neo-otomana” de Recep Tayyip Erdogan (segundo mayor ejército de la entidad), la cual históricamente nunca se ha sentido cómoda dentro del organismo, y en consecuencia, ha fluctuado entre el acercamiento y la distancia con Occidente.

En la actualidad, la relación entre Turquía y sus socios de la OTAN no está pasando por el mejor momento.

Por un lado, con la Unión Europea (UE), las tensiones responden, principalmente, a la disputa geopolítica que Turquía y dos de sus miembros, Chipre y Grecia, están teniendo en el Mar Mediterráneo por la presencia de yacimientos petrolíferos y gasíferos en su interior.

Por el otro, con Estados Unidos, los recelos suelen obedecer al estrechamiento de lazos de Turquía con Rusia, con quien últimamente ha emprendido iniciativas geopolíticas desafiantes y ha llevado a cabo importantes negocios, sobre todo en lo que respecta a la compra de armamento militar.

Adicionalmente, con el reciente reconocimiento de Biden del genocidio armenio por parte del Imperio Otomano en 1915, es muy probable que el vínculo turco-estadounidense se deteriore aún más.

Un segundo desafío – como no podía ser de otra forma – lo constituye ciertamente la Rusia de Putin, que durante el mes pasado ha llevado a cabo  su mayor despliegue militar en la frontera con Ucrania desde 2014, y con quien Biden, desde su asunción, ya ha tenido numerosos desencuentros.

Es por esta razón que se espera que el presidente demócrata se apoye en sus socios de la OTAN para contrarrestar y contener su amenaza, aunque habrá que ver a cuánto están dispuestos a comprometerse estos actores, teniendo en cuenta su creciente dependencia del gas ruso (principalmente, Alemania).

Finalmente, sin lugar a dudas, una tercera variable a ser considerada por la Alianza Atlántica, lo será “China”.

Aunque en este caso Estados Unidos deja un margen de cooperación con el gigante asiático en lo que respecta a desafíos globales, sabemos que ambos países están inmersos en una disputa por el poder global, y por consiguiente, aquí también se espera que Biden aborde este desafío de manera multilateral, apelando al apoyo de sus aliados tradicionales en la contención del expansionismo chino. Empresa que tampoco será tan fácil teniendo en cuenta la creciente influencia y entrada de China en el viejo continente, principalmente a través de grandes inversiones.

En suma, si bien con Biden se abre una nueva era de optimismo y sintonía política en las relaciones transatlánticas, plasmadas principalmente en la OTAN, la existencia de importantes desafíos internos y externos constituye una verdadera prueba de fuego para la cohesión de la alianza y la convergencia de intereses entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales.

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