La ofensiva y la sociedad

La ofensiva y la sociedad

La ofensiva de las tropas de la OTAN en la provincia de Helmand en Afganistán pone en marcha la nueva estrategia militar en la lucha contra los talibanes. Los obstáculos no son pocos. El adversario, atrincherado en medio de la población civil de la ciudad de Marjah, logra resistir a través del uso de francotiradores y de explosivos ocultos. No obstante la falta de apoyo de algunos países de la alianza, notablemente Holanda y Canadá, el enfrentamiento esta vez tiene aspectos más amplios que revelan un propósito diferente.

 

Afganistán intenta crear la estabilidad necesaria para permitir un futuro distinto a su pasado. El gobierno de Hamid Karzai trata de recuperar la confianza luego de un proceso de reelección no del todo auspicioso. En un país definido por la pobreza y falta de recursos, las expectativas de la población sobre el futuro dependen de un gobierno hasta ahora dominado por la corrupción y la falta de capacidad de sus dirigentes. La participación de las fuerzas afganas en esta ofensiva militar es un ejemplo del intento de promover el desarrollo institucional en el país.

 

El objetivo clave ya no son los talibanes, ni el resto de los grupos insurgentes, nacionales y extranjeros, que operan en territorio afgano. El éxito de la nueva táctica depende de lograr el apoyo de la sociedad civil. Las fuerzas militares descargan su arsenal sin recurrir al uso del poderío aéreo para tratar de reducir las fatalidades entre los habitantes de la zona. Un triunfo militar sin el apoyo de la población es un triunfo solamente a corto plazo.

 

La reacción inicial de los ciudadanos ha sido auspiciosa. Rodeados por tanta pobreza, la paulatina pérdida de popularidad de los talibanes obedece a que se puede construir poco en medio de la violencia, las confrontaciones, el odio y las divisiones. Los talibanes han sido capaces de tantas atrocidades en contra de la población en general, que los mismos afganos, sobre todo los líderes locales, entienden que no constituyen una alternativa valedera para el futuro. Las batallas por la opinión pública son mucho más difíciles de ganar.

 

Estas actividades comienzan a producir algunos beneficios hasta hace poco impensables para las fuerzas afganas y de la OTAN. Ante la inminente ofensiva, la mayor parte de la población abandonó la región. Pero, los que por un motivo u otro no pudieron dejar sus hogares reaccionaron de una manera inesperada y sorprendente: brindando información sobre la colocación estratégica de explosivos, cables subterráneos y lugares donde se encuentran los francotiradores talibanes.

 

La reacción de la población civil tiene la posibilidad de ser determinante para la ofensiva militar y a su vez, envía un claro mensaje al resto del mundo sobre el futuro de la confrontación con el terrorismo internacional. En muchos países se observa una tendencia hacia posturas moderadas. El mundo del siglo XXI abandona lentamente las ideologías extremas del siglo XX a cambio de expectativas más pragmáticas. El error táctico de los talibanes podría ser haber apostado a favor de un extremismo ciego que no encuentra eco en la población afgana.

 

Este proceso también tiene su correspondiente paralelo en la contienda contra el terrorismo internacional. Al-Qaeda podría cometer el mismo error estratégico al impulsar el uso de la violencia de manera indiscriminada. Muchos ataques no solamente ocurrieron en países desarrollados sino también en países en desarrollo, algunos de ellos incluso en el Medio Oriente mismo. Atacar a la población civil genera antipatía a nivel internacional y termina siendo contraproducente. La violencia, como manifestación ideológica o como estrategia política, suele tener patas cortas.

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