Las mujeres y su participación en la política

Las mujeres y su participación en la política

En el marco de los enfrentamientos personales y las múltiples agresiones verbales habidas en el último congreso del justicialismo no fue la menor de éstas la pretensión de descalificar a determinadas dirigentes partidarias que militan en sectores no afines al kirchnerismo por su falta de representatividad personal, utilizando para ello la imputación de que eran simples portadoras de apellido, lo que suponía afirmar que su desembarco en la actividad política y el espacio partidario que ocupan no tiene sustento en sus propias capacidades sino sólo en su vinculación familiar con quien detenta algún poder en el partido ó en el gobierno, alusión que fue rechazada airadamente por las presuntas destinatarias que invocaron a su vez sus propias militancias para justificar las posiciones que ocupan. El episodio es propio para justificar la reflexión sobre el tema del título de esta columna. 

Desde hace unos años a la fecha se ha venido insistiendo, en que una de las vías para superar los vicios de las viejas prácticas que tanto desprestigian a la actividad política como herramienta útil para generar los cambios que la sociedad necesita, era la incorporación de las mujeres a ésas lides. Ello no solo porque un mayor grado de participación ciudadana generaría una democracia de mejor calidad, sino también en la inteligencia de que tal mayor participación de un sector no contaminado por las costumbres que deseamos cambiar despertaría a su vez el interés femenino en las cuestiones públicas y en sus posibles soluciones y se generaría el aporte de nuevas ideas y participaciones que coadyuven al cambio esperado. A ésos fines se decidieron, tanto en el ámbito nacional como provincial, desarrollar políticas activas para lograr se concrete tal participación para lo cual se sancionaron leyes conocidas como de cupo femenino, las que obligan a que un determinado porcentaje de cargos electivos sea ocupado por personas de ese sexo. 

Nuestra historia nos muestra antecedentes de mujeres que accedieron a situaciones políticas o a cargos expectables de la mano de sus esposos o familiares. Desde Eva PERON a esta parte muchos son los ejemplos que se pueden citar, algunos de mujeres que luego lograron hacerse de un lugar en el ámbito político por su propio derecho, por su propia militancia y capacidad, otros de aquellas cuyo paso por la política transcurrió sin pena ni gloria. Los ejemplos de uso de la influencia de maridos o padres para lograr ocupar puestos abundan en cualquier partido, sea que se trate de claros casos de nepotismo, de portación de apellido o de coincidencias de ideales y de simultáneas aptitudes para accionar políticamente. 

En nuestra historia política hemos visto casos en los que no les ha temblado el pulso a políticos de los dos partidos mayoritarios para instalar políticamente a sus esposas, hermanas o hijos, y hasta amantes, contando con el beneplácito o el silencio de sus corifeos, como también a algunos políticos intentar que sus esposas e hijos / as heredasen la porción de poder partidario que ellos administraban como si fuera propia. Pero seamos justos, ésas demasías no se concretan en el vacío sino que cuentan con la complicidad expresa o tácita de quienes aclaman esas designaciones u omiten, pudiendo hacerlo, manifestar su disconformidad. 

Será así porque quizás sea cierto que en política nadie que llega quiere irse, porque todos pretenden continuar, directa o indirectamente, disfrutando de la situación de poder que ocupan; o lo será porque la pasión política es contagiosa y se trasmite familiarmente. 

Estamos lejos de cuestionar que familiares directos de políticos expectables se dediquen también a la actividad política o que pretendan ocupar cargos públicos electivos, ello porque la familiaridad con alguien que se haya hecho un lugar en dichos ámbitos no es un impedimento legal ni moral para que se actúen en política y aspiren también él o ella a ocupar por propio derecho, por su propia capacidad y actividad, cargos partidarios o en la administración pública. 

Si bien éstas últimas son situaciones posibles y no merecen criticas por el solo hecho de así ocurran, si las merecen aquellos practicas que se traducen en la instalación de familiares en cargos partidarios o del estado por el solo hecho de serlos y con el objetivo de consolidar determinadas estructuras de poder, de utilizar abusivamente en beneficio propio o de sus familias las instituciones, sean partidarias o del estado. En estos casos tales decisiones son altamente criticables porque conspiran lisa y llanamente contra los objetivos tenidos en cuenta por las normas que alientan la participación femenina en la política. 

Por ello es útiles fijar algunas pautas o criterios que sirvan para distinguir una y otras situaciones, para saber si estamos frente a vocaciones y actuaciones legítimas ó ante manifestaciones de nepotismo. 

Será esto último si además de la condición de familiar de quien ocupa una posición política expectante, se dan algunas de las condiciones siguientes: 

(*) sexo femeninoz
(*) no se le reconozcan públicamente aptitudes personales relevantes.
(*) falta de antecedentes en la militancia política o en la administración pública.
o antecedentes que no se correspondan con la importancia del cargo para el que se la propone o designa.
(*) ídem profesionales, científicos o técnicos.
(*) inicio de la carrera política a partir de cargos importantes.
(*) designación por acuerdos políticos no precedidos de elecciones internas.
 

La lista precedente no excluye los indicios que, siendo coincidentes, nos pueden llevar a concluir que estamos frente a una práctica altamente irregular, que debemos señalar y criticar. Cualquiera que lea estas líneas podrá sumar otros que permitan una mayor certeza a la conclusión a la que se arribe.

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