La inquietud en los mercados

La inquietud en los mercados

Los mercados financieros en EE.UU. volvieron a manifestar su nerviosismo durante las últimas semanas. A la preocupación existente sobre la situación en Dubai, se le agregan ahora las recientemente aparecidas en el sur de Europa. Ni siquiera la buena noticia de la reducción de la tasa de desempleo, si bien modesta, sirvió para tranquilizar a los mercados. Sin cierta estabilidad financiera, salir de esta crisis globalizada requerirá mucha disciplina fiscal y un alto grado de coordinación que no será fácil de lograr.

Los mercados tienen siempre la mirada puesta en el futuro. Y el futuro, precisamente, pareciera ser poco auspicioso a juzgar por las estadísticas que emergen a diario. La restricción del crédito es un problema generalizado que resulta necesaria para reordenar el sistema y poner fin a los excesos del pasado. Esto es algo muy serio en la economía de EE.UU., donde el gobierno impulsa medidas para tratar de aliviar la falta de recursos financieros en las pequeñas empresas. Pero también es un problema en Europa, en China y en Japón.

No obstante, liberar las restricciones al crédito es crítico para incrementar la demanda y el comercio internacional pero a su vez crea el riesgo de que la inflación se transforme en la traba fundamental a una posible recuperación. La política monetaria en EE.UU. ya ha agotado desde hace tiempo su capacidad de reacción. Los presupuestos deficitarios que ahora son moneda corriente en todo el mundo obligarán a los políticos a tener que encontrar la manera de aumentar la recaudación fiscal. Nada en esta problemática tiene aspectos positivos. Por eso, la reacción de los mercados.

Desde el punto de vista político, surgen nuevas demandas a un sistema que no tiene las características propias para enfrentar al nuevo mundo globalizado. La mayoría de los organismos nacionales e internacionales fueron creados para responder a una realidad internacional que cada vez se corresponde menos con la actualidad. La situación ahora reclama más que la coordinación de sistemas económicos y financieros nacionales. La transición de la interdependencia a la globalización comienza a manifestar sus consecuencias.

Incluso los flujos de información, ahora vertiginosamente en actividad a toda hora, acortan los períodos y cambian la dinámica de la vida política. En casi todos los países, desarrollados o no, el resultado de un proceso electoral implica su finalización y también el comienzo del ciclo siguiente. Cuando todas las decisiones políticas deben soportar el peso de una contienda electoral próxima y pendiente, desaparece la flexibilidad que necesitan las instituciones para adaptarse al nuevo mundo globalizado.

El ejemplo más claro de esta situación es el cambio ocurrido en la agenda presidencial en los EE.UU. El resultado de la elección senatorial en Massachusetts, algo que debería haber sido un simple proceso de reafirmación tanto para la Casa Blanca como para los líderes del Congreso, desató ahora una tormenta política que quizás dure hasta noviembre. La imperativa necesidad del bipartidismo tiene aspectos caóticos y desesperantes dentro de un gobierno que trata de encontrar el rumbo hacia el futuro. La oposición aprovecha su nueva suerte y prefiere ocupar el banco de los suplentes, indefinidamente, anticipando buenas noticias futuras.

Esta controvertida manera de dirigir a un país, logra aumentar la polarización interna y aporta poco a las soluciones necesarias. El electorado lo percibe con tanta claridad que lo manifiesta en todas las oportunidades que se le presentan. Una polarización interna que también tiene eco en los países de Europa, donde la realidad de la integración económica de países disímiles ahora podría crear roces entre miembros de una propia “unión”. Si resulta difícil ordenar la realidad institucional dentro de países como EE.UU., China o Japón, más compleja es la situación en Europa donde los nacionalismos de vieja data necesitan funcionar en armonía.

El mundo globalizado impone sus principios sin discriminación. Las distinciones tenderán a ser cada vez menos importantes. Ni siquiera China, un país donde las decisiones son casi secretas y plasmadas dentro de los parámetros ideológicos del sistema, está inmune a los nuevos requisitos que ahora afectan a todos por igual. La recuperación económica requerirá una serie de decisiones concertadas entre las economías del mundo. El panorama, complicado, es poco alentador. Los mercados financieros lo reflejan.

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