Otra vez sobre la anomia

Otra vez sobre la anomia

Recientemente leía en las profundas reflexiones de Primo Levi sobre el Holocausto nazi (“Los hundidos y los salvados” – que integra junto con “Si esto es un hombre” y “La tregua” lo que se conoce como “La trilogía de Auschwitz”),  y entre ellas las razones del porqué la gran mayoría de los judíos alemanes no advirtieron los claros síntomas premonitores de la catástrofe que se les avecinaba, pues, señala Levi, Hitler había hablado claro: “Los judíos eran parásitos de la humanidad y debían ser eliminados como se eliminan los insectos nocivos”. No obstante los judíos alemanes, totalmente asimilados a la cultura de su país, tan alemanes como sus compatriotas “arios”, no advirtieron la realidad de la amenaza porque eran incapaces de concebir un terrorismo de estado, esto es la existencia de algo reñido con lo que ordenan las leyes. En su cultura no se concebía que fuera posible que la ley no se cumpliera. Ejemplifica tal situación a través de una poesía que describe que un ciudadano alemán es atropellado por un coche en una calle en la que se había prohibido la circulación, el que razona: “si la circulación está prohibida, los vehículos  no pueden circular, ´es decir´ no  circulan. ‘Ergo´, el atropello no puede haber ocurrido porque es “una realidad imposible”… Debo haberlo soñado, porque “no pueden existir cosas cuya existencia no es legal”. La identidad entre el “deber-ser” y el “ser” era total.

Evidentemente esa no es nuestra realidad. Para nosotros pareciera que el quebrantamiento sistemático de la ley es nuestro modo habitual de comportarnos,  estilo de vida que algunos dicen se origina en que ya en la colonia el contrabando era la actividad más difundida. Tal anomia nos caracteriza en casi todos los ámbitos de nuestra actuación. Sin distinción de sexo, edades, inserciones sociales, cuando podemos incumplir la ley, lo hacemos sin culpa, rebelándonos cuando alguna autoridad nos impone que ajustemos nuestro comportamiento a determinadas normas.

A la vista y paciencia de los responsables de impedir que eso ocurra, muchos actúan a su antojo y conveniencia ocupando el espacio público, entre otras cosas para comercializar en él mercaderías de origen más que dudoso, invocando para justificarse su supuesto derecho de ejercer tal actividad, esto en contra de cuanta regulación pueda existir en la materia referida a las condiciones bajo las cuales puede habilitarse un comercio, sin preocuparles en absoluto ni la competencia desleal que hacen a quienes sí cumplen con las onerosas cargas que suponen cumplir con las normas que reglamentan el ejercicio de ese derecho ni el trastorno que supone para quienes viven y transitan por las zonas que ellos transforman en verdaderos zocos árabes con su presencia y actividad en áreas destinadas exclusivamente para el tránsito o recreación de personas. Esas actuaciones están comúnmente sustentadas en verdaderas organizaciones clandestinas que proporcionan tanto las mercaderías “truchas” que se comercializan por los manteros – algunos argentinos, otros bolivianos o peruanos – como el sistema de seguridad que garantiza que cada puesto conserve el espacio que le adjudican esos organizadores desde las sombras.

El desparpajo y decisión con que actúan se hace al amparo de la pasividad sistemática de las autoridades que deben velar para que esas cosas no ocurran. Y cuando las mismas, ante la extensión y gravedad de la ocupación y las justificadas protestas de los damnificados, resuelven poner fin a esos desafueros se desatan verdaderas batallas campales en contra de los “ocupa” que se resisten, aún con violencia, a ser desalojados, debiendo organizarse operativos con cientos de inspectores/ policías para lograr actuar con eficacia y lograr el cese de la actividad, contrarrestando las medidas de resistencia de los manteros.

Hay en esto no anomia por parte de quienes son indiferentes a cuanta regulación existe tendiente a establecer cuando y cómo se puede usar el espacio público, sino también mucha desidia, mucho dejar hacer, mucha ausencia del Estado que con políticas activas (mínimas, pero oportunas) podría evitar estas situaciones conflictivas sin esperar a actuar que las situaciones creadas desborden todo lo soportable. Parece que los responsables de adoptar las decisiones viven ausentes de la realidad que los rodea o que viven pensando en el costo político de adoptar medidas correctivas cuando es necesario o que en su subconsciente creen decididamente en la verdad aquella prédica liberal de “laissez faire, laissez passer, le monde va le lui même” (“dejar hacer, dejar pasar, el mundo camina solo”).

En nuestra provincia hace un tiempo se ha puesto en marcha una política decidida y continua destinada a modificar nuestros hábitos conductivos, combinando una fuerte presencia policial en las rutas con la sistemática aplicación de multas por sumas importantes a los infractores. Lo dicho va produciendo paulatinamente un disciplinamiento creciente, bajo protesta porque, se dice, que las multas tienen sólo un fin recaudatorio. En realidad, más allá de que es cierto que en algunos casos puntuales deberían atenderse a las explicaciones razonables que explican el quebrantamiento formal de alguna normativa específica, pareciera que somos hijos del rigor porque, indudablemente todos sabemos cuáles son las normas que regulan el tránsito (velocidades máximas y mínimas, prioridades de paso, prohibiciones de determinadas maniobras, alcance de las señales destinadas a ordenar la circulación) pero actuamos respecto de ellas con total indiferencia, asumiendo, como señalaba hace décadas Carlos Nino, una “anomia boba” porque dejamos de cumplir normas impuestas para nuestro propio beneficio (seguridad).

One thought on “Otra vez sobre la anomia

  1. en esa intro pasan 2 productos en la mianqua registradora antes de maggie, los numeros anteriores son 23:6.60 y 24:3.26, este ultimo es la mitad del 48:6.52. Entre los 2 primeros numeros es como la cantidad de productos y el precio, pero pierde ese orden al saltar todo al doble del anterior. No se que es…

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