¿La Inquisición llega al colegio?

¿La Inquisición llega al colegio?

Recientemente la prensa difundió la noticia de la cesantía de un ex sacerdote que en un colegio secundario católico impartía enseñanza catequística, habiendo trascendido que la decisión fue tomada por el contenido de las clases, que se apartaba de la ortodoxia católica.

La decisión aludida motivó un comentario muy crítico de algún medio de prensa que intentó descalificarla mostrándola como fruto de un pensamiento que denota discriminación, listas negras y persecución ideológica. Según el Arzobispado de La Plata, inspirador de la medida, la misma se funda en que “El objetivo de la enseñanza de la Catequesis es transmitir la fe católica y, en su escrito, el autor se interna en cuestiones que desbordan la capacidad de un adolescente ” y que los apuntes utilizados en las clases “malformaban la conciencia de los jóvenes porque habían sido escritos desde el odio y el resentimiento…”.

Antonio FENOY, que es el docente sancionado, había confeccionado apuntes para sus clases a adolescentes que cursaban séptimo y noveno grado de EGB y el tercer año del polimodal, inspirándose en lecturas relacionadas con el Concilio Vaticano II que postulaban un fuerte compromiso social de los cristianos. Entendemos, a pesar de lo escueto de la información brindada, que la propuesta educativa de marras giraba alrededor de la apología de la teología de la liberación que estuvo en boga en latinoamérica en los años setenta y que fueron sistemáticamente rechazadas por el Papa Juan Pablo II en su largo pontificado, precisamente con la asistencia teológica del Defensor de la Fe que actualmente ocupa la Silla de Pedro.

Creemos que en el párrafo anterior se sintetiza adecuadamente el conflicto planteado y las razones últimas de la decisión de separar al catequizador de su cargo docente. El motivo de estas reflexiones no es opinar sobre el mérito de las ideas expresadas por el docente. Un intento semejante excedería el marco de esta página y además la información recibida es sumamente escueta respecto del real contenido de la propuesta educativa condenada por la curia platense.

Lo que intentamos aquí es centrar nuestra atención en determinar cuál es el grado de libertad de opinión y de iniciativa que puede permitirse un docente. La primera precisión que entendemos debe hacerse es que se trata de enseñanza de adolescentes. No estamos ante un magisterio de nivel universitario respecto del que pueda, al tenor de los principios de la Reforma de 1918, postularse la libertad de cátedra. Y la segunda precisión es que no-solo la cuestión debe analizarse en el ámbito de una escuela privada confesional sino que se trata de una enseñanza relacionada directamente con la formación religiosa de los alumnos, que es el fin último del establecimiento.

FENOY tenía a su cargo, nada más ni nada menos, que el dictado de la cátedra de catequesis, o sea que era el específicamente encargado de impartir instrucción en materia religiosa, instrucción que, valga la aclaración, se hace conforme al catecismo o sea de acuerdo al libro que contiene la exposición sucinta de los principios del catolicismo. Al ser su materia catequesis, él era un catequista o sea quien instruye a los catecúmenos -personas que se están instruyendo en la doctrina y misterios de la fe católica-. La materia cuyo dictado le había sido confiada es la piedra angular de la formación religiosa de los alumnos que concurren al establecimiento.

Tal formación religiosa debía hacerse conforme la ortodoxia católica, siendo impensable en el ámbito de un establecimiento educativo confesional justificar iniciativas educativas individuales que se aparten de la línea de pensamiento oficial de la Iglesia.

Entendemos que en el caso analizado no puede hablarse, como se hizo en el artículo de opinión que genera este comentario, de privación de la libertad individual de opinión o de persecución ideológica ni calificar la decisión de separar aquel del cargo de ser una práctica discriminatoria o inquisitorial.

La clave para entender el episodio es el ámbito en el que el mismo ocurre. Se trata de un establecimiento educativo de naturaleza confesional en el que es precisamente la ortodoxia de esa confesión la que establece el contenido de lo que debe enseñarse, siendo precisamente el sancionado el responsable de que esa enseñanza se ajuste a tales parámetros.

Los padres que eligen estos establecimientos para educar a sus hijos y formarlos en sus principios religiosos confían en que la enseñanza que se imparta será conforme a la doctrina propugnada oficialmente por la Iglesia y no de acuerdo a visiones particulares de algún docente -por legítimas que ésta sean-.

La iniciativa que debe reconocerse al docente está limitada a la praxis concreta al frente de cada aula, a cómo transmite concretamente a cada educando la enseñanza que establece el programa oficial, no permitiéndosele este tipo de iniciativas a espaldas de los padres que le han confiado la educación de sus hijos.

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