Un nuevo dilema

Un nuevo dilema

En un claro ejemplo de la poca vida que suelen tener las buenas intenciones, quedó claro esta semana que el problema del terrorismo internacional no desaparecerá como resultado de la nueva política exterior de los EE.UU. La Casa Blanca intentó usar la reunión entre Barak Obama, Hamid Karzai y Asif Ali Zardari para destacar la perspectiva regional orientada a atacar el problema del terrorismo internacional. La reunión terminó siendo una ilustración de la complejidad de la situación y el dilema que aguarda a Obama en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán.

Los intercambios entre los jefes de estado demostraron la importancia que tiene la relación bilateral entre cada una de las naciones y los Estados Unidos. Mostró mucho menos la existencia del diálogo y del dinamismo necesario en una relación entre países que enfrentan a un enemigo común. La alternativa regional propuesta por Obama podría terminar siendo un problema más y una solución menos. La debilidad de su iniciativa resta en la propia incertidumbre de sus dos interlocutores. Tanto en Afganistán como en Pakistán, los problemas internos son ahora una importante preocupación para la comunidad internacional.

En Afganistán, el problema con los talibanes sigue siendo fundamental, sobre todo en las provincias del sur. Es cierto que la popularidad de los talibanes es ahora más limitada. Pero para un gobierno con recursos tan limitados como el de Afganistán el problema de la violencia interna sigue siendo el principal obstáculo para lograr la buscada estabilización. Sin la presencia de las tropas extranjeras es posible que Afganistán ya hubiera caído nuevamente en el abismo de la violencia y el extremismo que desataron los talibanes cuando ocuparon el poder. Karzai se ha visto en la difícil situación de tener que armonizar sus propios problemas internos con las demandas que presenta la comunidad internacional en la lucha contra el terrorismo en general y los talibanes en particular.

La situación es peor en Pakistán, donde el nuevo gobierno democrático del esposo de la asesinada Benazir Bhutto enfrenta a una insurgencia cada vez más activa. Los extremistas islámicos siguen anexando territorios y en días recientes provocaron un serio enfrentamiento con el ejército pakistaní. El avance de los extremistas desde el valle de Swat y por el distrito de Bunner llega peligrosamente cerca a Islamabad, y al centro del poder económico y político de la nación. Pakistán se enfrenta a su propio dilema de seguridad nacional. No puede darse el lujo de ignorar el límite con India en el este y también debe responder a una insurgencia interna que llega desde el norte. El envío de 135.000 tropas como respuesta a dicho avance podría ser todo lo que están dispuestos a hacer las autoridades militares.

A pesar de estas últimas decisiones, el gobierno de Pakistán ha demostrado cierta ambivalencia con respecto al tratamiento de los insurgentes dentro de sus propias fronteras. Esta duplicidad ha sido motivo de preocupación desde hace tiempo, cuando el gobierno de George W. Bush no dudó en apoyar militar y económicamente al gobierno autoritario del general Pervez Musharraf. La situación interna en Pakistán parece ahora demostrar que dichas preocupaciones eran meritorias ya que este gobierno no parece tener la capacidad, o el apoyo político necesario para enfrentar decididamente a la insurgencia. Las propias palabras del Primer Ministro sirvieron de ejemplo. El retorno de la democracia no es una estrategia suficiente para enfrentar la deteriorada situación de seguridad interna.

Toda esta situación pone en peligro la nueva estrategia regional. Los candidatos políticos que simpatizan con los extremistas gozan de mucho apoyo popular en Pakistán. Lo cual es el peor temor de la comunidad internacional. Pakistán posee el arsenal nuclear de más rápida expansión en el mundo entero y ya no queda claro en manos de quién quedará el control de dicho arsenal si la situación interna continúa deteriorándose. La debilidad del gobierno y el alto riesgo del tema nuclear hacen que las fuerzas armadas de Pakistán sigan representando la única fuente de suficiente poderío militar capaz de garantizar la estabilidad futura.

Las perspectivas no son muy auspiciosas para Obama. Sus socios en este nuevo emprendimiento contribuyen demasiado poco. El resultado, esta vez propiciado por las circunstancias de la política interna de ambos países, podría crear una situación realmente complicada para el nuevo presidente norteamericano. Obama no necesita verse arrastrado por la corriente de un conflicto regional causado por la inestabilidad de sus pares extranjeros. Para que la estrategia regional tenga éxito, Obama necesita contar con líderes fuertes que acepten el desafío de ser participantes activos en su ejecución.

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