Tiempos extraños los nuestros…

Tiempos extraños los nuestros…

El último libro del Nuevo Testamento es el Libro del Apocalipsis, también conocido como el Apocalipsis de Juan. El autor de este libro, cuando escribe, se encontraba desterrado en una isla del Mar Egeo (parte del Mar Mediterráneo comprendida en entre Grecia y Turquía).

Estudios indican que este libro, escrito entre finales del siglo I y mediados del siglo II, posiblemente refleje el contexto histórico de ese momento, marcado por la intensificación de las persecuciones romanas contra los cristianos. ¿La causa de esa persecución? Los Emperadores Romanos pedían devoción total a quienes vivían bajo su autoridad; estatuas con sus imágenes estaban en todos los rincones del Imperio y se autoproclamaban “Señor de los Señores”, algo inaceptable para aquel cristianismo primitivo.

Unas elecciones a mitad de mandato, que en cualquier sistema normal debieran servir de instrumento de medición/valoración de los resultados del primer tramo de un gobierno constitucional, amenaza con convertirse en la madre de todas las batallas. Una suerte de Armagedón, de aquella batalla final anunciada por el Apocalipsis que se dará en los últimos tiempos. El gobierno nacional ha convertido un acto de ejercicio ciudadano en un combate sembrado de predicciones catastróficas.

La ciudadanía no es un hecho natural, es decir, no siempre fue así. Es una laboriosa construcción que se inicia en la antigua Grecia y llega hasta nuestros días. En aquellos comienzos, por ejemplo, sólo eran “ciudadanos” los varones hijos de madre y padre griegos; ellos eran los únicos que podían participar de la Asamblea Pública, lugar donde se discutían los asuntos de gobierno. Se estima que, hacia el siglo V, en Atenas solo eran “ciudadanos” un 8% del total de la población ¿El resto? Eran extranjeros, esclavos y mujeres, quienes estaban igualados en ser “no-ciudadanos”.

Desde esos tiempos hasta hoy hemos avanzado considerablemente en la extensión de la ciudadanía a sectores antes excluidos, entre esos sectores se destaca el de la mujer; quienes laboriosamente han conquistado espacios de participación y decisión antes reservados solo para los hombres. Al menos eso asegura cuanta legislación nacional, provincial o municipal  se consulte.

Sin embargo, frente a este avance desde lo formal, entiendo que asistimos a recurrentes retrocesos desde lo real. Me explico. Estoy convencido que en importantes sectores de nuestra comunidad, la democracia – como sistema de gobierno y forma de vida – , se ha transformado en un acto formal; y en eso nosotros hemos tenido mucho que ver: nuestra “ciudadanía” se ha reducido a un “cumpli-miento”;  en donde hago como si…, disimulo votando cada dos o cuatro años (muchas veces si siquiera saber que se vota) y me “miento” que ya he cumplido con mi obligación ciudadana. ¿Y después? ¿Después de votar? Que se arreglen los otros! Elijo ser un “no-ciudadano”. Entonces no es casual que aparezcan profetas del miedo que presagian un porvenir inmediato de ingobernabilidad y que, los asuntos públicos, estén en manos del último que queda y apaga la luz.

La profecía autocumplida es una antigua regla sociológica. Nada indica que marchemos hacia un final apocalíptico. Pero si quienes nos gobiernan plantean como estrategia ganadora “…después de nosotros el abismo, la nada, por lo tanto la única salida es el Armagedón…”, es posible que el uso del miedo como herramienta electoral se vuelva en contra de sus propios precursores. Sería una especie de profecía autocumplida donde la incertidumbre y el miedo hagan imposible los dos últimos años que restan de gestión. La estrategia para ganar se transforma en una estrategia para perder.

Frente a ello nos encontramos con una oposición que parece no encontrar el rumbo. Lindos discursos, algunos chistes y buenas intenciones destinadas a una realidad social inexistente, abstracta. Una sana práctica de recuperación ciudadana debería comenzar por ciudadanos capaces de construir canales efectivos para controlar las acciones de las autoridades y participar de forma activa y organizada en la expresión de sus intereses y en la discusión y elaboración de las políticas públicas; y de gobernantes (oficialistas y opositores) aptos para poner sus capacidades al servicio de resolver los problemas de la gente que, como siempre, esperan solución detrás de los profetas del miedo que piden devoción total, de la visiones apocalípticas, de los armagedones, de los “no-ciudadanos”, de los “cumpli-mientos” y demás yerbas.

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