Evitar el pasado

Evitar el pasado

En el tablero que supone la nueva relación de fuerzas políticas del Medio Oriente, aparece como imperativa la necesidad de una definición en Irak. Desde las elecciones que tuvieron lugar hace tres meses, la necesaria realineación de las diferentes facciones no ha propiciado todavía la formación de un gobierno estable capaz de dirimir las diferencias existentes. Esa crisis de liderazgo se superpone a la complicada situación regional, donde Israel, Irán, Pakistán y Afganistán presentan problemas internos cada vez más difíciles de sortear. Irak necesita resolver esta situación si espera que su futuro sea diferente a su pasado.

 

Hay varios factores que impiden la formación de un gobierno firme que sirva para asegurar el futuro democrático de la nación. Entre ellos, figuran las divisiones que en el pasado crearon serias confrontaciones entre los chiítas, los sunnis y los kurdos. La integración regional de estos disímiles participantes supone la necesidad de un gobierno central capaz de respetar las diferencias, responder a las demandas de todos y mantener una estructura social conocida por su fragilidad. Cada uno de estos grupos internos tiene su correspondiente fuente de apoyo extranjera, por lo que el dilema interno de Irak tiene repercusiones en el contexto regional e internacional.

 

Las divisiones internas representan intereses que, hasta ahora, han sido muy difíciles de armonizar. En el norte, los kurdos defienden sus derechos y su independencia contra la ingerencia árabe de Bagdad. Los sunnis y los chiítas compiten por el control del aparato político y de los ingresos generados por el petróleo. En el ámbito electoral, la alineación étnica refleja el impasse parlamentario que no ayuda a la creación de un gobierno estable. La coalición liderada por  Iyad Allawi apenas logró el control de un cuarto del parlamento, un resultado que le brinda poca legitimidad a su liderazgo. La falta de alternativas de liderazgo refleja la situación política, por ahora, indefinida.

 

Es cierto que la problemática relación entre kurdos y turcos ha mejorado. Los sunnis reciben el apoyo de Arabia Saudita, si bien las perspectivas actuales indican que no podrán dominar la coalición emergente. Irán sigue siendo el factor más importante en la formación de un grupo chiíta que, de una manera u otra, controlará el futuro gobierno. Lo importante es que se necesita forjar un acuerdo que refleje la visión de futuro de todos los grupos étnicos para no caer en la desprolijidad de una simple repartija de puestos políticos que, como ha ocurrido en el pasado, propicia la corrupción y limita las perspectivas futuras.

 

Las diferencias principales que deben sortearse para lograr unificar perspectivas están la división de los ingresos de petróleo y la asignación de carteras ministeriales. Estas disparidades ocultan divisiones más profundas que podrían definir el futuro de la nación. Los grupos ultra conservadores chiítas, aprovechando la ventaja que les ofrece el liderazgo de Nuri al-Maliki podrían controlar potencialmente la agenda política futura. Las milicias chiítas han mantenido una postura antagónica con respecto al gobierno central y hasta generaron una seria respuesta militar durante una confrontación en Basra.

 

Irak tiene que asumir la responsabilidad por su propio destino. Este momento aparece como un momento crítico que servirá para definir el curso de su historia. Las alternativas no podrían ser más claras. Luego de años de violencia, muerte y sacrificios, no encontrar una salida a esta crisis podría significar un retroceso inexorable a su propio pasado. La opción entre democracia y autoritarismo es una opción mucho más lamentable que tener la oportunidad de elegir entre dos facciones, dos partidos o dos perspectivas de futuro para toda una comunidad. La democracia iraquí necesita la emergencia de un líder que entienda el impacto histórico al que se enfrenta la nación. Lo demanda el pasado y el futuro.

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