Una mirada sobre San Francisco

Una mirada sobre San Francisco

En uno de nuestros AQUÍ Y AHORA se expresó por uno de los invitados, en el marco de un debate sobre el rol de la prensa, que San Francisco era una ciudad chata. Tal afirmación en relación a un tema que no era el central de nuestra referida convocatoria, aunque expresada como parte de una reflexión sobre el cuadro de situación local de dicha problemática, como un argumento no central de la opinión que se expresaba, no dejó de llamar mi atención, generando las reflexiones que siguen.

En AQUÍ Y AHORA buscamos provocar la reflexión sobre distintos aspectos de nuestra realidad, en particular la de nuestra ciudad y zona, tratando siempre de convocar un abanico de opiniones que cubra, sino todo – el tiempo en televisión es harto tirano – por lo menos la mayor parte de los enfoques posibles. Dicha búsqueda de la pluralidad de opinión en los temas propuestos la completamos con el irrestricto respeto de las que expresan nuestros invitados. Sabemos que muchos de los temas que proponemos son complejos y que admiten, además enfoques diferentes, por lo que en el tiempo disponible para su análisis difícilmente el abordaje pueda ser exhaustivo o que las conclusiones lleguen a ser unánimes. Nuestra propuesta consiste en intentar instalar el debate sobre cuestiones que entendemos son de interés general a partir tanto de las opiniones de cada uno de nuestros entrevistados como de las de los dos conductores del programa – que en todos los casos son reflexiones u opiniones estrictamente personales – tratando de ofrecer a nuestra audiencia variados elementos de juicio que les permitan después de terminado el programa .si éste logró concitar su interés, continuar conversando en el seno familiar sobre las diferentes visiones que nos traen nuestros convocados.

Suele ocurrirnos que el fluir natural y no condicionado de las reflexiones de nuestros panelistas nos saquen del curso de reflexión propuesto. Respetuosos de la libertad de opinión de aquellos, condición básica de nuestra convocatoria, no ponemos cortapisas a tales desvíos dado que somos concientes tanto de lo enriquecedor que resulta el aporte que se hace con tales reflexiones como de que en ningún caso podemos agotar los temas propuestos. Es por ello posible que en el marco de una convocatoria para hablar sobre el rol de la prensa se termine reflexionado sobre las características de nuestra comunidad.

Tan largo prólogo es para explicar el porqué de estos comentarios sobre si San Francisco es o no una ciudad chata. Se trata de una metáfora. La afirmación que los genera no se refiere a la altura de nuestros edificios sino a las características que definen el perfil de nuestra comunidad. Fijado en ése marco la cuestión corresponde interrogarnos sobre qué se quiere expresar cuando se afirma tal característica de nuestra comunidad en el marco de un debate sobre el rol de la prensa y luego analizar si tal descripción se ajusta a la realidad.

La chatura o falta de altura a que alude el comentario, entendemos, no se refiere a la cantidad de oferta de medios de comunicación social de origen local que actualmente compiten que es la más alta de la historia de San Francisco, ni tampoco a la calidad periodística, las formas y contenidos, de los mismos. Entendemos que la alusión hace referencia a la falta de interés de nuestros conciudadanos por cuestiones de la naturaleza de la que generó la convocatoria.

En nuestra opinión personal los sanfrancisqueños no escapan a la media general respecto por grado de interés que muestran respecto de la actividad política. Creo que muchos, quizás la mayoría, están desilusionados  respecto de los protagonistas de la actividad política, desilusión que, por carácter transitivo, trasladan a la actividad que ellos desarrollan. Quizás, sin saberlo, coinciden en que la actividad de la política se expresa cabalmente con comentario del personaje de Tomasso de Lampedusa – El gatopardo –conforme al cual, en relación a los cambios reclamados por sectores sociales disconformes, el axioma fundamental es que es necesario cambiar algo para que nada cambie, para que todo siga igual. El ciudadano de a pie, el que no diseña sino que soporta sobre sus hombros los resultados o consecuencias de la acción política de sus “representantes”, está desilusionado de sus promesas a las que recibe con escepticismo y le cuesta sumarse a nuevas propuestas transformadoras.   

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