La importancia de Mali

La importancia de Mali

No es posible decir que la actual crisis en Mali y Algeria es algo inesperado. La reciente expansión de las actividades de grupos militantes en la zona norte de Mali permite generar un nuevo análisis de las actividades de estos grupos rebeldes. Porque la intervención extranjera demuestra que estos eventos tienen mucha importancia para la seguridad regional. Lo que requiere nuevas respuestas para tratar de contener una crisis humanitaria en uno de los lugares más pobres del planeta. Esta vez, la intervención se originó en Francia, con apoyo práctico de Inglaterra y ayuda logística de Estados Unidos. Al despliegue militar le siguió una reacción inmediata de los insubordinados al aprovechar la situación y ejecutar una estrategia latente y tomar como rehenes a cientos de empleados de la petrolera BP en la zona limítrofe entre Algeria y Libia. Rápidos acontecimientos que demandan rápidas respuestas y generan muchos interrogantes sobre cómo manejarán los países occidentales estas serias situaciones de seguridad tan cerca de sus propios límites y qué consecuencias podría tener en la expansión global del jihadismo.

La génesis de este problema tiene múltiples componentes. La desintegración del régimen de Mohammad Ghadhafi en Libia llevó a la libre circulación de armamentos que terminaron en manos de grupos militantes. Gran parte de esas armas lograron cruzar las fronteras hacia países vecinos y su disponibilidad es una oportunidad que los grupos rebeldes no pudieron ignorar. A la debilidad institucional de Libia se le agrega también la del gobierno central de Mali, imposibilitado por falta de recursos de proteger toda la zona norte, donde el desierto se extiende hasta el límite con Algeria. Grandes extensiones sin protección ayudaron a que los islamistas repitieran lo de siempre: saqueo de villas, maltrato a la población local y destrucción de la poca infraestructura existente. Los gobiernos africanos no tienen los recursos militares para frenar una ofensiva de tal tenor.

La intromisión de Francia nos ayuda a entender que estas regiones inhóspitas y alejadas ya no representan lugares geográficos que el resto del mundo puede ignorar. Los recursos naturales de la zona y las relaciones comerciales entre Mali y Francia explican las decisiones militares de Francia. Cuando los rebeldes decidieron reaccionar ante el ataque francés, lo hicieron justamente en una planta de gas natural ubicada en Algeria, cuyos propietarios incluyen a la empresa inglesa que la administra, a una empresa estatal Noruega y a una empresa local. Las exportaciones de gas natural de Algeria a toda Europa justifican el interés por proteger esta zona, como también impedir que los grupos militantes expandan sus actividades en países limítrofes, como Níger, que exporta uranio, Mauritania, que produce hierro y Burkina Faso que cultiva algodón. Las diferentes nacionalidades de los rehenes y la desaparición de más de ochenta de ellos demuestra que esto no es un hecho aislado sino una expansión de las operaciones terroristas en la región.

También es instructiva la postura de los gobiernos africanos que aceptaron con beneplácito la ayuda europea. Los fanáticos no son muchos pero tienen armas sofisticadas y la actitud necesaria para llevar estos ataques hasta sus últimas consecuencias. No solamente aprovecharon el espacio geográfico sino también los deseos de grupos separatistas de los Tuareg que regresaron al país luego de la crisis en Libia. La necesidad de establecer un santuario para las operaciones de estos grupos musulmanes, similar al que existía en Afganistán durante la década del 90, pone serias presiones a las fuerzas militares locales y al mismo tiempo, no recibe el apoyo popular que disfruta en otros países del Medio Oriente. El islamismo fanático que proponen es una ideología que los nativos no reconocen como propia. Y eso quizás sea el elemento principal que ayude a limitar la cristalización del objetivo que persiguen los insurgentes.

Hay una resolución pendiente en las Naciones Unidas sobre cómo responder ante el avance de estos grupos. Eso permitirá determinar si existe una convergencia de intereses porque esta crisis incluye no solamente a la Unión Europea, sino también a los Estados Unidos, a la Unión Africana, e indirectamente a la Liga de Países Árabes. La voluntad internacional deberá unificarse para prevenir la creación de un foco de inestabilidad, tan cerca de Europa que es capaz de generar suficiente nerviosismo. La debilidad de tantos gobiernos africanos, incapaces de eliminar la corrupción, la inestabilidad y pobreza que caracteriza a todas estas naciones, ofrece ahora un nuevo canal para la expansión de grupos extremistas. Surge así un posible desplazamiento del epicentro de las actividades terroristas desde el sur de Asia al norte de África. Esto crearía una problemática bastante diferente que obligaría a la comunidad internacional a reposicionar y repensar la estrategia necesaria para impedir una nueva etapa en las actividades de Al-Qaeda y sus grupos afiliados. O sea, proteger la estabilidad y seguridad no solamente del África sino también de Europa.

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