Anatomía de los reality shows

Anatomía de los reality shows

“Los realities son programas basados en un pacto interesado: premios y popularidad. Y que se ubican entre un exhibicionismo rentable y la voracidad mirona del público”.                       

Román Gubern [Analista de medios de comunicación]

                                                                                  

Hace un par de días mientras leía los diarios compartiendo un café con varios amigos, como resultado de  la conversación que se desarrollaba entre éstos y los habitué de una mesa vecina sobre los últimos altercados habidos en el programa de Marcelo Tinelli – Moria v. “La Mole” Moli” –, aquellos terminaron proponiéndome: “vos que estás en la televisión, ¿porqué no hablas del tema?”. Heme aquí, entonces, abocado a realizar una descripción descarnada de este tipo de programas e interpretar la referida pelea.

 

La modalidad televisiva de los reality shows no es ni nueva ni es Argentina. Es copia de viejos modelos americanos y europeos, que se reciclan una y otra vez como comida de fonda. En aquella versión siempre giran alrededor de un mismo esquema: Se provocan enfrentamientos entre distintos invitados, que son incitados a agredirse recíprocamente con violencia creciente programa tras programa, asemejando gallos de riña que utilizan como espolones para lastimarse epítetos cada vez más gruesos o soeces. Las discusiones generalmente son por cuestiones nimias, otras por cuestiones personales preexistentes o inventadas especialmente para la controversia.

 

Años atrás, en los programas de la tarde, estaba de moda el conducido por Mauro Viale, que tenía entre sus personajes más notables a Samantha Farjat, conocida por su participación en el escándalo “Cóppola”,  acompañada por otras figuritas de su mismo ambiente (1996). Con ese esquema llevaron los enfrentamientos hasta la agresión física. El mismo Viale, recuerdan Carlos Ulanovsky y Pablo Sirven, terminó a las trompadas en vivo, en un programa que él conducía, con uno de sus invitados, el empresario Alberto Samid.

 

La versión Tinelli, que es la de mayor rating en la televisión argentina, es un reality show en el que, con el pretexto de un concurso de baile en el intervienen figuras de la farándula artística, se exhiben provocativamente mujeres jóvenes, algunas –muy pocas- con experiencia profesional en baile, casi siempre dotadas de formas muy rotundas, fruto de implantes varios. Estas chicas, tipo “Divito”, participan en un pseudo concurso de habilidades que consiste, en lo fundamental, en una exhibición de sus cuerpos mediante bailes en los que predominan un estilo circense y poses y movimientos  sexualmente provocativos, que les dan un tono cabaretero y prostibulario. Su participación es precedida por un diálogo con el conductor del programa, que les tira “bocadillos” con claras connotaciones sexuales. Las participantes aceptan la provocación y le siguen el juego. Parafraseando a Ulanovsky y Sirven, hay en todo esto “un corrimiento del pudor”.

 

Complementa el staff un jurado convocado para elegir a la “mejor pareja de baile”, constituido por viejas vedetes, que exhiben sus cuerpos decadentes pretendiendo una lozanía o esplendor que hace tiempo no tienen, y por otros personajes más o menos estrafalarios, todos supuestamente entendidos en el métier para el cual han sido convocados. Como todo es una puesta en escena, es obvio que el jurado  direcciona sus votos de conformidad a la lectura del rating que hace la producción. 

 

El guión del show prevé repetidos enfrentamientos personales entre los  jurados y también con algunos participantes, que terminan, sistemáticamente, en reconciliaciones u olvidándose de los supuestos agravios. La pauta deja a la inspiración del momento de cada uno de los contendientes el motivo y contenido de tales disputas. No son peleas reales, aunque a veces lo parezcan. Son como las de “Titanes en el ring”, aunque a veces, llevados por el ímpetu del momento y sacando a flor de piel viejas rivalidades o rencores, se tiren golpes que duelen. La violencia creciente de estos enfrentamientos, fríamente dosificada, es el condimento que le ponen, junto con el sexo, para excitar la atención del público.

 

Mariola Cubells, en un debate sobre los reality con lectores de El Mundo (Madrid), explicaba: “Esta clase de programas, que rastrean en lo podrido, en lo peor de cada uno, proliferan porque son más fáciles y más baratos de hacer […] Y se ven porque son muy fáciles de ver. Están diseñados en laboratorio como para que uno no pueda apartar la mirada […] Pero es mentira que la audiencia los pida. La audiencia no pide, la audiencia consume una oferta, un menú que nosotros confeccionamos”.

 

El patético ex campeón de peso pesado, Fabio “La Mole” Moli, cuyo ingenio y recursos expresivos son aún más limitados que sus habilidades boxísticas, no fue rival para la experimentada Moria Casán. Elegida para tener con él un entredicho, lo apabulló sin piedad. Posiblemente la diva se haya dejado llevar por un impulso momentáneo, pero lo cierto es que cayó sobre el desprevenido Moli con toda su agudeza y su desprecio, sin tener en cuenta que su partner no sabía jugar el juego que ella domina a la perfección. Innecesariamente se ensañó con quien estaba ya fuera de combate, no ahorrándole calificativo alguno.

 

Estos incidentes, que son el “ají quitucho” que condimenta el show, hacen que la audiencia quede cautiva, expectante para ver a qué extremos se llegará la próxima edición.

El tema da para otros enfoques, pero éstos quedarán para otra ocasión.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.