Regresiones preocupantes

Regresiones preocupantes

A veces suelo leer Perfil por sus columnistas, tanto por los que escriben regularmente como Jorge Fontevecchia, Alfredo Leuco, Nelson Castro o Pepe Eliashev, como también por los que suscriben notas ocasionales. Se trata de un proyecto periodístico que se puede o no compartir, pero que indudablemente es inteligente y de alta calidad. Hace unos días leí en una de sus ediciones una nota en la que se proponía a los lectores jugar a ser críticos del look de la Presidenta Cristina Fernández, de quien es notoria su dedicación a su figura y a su ropa, como también su predilección por determinadas marcas y su afición a las compras.

Tomando en cuenta que, salvo los espacios abiertos como expresión de pluralismo ideológico a artículos de opinión independientes o afines al gobierno, el contenido del proyecto editorial de Perfil está orientado a la defensa de valores relacionados con la libertad en su más variadas expresiones, el respecto irrestricto del régimen republicano y la democracia como sistema de convivencia, lo que la lleva a confrontar con la concepción de la política del actual gobierno, con sus expresiones concretas y a denunciar los excesos e irregularidades políticas y legales del gobierno y su entorno, creo que aquella invitación  a sus lectores a expresar sus opiniones sobre el estilo o forma de vestirse de la Presidenta no fue inocente.

Las respuestas fueron muchas. Casi todas desbordaron el tema propuesto y se tradujeron en ataques personales a la Presidenta, a la que se refirieron como “mono con cuello de tortuga”, “vieja operada, de mal gusto, con pantorrillas anchas y cara de odiosa […] muy grasa”, “rostro de odiosa, mala, antipática y amargada”, “cara de mal atendida”, “se cree una diosa y es una odiosa […] Grasa […] Asco es la palabra que mejor la define”, “inútil […] negra grasa“, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Catita total”, “si se nació grasa, se es grasa por toda la vida”, “[…] Kretina. Vestite, pintate o rodeate de quien quieras. Más allá de todo vos y tu descendencia fueron, son y serán GRASAS!!!!”, “nadie podrá borrar de su alma la huella de sus antepasados […] Y, al final, los gustos y predilecciones de los antepasados de Tolosa son imborrables en sus descendientes”, “Horrible, siempre fue gorda caderona de la cintura para abajo”, “lo peor de ella es su carácter de mierda”, “y su tonito de soberbia-melodramática”, “Da asco”, “¿No se da cuenta que está en un palacio y no en el barro de Tolosa?” y “Mucho Luís Vuitton pero es un mamarracho”.

Más allá  de señalar el mal gusto en vestirse – sobre lo cual es legítimamente opinar – o su adicción a determinados productos de alta gama -lo que es estrictamente cierto-,  lo que en realidad  atacan los comentarios glosados es a la persona de la Presidenta, y la atacan por motivos subalternos, porque, resumiendo, piensan que es una negra ordinaria, con cara de mal atendida, gorda de la cintura para abajo y de tobillos anchos… No  como nosotros/as, que somos de buena familia, cultos, elegantes por naturaleza y refinados. Si de desbordar la propuesta se trataba, podrían haber apuntado a criticar su estilo confrontativo, su ideología, su praxis política o su ineficacia de  gestión.

Se trata de comentarios elitistas, propios de quienes se consideran a sí mismos como integrando una categoría social cuya supremacía natural se pone en tela de juicio por la aparición de esperpentos generados por clases inferiores. No expresan inteligencia sino un sentimiento inferior: Odio o, quizás, Miedo.

Los comentarios glosados ponen de manifiesto lo peor del anti peronismo de 1955, como también revelan que existen en nuestra sociedad, disimulados intelectualmente, fuertes segmentos que siguen alentando el odio como forma de expresión política y una concepción de la sociedad dividida en clases.

A más de medio siglo del derrocamiento de Perón y a pesar de todas dolorosas las experiencias vividas, continúa persistiendo en sectores de nuestra sociedad un clima de confrontación, de descalificación viseral del adversario, con quien no se dialoga ni a quien se intenta entender.

Es lamentable que tales expresiones se hayan recogido de manera acrítica por parte del medio que las provocó. Las mismas sólo sirven para regodeo de quienes así, anónimamente, se expresan y para solaz de algunos, espero que sean una minoría, de los que leen la publicación.

Es cierto que los medios de comunicación social, para cumplir acabadamente con función, deben estar abiertos al pensamiento plural y por ello recoger también expresiones notoriamente contrapuestas con su propia línea editorial. Pero, cuando así lo hacen, dejan puntualizada, aún brevemente, ésa situación. Esto no ocurrió en el caso que nos ocupa, y es lamentable.

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