Algunas reflexiones sobre el conflicto palestino-israelí y la posición de Argentina al respecto

Algunas reflexiones sobre el conflicto palestino-israelí y la posición de Argentina al respecto

La que en un tiempo solía ser “la madre de todos los conflictos” y que hoy ya no lo es, de vez en cuando golpea la puerta de la comunidad internacional para recordarle que aún existe, que allí está, encapsulada en el corazón de Medio Oriente.

Esto fue lo que sucedió el pasado 10 de mayo, cuando el mundo quedó atónito tras ver las imágenes de cómo las milicias palestinas, Hamás y Yihad Islámica, lanzaban cohetes desde la Franja de Gaza hacia Jerusalén y el centro de Israel, dando inicio a un nuevo capítulo del conflicto palestino-israelí.

Sin embargo, estaríamos incurriendo en un error si al momento de comprender lo sucedido, nos quedáramos sólo con esas imágenes y no tuviéramos en cuenta el contexto más amplio en que dicho suceso ocurrió.

Así, no deberíamos ignorar el dato de que ese mismo lunes, previo al ataque de Hamás y Yihad Islámica, 300 palestinos habían resultado heridos en lo que fue un enfrentamiento con la policía israelí en inmediaciones de la mezquita de Al Aqsa, en la Ciudad Vieja de Jerusalén. En rigor, este altercado es parte de una escalada de enfrentamientos que se venía dando entre las fuerzas de seguridad israelíes y manifestantes palestinos, en la Explanada de las Mezquitas, desde el comienzo del “ramadán” (a mediados de abril).

A su vez, este mismo escenario violento se venía repitiendo en el distrito de Sheij Yarrah – barrio predominantemente palestino en Jerusalén Este, al norte de la Ciudad Vieja -, donde ha sobrevolado el fantasma del desahucio sobre decenas de familias palestinas, a partir de la embestida de un grupo de colonos judíos que esgrimen títulos de propiedad sobre dichos asentamientos.

En consecuencia, lo que estas tensiones vuelven a evidenciar es el alto grado de fragmentación y desintegración social que existe al interior de estos territorios, tornando imposible cualquier convivencia o coexistencia pacífica entre israelíes y palestinos. Una situación – vale aclarar – que es azuzada por el Estado de Israel, al hacer oídos sordos a los reclamos palestinos y llevar adelante una política de segregación social, mientras continúa avanzando sobre territorio palestino a través de una política de ocupación y asentamientos.

Ahora bien, Israel respondió y ello también merece una palabras.

Como vimos, el Estado judío no tardó mucho tiempo en desplegar todo su poderoso arsenal y armamento bélico, bombardeando a mansalva a diferentes objetivos de Hamás en la Franja de Gaza, lo que dejó como saldo más de 200 personas fallecidas, 120.000 desplazados y numerosas infraestructuras reducidas a escombros.

Por lo tanto, si comparamos este daño con aquel ocasionado por Hamás y Yihad Islámica en Israel (que se calcula en alrededor de 12 víctimas y daños materiales menores), salta a la vista que el poder de destrucción de Israel ha sido mayor, confirmando el carácter asimétrico del conflicto: de un lado, un actor de naturaleza estatal, con un sofisticado y poderoso armamento militar; del otro, un movimiento de resistencia cuyo equipamiento militar es mucho más rudimentario y no tiene comparación con el de su rival.

Es esta asimetría en el campo de batalla a la que hace alusión el comunicado de nuestra Cancillería cuando expresa su preocupación por el “uso desproporcionado de la fuerza por parte de unidades de seguridad israelíes”. Porque como vimos, la desproporción en el uso de la fuerza ha sido real, y como tal, se aparta del criterio de “proporcionalidad” señalado por el Derecho Internacional.

Por otra parte, que Argentina haya hecho hincapié en esta cuestión tiene que ver principalmente con el “juridicismo” o la recurrente apelación al Derecho Internacional, que ha sido una de las variables más persistentes de nuestra política exterior.

Del mismo modo puede leerse el reciente voto afirmativo de Argentina en Naciones Unidas para la creación de una comisión internacional que investigue presuntas violaciones de los DD.HH., antes y durante el conflicto armado: la defensa y protección de los Derechos Humanos puede encuadrarse dentro de la faceta juridicista de nuestra política exterior, además de que Argentina ha sabido convertirse en un referente mundial en esta materia.

Finalmente, me gustaría cerrar con una aclaración. Mucho se ha dicho acerca de que Argentina debería haberse solidarizado con Israel, entre otros motivos, por ser la “única democracia” en la región. Sin embargo, estas voces soslayan dos realidades:

En primer lugar, que hace mucho tiempo que Israel dejó de comportarse según los parámetros de un Estado democrático.

Y en segundo lugar, que si Israel es la “única democracia” en la región, no lo es por una cuestión de superioridad o progreso en comparación con sus vecinos, sino porque la democracia como tal no es una idea socialmente construida y compartida por esos países. De hecho, las potencias occidentales son las primeras en favorecer y apoyar regímenes autoritarios en Medio Oriente, ya que son vistos como sinónimo de estabilidad.

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