Observador privilegiado

Observador privilegiado

Una y otra vez he dicho, y no me canso de repetirlo, que desde el mirador privilegiado que supone participar activamente en la producción de contenidos de un medio de comunicación social, he podido conocer más y mejor a nuestra ciudad, a la que antes de incursionar en esas lides creía, equivocadamente, conocerla simplemente porque aquí era  donde había nacido, crecido y ejercido mi profesión de abogado durante décadas. Una de mis sorpresas, por demás grata, fue comprobar que nuestra comunidad es mucho mejor de lo que nosotros los sanfrancisqueños en general aceptamos, que los ejemplos de solidaridad silenciosa se multiplican a medida que nos adentramos en el conocimiento de nuestra realidad social. Además, ocultos detrás de sus muy bajo perfiles existen en nuestro medio creadores de todo tipo, cuyas actividades rayan la excelencia y que sólo por su excesiva modestia personal no los conocemos todos. Esos descensos al interior de nuestra comunidad me han permitido tanto recuperar mi capacidad de asombro frente a tantos y reiterados descubrimientos de las verdaderas calidades humanas e intelectuales de muchos de los integrantes de nuestro colectivo, como también intentar observar nuestra realidad con ojos zahoríes y poder así constatar que aquellos descubrimientos no sólo no son casos aislados ni discontinuos, sino que son estilos de vida de muchos que, en conjunto, contribuyen a dar su perfil a nuestra sociedad y a que valga realmente la pena vivir en ella.

Uno de los espectáculos más conmovedores que he presenciado recientemente es ver la convocatoria que tienen los campeonatos de voley para niñas y adolescentes, cómo centenares de muy pequeñas personitas participan en estos torneos integrando delegaciones de distintos clubes de nuestro medio. Allá van ellas muy serias, vestidas todas deportivamente para la ocasión con las casacas de sus clubes, atentas a las instrucciones de sus directores técnicos, desentendiéndose de las plateas que pueblan padres, tías y parientes variopintos que las alientan sin cesar. El conjunto de los equipos, cuando se reúnen en un ámbito techado para disputar un torneo, semeja una gran pajarera bulliciosa y multicolor, a veces ensordecedora, en la que cada una de las participantes aporta lo suyo. Unas, las más pequeñitas, aún desmañadas y torpes, otras un poco, no mucho, más grandes, que ya han aprendido a pararse en la cancha y algo más que los rudimentos del juego. Las demás comportándose como jugadoras veteranas. Los gritos de aliento de los espectadores se mezclan con las indicaciones de los técnicos y con las voces agudas de las niñas que comentan entre sí las alternativas de sus propios equipos. Es notable, aún en las más pequeñas, la concentración casi profesional que ponen en el juego y los gestos de alegría o frustración según sean las alternativas de las competencias, como también la atención, casi devota, conque siguen las instrucciones que en los descansos les imparten sus técnicos.

Una palabra aparte merecen estos últimos, por la dedicación que ponen en esta tarea, en la que no postergan a nadie y mediante la cual buscan que todas, las más y las menos hábiles, participen por igual en el juego, porque si bien el triunfo sobre un rival ocasional es una gratificación, lo realmente importante para ellos es que sus alumnas se integren en una actividad que al par que las beneficia físicamente las hace madurar socialmente, pues la práctica de un deporte, más si éste es colectivo, forma parte del proceso educativo de los niños dado que esa actividad los acostumbra a actuar en equipo, facilitando así su socialización mediante la aceptación de reglas de comportamiento que asumen como obligatorias. Reglas que suponen no sólo el conocimiento de las que regulan el juego en sí mismo sino también otras aún más importantes, tales como no pensar sólo en sí mismas sino también generosamente en el resto de las participantes, ya que el funcionamiento del todo es el que permite un buen resultado. También asumen responsablemente la obligación de asistir a las prácticas semanales y de integrar los equipos de sus clubes en las distintas competencias que estos organizan, postergando para ello otros requerimientos sociales o familiares, aprendiendo también a jugar de acuerdo a las tácticas que les enseñan sus entrenadores. Es particularmente notable y elogiable, la dedicación y cariño que éstos ponen tanto en su tarea como en el trato con las integrantes de sus equipos y también el resultado que logran, no solo en el aspecto técnico del juego en sí mismo sino en los aspectos educativos que supone el practicar una disciplina deportiva.

Nuestro profundo reconocimiento también para los directivos de las diferentes instituciones que acogen y alientan estas actividades, que facilitan sus instalaciones deportivas y aportan económicamente lo necesario para que la actividad objeto de estos comentarios pueda desarrollarse con las características señaladas. Sin el esfuerzo conjunto de directivos y entrenadores la realidad que genera nuestros comentarios no sería posible.

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